17/9/08

El tesoro del dragón

Medio siglo antes de que las intrépidas carabelas portuguesas inspiradas por “Enrique el navegante” recortaran la punta sur del continente africano en dirección al misterioso oriente, una flota de cientos de inmensos juncos chinos bajo el mando del emperador Zhu Di, patrullaba las aguas desde más allá de Sumatra hasta Ceilán, India, Arabia y la costa este del continente negro.

Sabido es que hasta la época de los fastuosos viajes marítimos llevados a cabo por la poderosa dinastía Ming en el océano índico y el sudeste asiático, la tecnología con la que contaba la marina china, a excepción de los conocimientos sobre navegación, era muy superior a la europea.
La historia nos dice que las grandes naves del almirante Cheng Ho superaban los 160 mtrs. de largo. Teniendo en cuenta las exageraciones que abundan en los antiguos relatos chinos, es bueno saber que en 1962 se encontraron restos de un timón de aquellos tiempos en una antigua locación portuaria cercana a Nanking, lugar que era frecuentemente utilizado por la “Flota del Tesoro del Dragón”. El timón mide no menos de 12 mtrs., longitud acorde a una embarcación de semejantes proporciones. En comparación, las naves europeas daban risa con sus 30 y tantos mtrs. de largo y unas 300 toneladas de peso como mucho. Algunas de las chinas superaban las 1500.
Hacía siglos que esta raza de históricos vanguardistas ya venía utilizando varios mástiles por embarcación, mientras que los portugueses recién estrenaban este concepto en sus carabelas de diseño ultra secreto. En cuanto a los compartimentos del casco con miras a evitar posibles hundimientos, los chinos también llevaban más de un milenio perfeccionando su técnica (tenían naves de hasta trece compartimientos independientes), y se sabe que en Europa esta innovación no apareció antes de promediar el siglo XIX. Con respecto a la tecnología del velamen, los europeos usaban sus velas cuadradas, las cuales eran muy buenas para el viento en popa pero algo limitadas en cuanto a la orza (las velas latinas recién se asomaban). Los chinos, una vez más, superaban esta limitación con unas velas especiales (las cuales ya lucían batens) diseñadas en el siglo III después de cristo y utilizadas en altamar desde el IX.
No obstante todo esto, en muchos otros aspectos de la materia, a partir del siglo XV ambas culturas manejaban las mismas herramientas. La brújula, por ejemplo, es originaria de la China del siglo VIII y consistía en una aguja magnetizada colocada en un pequeño espejo de agua a manera de superficie plana, con el cual siempre se contaba abordo. Con el norte como referente, los marinos podían apartar su mirada de la costa y aún así orientar su rumbo sin inconvenientes. Este fantástico descubrimiento fue trasladado al mediterráneo por tierra y en el siglo XII fue allí donde se perfeccionó hasta desarrollar la herramienta tal cual la conocemos, innovación que rápidamente recorrió el camino de vuelta a su lugar de origen. El timón surge también en oriente allá por el siglo I de nuestra era, y aunque en Europa no se lo conoce sino hasta varias centurias después, también en el XV ya había reemplazado definitivamente a los remos para corregir el rumbo.
Por otro lado, el conocimiento que se tenía de los vientos y las corrientes, así como de la navegación por observación de las estrellas, fue mayor en el oeste que en el este por mucho tiempo. La balestilha (en portugués) desarrollada en el siglo XIV y después el astrolabio (instrumento aún más preciso), ambos utilizados en la medición del ángulo de los objetos celestes, eran aún desconocidos en la china del siglo XV. Eso sí, militarmente hablando, todo mundo tenía cañones y cascos de metal.
Haciendo entonces un balance, ambas civilizaciones poseían relativamente la misma capacidad de hacer viajes largos, comerciar a su antojo y colonizar cuantas tierras les viniera en ganas por la vía del mar.
En Europa la estructura marítima fue inicialmente gubernamental, pero en términos de largo plazo, el desarrollo fue en su mayoría mercantil. Se formaban compañías y “empresarios” particulares invertían su dinero en las colonias con la esperanza del beneficio personal. La Compañía Británica de la India Oriental, tan poderosa durante tantos años (única poseedora de su propio ejército y armada) es el caso más famoso de una corporación occidental “privada” dedicada a la expansión del comercio, con tan pocos integrantes y con tanto éxito económico (moral contemporánea aparte). Por otro lado, el oeste venía curtido con una eterna y amarga rivalidad contra el Islam, factor que incitó a los portugueses (en su momento los más adelantados) la búsqueda de una ruta alternativa a las indias del este.
Entonces, si Europa comienza a cobrar distancia de manera vertiginosa resultando marcadamente superior tan solo cien años más tarde (para mediados del siglo XVI, la flota china era casi ridícula). ¿Qué fue, entonces, lo que ocurrió en oriente con la dinastía Ming?
Según el historiador Jared Diamond, la decadencia de la marina imperial y su desarrollo tecnológico de mitad de siglo XV fue producto de dos factores fundamentales y complementarios: discrepancias profundas en la interna gubernamental y una unidad política totalizadora en cuanto a la toma de decisiones. En pocas palabras, bastó una sola de éstas para bloquear el desarrollo de ultramar. Pronto veremos que las razones distan mucho de ser simplistas.
Retrocedamos un poco para entenderlo mejor. En el siglo II a.c. el estado Ch´in (de ahí la palabra China) dominaba la zona hasta que comenzó una guerra civil. Tras ésta, la dinastía Han gobernó durante cuatro siglos, lo cual sobrevino en una importante unidad cultural en todo su territorio. Las siguientes cuatro centurias fueron testigos de una partición de dicho estado en tres reinos que luego volvieron a unificarse para, una vez más, dividirse en dos grandes dinastías: la del Norte (invasores turcos y mongoles) y la del Sur (propiamente chinos). Desde el año 589 hasta el 907 de nuestra era, ambas potencias encontraron el camino de la unión bajo el ala de la dinastía Sui, dominio que cedió con el tiempo a la dinastía Tang, ambas en estrechas relaciones con el joven Imperio Árabe Musulmán.
En el siglo X, China dividió su poder político en cinco diferentes dinastías y tras años de luchas y ardua competencia, la dinastía Sung dominó la escena por casi tres siglos, seguida de la Yuan (de origen mongol) entre 1279 y 1368, famosa por sus relaciones con el extranjero incluido el legendario Marco Polo, autor de las primeras crónicas leídas en Europa acerca de tan lejanas y maravillosas tierras. Más adelante veremos la repercusión en la política de estado respecto de digamos... esta “contaminación” sufrida por la cultura indígena.
Las grandes embarcaciones comenzaron a fabricarse en la era Tang (siglo VIII) con el objetivo de facilitar el comercio entre las provincias del norte y sur del imperio. Wang Tang, un cronista de la dinastía Sung, nos relata en su “Thang Yu Lin” (Miscelánea de la Dinastía Tang) el siguiente relato: “En los reinados de Ta-Li y Chen-Yuan, existían estas grandes naves de la Yu Ta-Niang. La tripulación de los mismos vivían abordo; nacían, se casaban y morían abordo. En las cubiertas había senderos bordeando pequeñas chozas, e incluso jardines. Cada una albergaba cientos de hombres...cuando cualquiera de estos barcos arribaba en algún puerto, la gente se agolpaba para recibirlos y el lugar se llenaba de ruido...cuando salían al mar, llevaban consigo palomas mensajeras para, en caso de naufragio, poder enviar mensajes a tierra.”
Durante la dinastía Sung, el desarrollo naval pasó a ser prioridad por dos razones: la importancia de recuperar el dominio de sus costas (que en aquel entonces se encontraba en manos extranjeras) pero sobretodo la necesidad de compensar las ganancias que ya no ingresaban desde la agricultura en el norte, industria (valga la contradicción) que en aquel entonces los chinos no controlaban.
Fueron cuatro décadas de hegemonía marítima por parte de esta dinastía (hasta los primeros años del siglo XIII), pero tras un período de decadencia y el surgimiento de la flota mongol - al mando de la cual estaba el almirante Zheng He - la China no tubo más remedio que rendir tributo a su nuevo emperador, el gran Khubilai Khan, príncipe de la dinastía Yuan.
Y así llegamos a la dinastía Ming (1368 – 1644), cuyo poderío naval en sus inicios fue heredado de las tres grandes dinastías que la precedieron (Tang, Sung y Yuan). Pero, ¿qué fue entonces lo que pasó durante este período en el cual las “ignoradas” posibilidades de expansión comercial y colonial vía marítima eran más que propicias para el escenario chino? Michael L. Bosworth, otro historiador especialista en la materia, propone con detalle las siguientes razones:

  • Existieron al comienzo de esta dinastía, acaloradas discusiones acerca de los riesgos y beneficios en el intercambio comercial y sobretodo cultural con naciones aledañas, discusiones que terminaron desembocando en una estricta política de aislamiento. El completo restablecimiento de la cultura local tras cien años de gobierno extranjero (como ya vimos, de origen mongol) fue uno de los objetivos primordiales acordados desde esta perspectiva.
  • Grandes sumas provenientes de las arcas imperiales – incluido un importante porcentaje correspondiente a la marina – estaban siendo destinadas a la remodelación y extensión (recién estrenaban la norteña Pekín) del “Gran Canal”, extensísimo río interno que comunicaba las principales ciudades de todo el reino el cual, tras la dura guerra contra los mongoles, además de costosas refacciones, requería de nuevos puentes, defensas, murallas, caminos paralelos pavimentados y otros canales más pequeños.
  • La administración política se encontraba en plena reestructuración, con un resurgimiento de los escolásticos confucianos en los puestos oficiales y una creciente población de eunucos también en el terreno del poder. Ambas categorías de altos mandatarios estuvieron en disputa a lo largo de todo el período Ming, dominando mayormente los confucianos quienes, siendo los más fieles a la tradición (y de allí al aislamiento), desalentaban continuamente la inversión en la marina.
  • La mayor parte de las ganancias provenientes de la “Flota del Tesoro del Dragón” eran destinadas a la construcción de templos y palacios bien lejos de las zonas portuarias. Esta “pérdida” en los balances, aunque sobradamente injusta, le otorgaba a la gerencia una pésima reputación, y a los confucianos, pues una excelente excusa.
  • Por último, la amenaza desde el mar siempre fue considerada secundaria respecto de las mucho más inminentes invasiones terrestres, excusa perfecta para que gran parte del presupuesto en tecnología y materiales (léase flota) del susodicho rubro, se lo derivara al ejército.

Según parece, estos fueron los motivos de la decadencia naval china desde 1433 (año de la última gran expedición de la Flota del Tesoro) en adelante. Como es lógico, se tenía muy en cuenta el importantísimo factor económico a la hora de adoptar una política pero, como ya vemos, no todo en la China de aquellos tiempos se hacía por la “pasta”. Cultura es sinónimo de tradición, y tradición es sinónimo de identidad. Sin dudas los muchachos se tomaban muy en serio este concepto. Ser, y sobretodo, ser distinto. Ahora comprendo la existencia de la Ciudad Prohibida, mundo de reclusión y aislamiento para el hombre por encima de todos los hombres, dios vivo de un imperio por encima de todos los imperios...

La leyenda del Beagle

Otoño de 1999 - Primera parte

Estaban en medio de las salvajes soledades de la Tierra del Fuego, las más desoladas y agrestes de la tierra. Por allí entraron, vinieron desde el Pacífico, los navegantes que las han pintado con tan tétricos colores; y por ahí también pasó Darwin, a bordo del “Beagle”, y les dio el nombre que se extendió luego a toda la Patagonia: “Tierra maldita”. ¡La tierra maldita! (Lobodón Garra, escritor argentino).

La tormenta ruge furiosa. Inmensas olas explotan súbitamente contra las duras rocas de la costa, desintegrando su existencia en mil pedazos. Aquel inhóspito lugar no es más que terror y oscuridad. El viento, inconcebiblemente frío para la mente del pálido mortal civilizado, envuelve la curtida y agrietada piel de estas sombras humanas. Agazapadas al acecho de su presa, permanecen inmóviles en la espera del instante preciso. La concentración es máxima; el efecto sorpresa, fundamental. Poco a poco se van acercando. La majestuosidad de la cruel naturaleza hace resonar de fondo una sinfonía infernal, silenciando el sonido de sus cautelosos pasos. Ya solo quedan unos metros. La muerte se asoma y sonríe. Muy pronto la víctima caerá y será el carnívoro alimento de esta gente, miembros temporales del pueblo más primitivo de la tierra. Triste descuido del señor.
De pronto, como surgida desde los umbrales del tiempo, una silueta gigantesca se desliza sosegadamente por las obscuras aguas del horizonte. Una extraña criatura flotante con largos brazos apuntando al cielo e innumerables pulmones inflados por el fuerte vendaval, se acerca lentamente justo en dirección a ellos. Sus mentes no logran comprender la dimensión de este suceso. Ni siquiera en su vocabulario existen palabras para describir lo que sus ojos están viendo. Y aún hay más: el monstruo marino no esta solo, alberga en su interior pequeños y ruidosos seres que recorren su cuerpo como los voraces insectos en su alocado festín. ¿Qué son? ¿Quiénes son? Ellos no lo saben.
Son los ingleses. Son sus hermanos.

Jemmy Button y las sombras del sur
Un alegre niño de extraño e intrigante aspecto, contemplaba absorto los rápidos y modernos vapores que escupían su larga columna de humo desde el interior. El pequeño trataba desesperadamente de comprender la magnitud de aquella máquina maravillosa, y aunque hacía un año que se encontraba en las lejanas tierras de los hombres blancos, todavía no había perdido la capacidad de asombro ante todo lo que le rodeaba. Su nombre era Jemmy Button, el mismo que le pusieron los marineros del Beagle cuando lo encontraron en Tierra del Fuego (button por botón, que fue con lo que le “pagaron” a su gente para dejar que se lo llevaran con ellos a Inglaterra). Pertenecía al pueblo de los Yaganes, pueblo nómade, habitantes de los confines más australes del planeta.
Los yaganes habitaban en el extremo sur de la Tierra del Fuego, la isla Navarino y demás islotes que recorren el famoso canal del Beagle. Limitados por fronteras naturales tales como el océano y las montañas del este, se veían imposibilitados de emigrar al norte debido a la presencia, en los bosques aledaños, de la terrible y amenazadora tribu de los Onas.
Nativos del sur, de alma guerrera y orgullosa, los Onas eran altos y fornidos (con un promedio masculino de 1.80 mts), contaban con armas sofisticadas (como el arco y flecha), y vestían ropas abrigadas hechas con pieles de foca o nutria con el pelaje dispuesto hacia adentro, al igual que lo hacían, y aún lo hacen, los esquimales. Atacaban sin rencor a todo aquel que osase atravesar sus territorios, por lo que los Yaganes no tenían más remedio que permanecer allí, probablemente en el territorio más inhóspito de todo el continente.
Lo interesante de esta gente es comprender el extraño comportamiento de sus costumbres. Eran desprolijos y caminaban siempre medio agazapados. Prácticamente no utilizaban ropa alguna con la cual combatir el frío; salvo algunos hombres que raramente usaban piel de nutria para cubrir sus hombros, los Yaganes vivían completamente desnudos. Tampoco conocían las armas, si no contamos los finos palos puntiagudos y las rocas de la playa que utilizaban como herramientas para dar muerte a las focas y demás animales que cazaban por el alimento. Los “Wigwams”, como llamaban a sus chozitas provisorias, no eran más que un montón de ramas y hojas amontonadas sobre un par de troncos ubicados a modo de cimientos. No duraban mucho tiempo en cada lugar, las cáscaras de mejillones y sus propias necesidades no se lo permitían, por lo que constantemente deambulaban de un sitio a otro, cobijándose bajo los Wigwans al calor de un fuego eterno, el mejor amigo del yagan, que siempre mantenían vivo y del cual nunca se alejaban demasiado, ni siquiera durante la pesca
(que practicaban en pequeñas canoas construidas a partir de un solo tronco, en cuyo interior siempre llevaban leña encendida).
No seguían a ninguna manada; no conocían la agricultura; no tenían fiestas ni rituales de ningún tipo; en su vocabulario, que por cierto era sorpresivamente complejo (más de 5000 palabras), no existía ninguna denominación referida a los dioses o creencias metafísicas; la sociedad era nula, no había linajes ni líderes, tampoco brujos o artistas de ningún tipo; incluso los lazos familiares eran débiles, los hijos abandonaban a sus padres a edad muy temprana, los hombres tenían varias mujeres, y por consiguiente, varios hijos de los cuales no se hacían cargo.
Así vivían, al borde del hambre y el frío, la indiferencia y el temor. Es increíble pensar cómo hacían estos seres para resistir, a duras penas, las inclemencias del tiempo y de ellos mismos. Pero lo hacían, soportaban silenciosos las desdichas de su destino.
Jemmy Button pertenecía a este mundo, y hacia el se dirigía. Fitzroy lo había recogido un año antes, junto con otros dos aborígenes más, una niña llamada Fuegia y un yagán adulto de apodado York, con el fin de civilizarlos para que luego, al regresar a sus tierras, llevaran las luces de la modernización al resto de su pueblo.
La primera parte estaba terminada (eso fue al menos lo que los ingleses creyeron), por lo que ahora únicamente restaba lo más fácil. Tan sólo debían encontrar el lugar, lo más exacto posible, donde los habían encontrado.

La Ira de Poseidón
El Beagle recorrió los mares del sur durante todo ese año, y Fitzroy se concentró en sus tareas de exploración y trazado de mapas. Tocaron los puertos de Bahía, Río de Janeiro y Montevideo, en donde el capitán actualizó las viejas cartas españolas del Río de la Plata, y luego bordearon muy aprisa las costas de la Patagonia, pasando de largo intencionalmente frente al Estrecho de Magallanes, debido a la impaciencia por llegar al hogar de los fueginos.
Cuando uno se acerca por altamar a Tierra del Fuego, en cualquier época del año, la personalidad del tiempo suele ser lúgubre y deprimente. El paisaje contiene todos los tonos posibles del gris: el agua, la tierra, el cielo. Incluso en los mejores días, una bruma misteriosa invade el entorno, cubriendo la costa y dejando a la vista únicamente los elevados y filosos picos de lo que vendría a ser la cola de La Cordillera de Los Andes.
Los caprichos del océano son impredecibles y mortales para cualquier embarcación que se vea atrapada en las fauces de su cólera: “Cuando se desencadenaba una tormenta antártica, el mar ondulaba con olas separadas por unos cuatrocientos metros de distancia, como si los Alpes rodasen, y el velero flotaba tranquilamente en las hoyas, pero casi se despedazaba cuando lo atrapaba el viento aullante en las crestas” (capitán W. Parker Snow, que rodeó varias veces al Cabo de Hornos, llamado así por ser la traducción incorrecta de “Cape Horn”, que tanto en inglés, como en holandés, quiere decir cuerno). Dichas crestas, basándose en las crónicas más respetables, han superado los cuarenta metros, pero según anécdotas contadas por el escritor Lobodón Garra, quién ha sido un gran conocedor del sur americano, existen relatos acerca de olas alcanzando la altura de riscos de más de setenta metros. Sin duda, estas aguas, que están al sur del “Cabo del Cuerno”, donde chocan con violencia el Pacífico y el Atlántico, han sido reconocidas como las más peligrosas del mundo.

Joseph Conrad

El poeta que vino del mar.

“El objetivo al cual quiero llegar mediante el poder de la palabra, es lograr que escuches, lograr que sientas y, por sobre todas las cosas, lograr que veas. Eso, y no otra cosa, lo es todo para mí.”

Jozef Teodor Konrad Kurzeniowski nació en Berdichev (1857), un poblado ucraniano en aquel entonces bajo el control de los rusos. Su padre se llamaba Apollo y era poeta, uno de esos aristócratas sin tierras pero con bastos estantes sembrados de obras en inglés, polaco y francés. Tanto él como su esposa murieron de tuberculosis durante un exilio político que obligó a la familia a trasladarse al Volgoda, región al norte de la madre Rusia.
En 1869, el pequeño Joseph se trasladó a la casa de uno de sus tíos en Suiza, el señor Tadeusz Bobrowski, quien sería de gran influencia en su vida. Tadeusz lo educó y protegió como si fuera su propio hijo y ya de más grande (Conrad tenía 17 años) lo ayudó a ingresar en los círculos marítimos, financió sus estudios en la escuela naval e pagó varias de las deudas que con los años el mozuelo supo acumular.
Durante su juventud, el intrépido Joseph viajó tres veces a las islas del atlántico caribeño como grumete en el Mont Blanc, perteneciente a la marina francesa. En una de sus incursiones por los laberintos de la hombría, fue herido en el pecho durante un duelo improvisado y algunos aseguran que participó activamente en el contrabando de armas para la causa Carlista en la España de entonces. Se ha hablado incluso de un misterioso intento de suicidio...
A partir de 1878 prestó sus servicios en la marina mercante británica, servicio en el que permanecería los siguientes 16 años. En 1884 obtuvo su certificado de Capitán y por fin pudo comandar su primera embarcación, el “pequeño y majestuoso” Otago. Dos años más tarde Inglaterra le concedió la ciudadanía y fue entonces cuando cambió su nombre original al de Joseph Conrad.
Amigo del sol, el viento y la sal, conoció el océano y varios de sus rincones. Estuvo en Australia, recorrió los archipiélagos del Índico, pisó las fértiles tierras de Borneo y Malasia, llegó hasta los confines de la América austral y, por supuesto, curtió su rostro en las acaloradas islas del Pacífico, destino obligado para todo marino que bien se precie de serlo.
En 1890 exploró el río Congo de “rabo a cabo” (ya saben, corriente arriba), y fue este viaje la materia prima que alojó en su mente las ideas fermentadas con el tiempo en una de sus más conocidas novelas (las más fascinante novela corta que jamás haya leído, si alguno quiere mi opinión), titulada El Corazón de las Tinieblas (“Heart of Darkness”, 1902) obra de profundas y polémicas ideas de la cual Apocalypse Now - el film de Francis Ford Coppola - es una excelente versión.
En 1894, a los 36 años de edad, Conrad experimentó un giro copernicano en su existencia. Ese año falleció Tadeusz, aquel tío suyo que haría las veces de padre y mentor en aquel mundo difícil y solitario. Murió dejándole una herencia de £1.600, cifra cuya equivalencia en la actualidad superaría con creces las £100.000.
Este hecho marcó el punto de inflexión en la vida de un Conrad cansado ya de tanto andar; un Conrad que hace tiempo venía ocupando sus noches oceánicas con emocionantes desvelos de papel en blanco, tinta china e insurgente elucubración. Un Conrad, en fin, que quería – y ahora podía – dedicarse por entero a ese otro campo de la exploración, el mundo de su mente, las aguas de su imaginación.
El ahora escritor de tiempo completo se asentó en su querida Inglaterra, la nación que lo había adoptado. En 1896 se casó con una joven llamada Jessie George, con quien tubo dos hijos, y salvo algunas incursiones a Francia, Italia, Polonia y los Estados Unidos en 1923, mantuvo sus huesos abrigados y el alma tranquila en la apartada campiña de Kent.
Escribió incansablemente durante todos esos años, siempre en el idioma inglés (idioma que aprendió de muchacho leyendo el periódico y las obras de Shakespeare). Por momentos la labor se le hacía tortuosa; su estancia en el Congo Belga, además de abundante material para sus ficciones, le había regalado las secuelas de una cruel enfermedad: la malaria.
Así y todo, poblaba sus hojas de extrañas aventuras y recuerdos maquillados, creando poco a poco el espejo de un mundo real y distinto, hogar de astutos traficantes sobreviviendo en el oriente, terribles tormentas en el africa australis, misteriosos marinos de piel oscura, tifones, nativos, violencia, anhelos y desesperación. Sus historias reflejaban su experiencia, sabedor auténtico de fantásticos parajes y poseedor de un libro que ha sido escrito en el idioma de las cicatrices. Lobo de mar...nadie lo duda. Pero esa era sólo una de sus imágenes; Conrad reflejaba mucho más.
Indagó en las esencias más ocultas del espíritu humano, enfrentándose a los miedos y las dudas como la presa acorralada que aún ataca cuando sabe de antemano que la cosa está perdida: “Lo que hace trágica a la humanidad no es el hecho de ser víctimas de la naturaleza, sino el estar conscientes de ello. Formar parte del reino animal bajo las condiciones de este planeta está muy bien, pero en cuanto sabes de tu esclavitud, la angustia, el dolor, la furia. Allí comienza la tragedia.”
Hombre de profundas angustias, duro crítico de su época, eterno solitario, buscó siempre la aprobación de sí mismo y con ello consiguió la admiración de todos los demás. Porque efectivamente, el hombre es en el fondo un solitario (“Vivimos como soñamos, solos”), pero es esa misma soledad lo que nos une a todos; nos une en condición y nos une al combatirla.
Así, todas sus incógnitas aún hoy siguen vigentes porque son éstas las preguntas que cualquier ser humano en la sencillez de su ser, desnudo del tiempo y la cultura, jamás dejará de hacerse. Y, de alguna manera u otra, jamás dejará de responder.
Los últimos años de su vida los vivió en compañía de su más molesto compañero: el reumatismo. Tuvo además sus razones para rechazar – a principios de 1924 - el título de Caballero, continuando una larga tradición de declinaciones a cargos honoríficos en no menos de cinco universidades. Joseph Conrad murió en agosto de aquel mismo año y fue enterrado en el antiguo cementerio de Canterbury.
Valiente poeta de los siete rincones, esclavo rotundo de su propia conciencia, jamás dejó de escribir...jamás dejó de viajar. El mar estará siempre presente en su memoria, metáfora perfecta de nuestra humanidad. Y con éste su arte se nutrirá y crecerá hasta explotar dando a luz el acto más sublime. Como alguna vez él dijo:
“La creación es magia, es la evocación de lo oculto en formas a la vez persuasivas, esclarecedoras, familiares y sorprendentes...El artista apela a nuestra capacidad de deleite y asombro, a los sentidos del misterio que rodean nuestras vidas, a nuestros sentimientos de piedad, de belleza y de dolor... a la sutil pero invencible convicción de solidaridad que entrelaza la soledad de innumerables corazones...a la solidaridad en sueños, en alegrías, en pesar, en aspiraciones, en ilusiones, en esperanzas, en temores, que une a los hombres entre sí, que mentiene unida a toda la humanidad.”

India Nova

El Siglo de Oro

El Atlántico, inmensidad ondeante y majestuosa, infinita como el cielo, misteriosa como los obscuros confines del más allá. Sus aguas despiertan en los hombres la curiosidad del aventurero, alimentando de una nueva y reconfortante energía al intrépido rebelde que nunca se conforma con la realidad tal cual se la han pincelado. La imaginación es más exigente, busca llenar esos blancos manchones de ignorancia. Y así, el cuadro de la vida se expande como la vela súbita a la primer ráfaga de un viento nuevo y sorpresivo.

Nada detiene a aquel que finalmente ha encontrado su meta.

Eran épocas de dragones marinos y tortugas gigantes, dioses vengativos y terribles plagas diseñadas por la cruel inventiva del mismísimo Lucifer. Eran épocas de un miedo eterno, no tanto a la muerte, sino más bien a la vida misma. Pero la mente humana, inquieta y escurridiza, no siempre se deja llevar por el aplastante susurro de la resignación. Como en todas las épocas, existían en ésta unas cuantas excepciones.
Cristóbal Colón fue una de ellas. Américo Vespucci también. El uno cruzó y conquistó una nueva fantasía, “el paraíso en la tierra”, las aguas se redondearon a su paso y las mentes del viejo mundo celebraron una nueva era; el otro extendió esa fantasía, otorgándole una dimensión gigantesca, certeramente continental. Ahora sí se trataba de un auténtica realidad.
Un nueva “roca” en el océano, pura y virgen, plagada de colores nuevos, criaturas nunca antes vistas, un mundo en donde la gente corría desnuda y alegre, celebrando el éxtasis de la naturaleza que había encontrado en estos lares su máxima inspiración creativa. Un mundo en donde los hombres, si bien “micos parlantes, animalejos de pelaje humano” según los barbudos colonos, también eran conocedores de las guerras, el dolor, el poder y la injusticia.
Pero sobretodo, era un mundo pagano…y repleto de oro.

América colonial, historia de siete colores. Parece la estampa de un papagayo.

En las crónicas de estos dos grandes descubridores, el genovés Don Cristóbal y el florentino Américo, se descubre tanta poesía y poder narrativo que más que a fríos e insulsos cartógrafos o navegantes en misión oficial, corresponden al espíritu apasionado y lleno de vigor del artista cautivo, oculto en todas aquellas personas extraordinarias que, muchas veces sin siquiera proponérselo, han sabido colorear nuestra gris historia. Ambos personajes nos deleitan con sus relatos e impresiones iniciales del encuentro con este Nuevo Mundo. Pero con el tiempo, es decir, a través del estudio y la lectura cronológica de sus legados literarios, nos damos cuenta del curso que cada uno decide tomar, fruto de las circunstancias, así como de la esencia que los alimentaba.

¿Y qué ven los hombres desde los puentes de las tres carabelas? Indias de color cobre que asoman asustadizas por entre la selva desgreñada, desnudas como Dios la echó al mundo. Los cabellos de azabache caen sobre sus espaldas como pinceladas de brea. Los chiquillos, trepados en lo alto de los follajes, se confunden con los micos y dialogan con los loros. Sobre las anchas caras salvajes está la risa de los dientes blancos y la mirada maliciosa de esos ojillos negros. Caribe es como decir “indio bravo”, palabra de guerra que cubre la floresta americana.

Las primeras impresiones de Colón, plasmadas en papel tras el encuentro con el Caribe es, según Arciniegas (escritor centroamericano) “un canto muy hermoso”, lleno de vida y fascinación por estas islas que no dejan de sorprenderle. Lamentablemente, el diario de viaje del Almirante no será publicado sino hasta muy entrada la noche de su muerte.
Sin embargo, el legado más abundante de sus vivencias, aunque no por eso el más suculento, va a ser las cartas que con regularidad destinaba a la tierra de los reyes españoles. “Y así, capricho es de la suerte, la única pintura del Nuevo Mundo que no gusta es la de su propio descubridor”. No es que, como dijimos antes, careciera de talento en el momento de transmitir sus experiencias, ni que decir de las “delicias” que abrumaban los contornos de aquel paraíso terrenal, delicias que en su mayoría poco tenían que ver con la cosa religiosa . En las palabras de Samuel Eliot Morison, buen conocedor de todos sus pasos: “Colón, sin embargo, no dice nada de esto, ya que su diario está calculado para ser puesto bajo los ojos de una reina recatada”. Citando al mismo genovés: “Procure el gentilhombre que se pone a contar algún cuento o fábula, que sea tal, que no tenga palabras deshonestas, ni sucias, ni tan puercas, que puedan causar asco a quien las oye, pues se puede decir por rodeos, y términos limpios y honestos, sin nombrar claramente cosas semejantes, especialmente si en el auditorio hubiese mujeres”.
Don Cristóbal pertenece, o más bien corresponde, siendo el mismo italiano, a la España puritana de la reina Isabel, España que, tras la muerte de su “Purísima Majestad”, despierta y se regocija al calor de Felipe el Hermoso, esposo de Juana la Loca, quién quedará como heredera al trono: “…qué de apetitos se levantan, qué pasiones más ligeras las que explotan para que salte en pedazos la nación española.”

De los atamientos de la Mar Océana, que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dio las llaves. Las Indias, te las dio por tuyas; tu las repartiste adonde te plugo, y te dio poder para ello. Él tuvo de ti muy grande cargo. Maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra.

Cuántos milagros habrá presenciado esta alma inquieta, y cuántos desvelos sufrirá en vida, una vida a la borgiana, labrada de fortunas y desdichas. Descubrió un nuevo mundo, lo abrazó con sus sueños y lo dejó escapar, perdiéndolo para siempre.
Diecisiete carabelas, mil doscientos hombres a bordo, otros tantos haciendo cola en puerto para participar de lo que fue la empresa más frustrante de la historia. El retorno a esas islas maravillosas, esta vez una campaña en serio, inundada de expectativas. Sin embargo, paradojas de esta existencia absurda y juguetona, volvieron a la patria con las manos vacías. Oro era lo que buscaban, pero la tierra de “La Española” (llamada así por el mismo almirante), rehusábase a develar su brillante secreto.
Será él quien primero pise el continente virgen, aunque aún insista en eso de llamarlo “Las Indias”: “Pero ya un Colón cansado, recóndito, amargado, profético, que deja de ser una figura histórica para convertirse en un personaje de tragedia”. Fue su tercer viaje. La tripulación, una pandilla de criminales recién salidos de los huecos más obscuros de Castilla. “No tiene amigos, únicamente socios.” En su soledad recurre a la misericordia del Señor. Se vuelve tan místico y religioso como su reina, solo que en él brotan claros salpullidos de locura, esa locura que hunde cual fatalidad del destino.
Jamaica, escenario de un naufragio inevitable, lo único que faltaba para completar su crónico infortunio. Niños son lo sobrevivientes de la última aventura de Colón. Primero fueron una parva de marineros inconscientes, luego lo siguieron hidalgos, monjes y caballos, en su tercer intento se rodeó de sabandijas asesinas, y ahora, unos pocos niños, jovenzuelos de trece y catorce años que seguían a un lunático tras la pista del canal que los llevaría al otro lado de la “Gran Roca”. Pobres ilusos, Cristóbal el primero.

¡Alíviate de esas cargas, y oye una historia estupenda!

“No se puede avanzar en ninguna dirección en la vida de Florencia sin dar con un Vespucci.” Desde Simonetta Vespucci, quién sería la inspiración encarnada del gran maestro Botticelli, inspiración que, entre muchos otros cuadros, desembocaría en el famoso “Nacimiento de Venus”, hasta su sobrino político, Américo, dos años más joven que ella, de la misma edad que Colón.
Américo el magnífico. Don Cristóbal descubre, Américo da forma, hace la pintura inmortal de un nuevo mundo, “…es él un Botticelli para el mar que nace entre sus manos.” Lo que antes eran unas perdidas y bronceadas isliyas detrás del horizonte, ahora son un norte y un sur de tierras mágicas y misteriosas.
Hamacas y mujeres. De todo lo que ve es lo que más le atrae. Las primeras son suaves y se mecen dulcemente al compás del oleaje somnoliento, deleite de los dioses comparadas con las frías y duras camas europeas. Las segundas, tostadas venus del Caribe, “lujuriosas y de insaciable liviandad”, develaron a estos marineros libres y desterrados, los exquisitos placeres que una cultura abierta y despojada de tantos prejuicios, podía ofrecer.
Vespucci tiene lo que se dice una vida emocionante. Incansable explorador, recorre costa y tierra adentro por igual; guerrea y fraterniza cuando la ocasión lo dicta; adonde quiera que va, él y sus hombres producen una mezcla de terror, admiración, respeto y, sobre todo, fascinación en esta gente salvaje y supersticiosa que instintivamente le adjudican una identidad sobrehumana: “Qué contento produce su llegada a cada pueblo. Cómo los palpan, los acarician, los festejan. Para ellos es la mayor comida, la hamaca mejor tejida, la india más sabrosa de cada caserío.” Toda una experiencia para estos alegres barbudos afortunados.
Y así, sus cartas fluyen por todo el viejo mundo, se traducen a todos los idiomas. Por fin un hombre que logra cautivar al Renacimiento con sus palabras arrancadas como flores de estas tierras fabulosas. En la voz de un contemporáneo: “Si a estas tierras nuevas de que por primera vez nos habla Vespucci, ha de ponérseles algún nombre, no escojamos palabras afeminadas como Europa, Asia, África, (Oceanía permanecería ignorada durante un par de siglos más), llamémoslas con su nombre, que sean las tierras de Américo.” Y así queda bautizado el nuevo mundo, sin que el propio Vespucci llegue a saberlo.

El Caribe va ensanchándose, van descubriéndosele sus contornos bajo la luz de la violencia que encienden los conquistadores atrevidos. La isla de Santo Domingo, o La Española, surge como imagen de todas las colonias futuras que España tenga en América. En pequeño, se desarrolla en ella todo el drama. Quien conozca sus intimidades en los primeros cincuenta años, puede decir que ha visto, condensada, la vida de la América colonial…Allí se hacen las primeras armas, se matan los primeros indios, se recoge y juega el primer oro. A veces relampaguean al aire los puñales. Mas comúnmente, las blasfemias...Son cosas que pasan. No puede ayuntarse indios y blancos, siervos y señores, y esclavos de África, en una sociedad nueva, sin que ocurran escaramuzas.

Realmente ha sido un siglo tórrido e intenso para este viejo y cansado continente, tan “viejo” como cualquier otro, por cierto. Entre tantas otras conclusiones que podemos sacar del largo capítulo de la colonización, la impresionante influencia que un solo hombre puede causar en el gran libro de la humanidad, a partir de la inspiración de unas pocas páginas de su vida, es sin lugar a dudas una de las más relevantes.
Américo y Cristóbal fueron grandes por sus hechos, poseían la virtud impresa en su destino. El uno, alegre y movedizo, supo sazonar la imaginación de sus contemporáneos y darle nombre a este nuevo continente, el único llamado tras un personaje humano; y el otro, pionero y apasionado, amplió los horizontes de dos mundos mezclando sus encantos y caprichos, para legarnos lo que ahora nosotros, curiosa amalgama cultural , consideramos nuestro verdadero hogar. Humanos como el resto de los mortales, supieron, sin saberlo, amarrar la inmortalidad.
La historia de las migraciones humanas es un tema que ha fascinado al curioso investigador desde los tiempos de Homero, e incluso antes también. La huella de nuestros pasos siempre será profunda, aunque a veces no se la pueda ver con claridad. ¡Cuántos misterios aún quedan enterrados bajo las condensadas capas de este tiempo eterno, cuántas sorpresas nos esperan todavía, escondidas tras las borneantes sombras de nuestro destino.

Aclaración: todas las citas (en cursiva) que no tengan una aclaración en el mismo texto corresponden a G. Arciniegas, y fueron extraídas de su maravilloso libro “Biografía del Caribe”

Bougainville, el ilustre ilustrado

“Soy viajero y marino, es decir, un embustero y un imbécil frente a esa clase de escritores perezosos y soberbios quienes, entre las sombras de su gabinete, someten despóticamente la naturaleza a su imaginación y filosofan hasta perder de vista el mundo y sus habitantes... personas que, sin haber observado nada por sí mismas, no hacen más que escribir y dogmatizar a partir de las observaciones que les prestan esos mismos viajeros a quienes les niegan la facultad de ver y de pensar.”
(Louis Antoine de Bougainville, “Viaje alrededor del mundo a bordo de la fragata real la Boudeuse y la urca Étoile, en 1766, 1767, 1768 y 1769”.)

Louis Antoine, el precursor
Antes de que en el siglo XIX, escritores como Verne, Melville o Stevenson elevaran la novela de aventuras ultramarina hasta la cúspide literaria, hubo otros autores que les precedieron en esa tarea y que, posiblemente, animaron sus tardes de lectura. Sin duda, uno de ellos fue Louis-Antoine de Bougainville, un alegre parisino que entre 1766 y 1769 dio la vuelta al mundo y escribió un libro sobre su viaje de circunnavegación.
Lo de Bougainville, como se ve, no estaba en rellenarse las caderas. En absoluto. Lo suyo era tirarse al agua y navegar para ver y contar cómo eran, por ejemplo, las Malvinas o Tahití, por muy lejos que estuvieran de su París natal. De hecho, el ímpetu de este explorador, escritor y aventurero estaba a la altura de uno de los poetas marinos más conocido de la época, el legendario James Cook, quien por esas fechas también estaba dando la vuelta al globo en su propia “cáscara de nuez”.
Nacido en París en 1729 de un padre notario, Louis Antoine de Bougainville se orientó primero hacia las ciencias, más particularmente hacia las matemáticas, y publicó un “Tratado de cálculo integral”. Quizás fue porque leyó las diversas memorias escritas por su hermano Jean-Pierre sobre distintas expediciones marítimas, que Louis Antoine tuvo la vocación de navegante.
Deseando recorrer el mundo, este deudo de la marquesa de Pompadour, fue nombrado primer ayudante de campo de Louis Joseph Montcalm y se fue a Quebec con él a bordo de La Licorne (El Unicornio). Desembarcó allí en 1756 y luchó contra las fuerzas inglesas. Años más tarde, después del intento de colonizar, en vano, las islas Malvinas (o islas Falklands) en el Atlántico, tuvo que retirarse, no sin haber sacado algo de dinero por sus derechos a España. Así reembolsada la expedición, pudo emprender el viaje que deseaba y que, sin dudas, lo hizo famoso.

La leyenda que respira
Además de ser un excelente marino, Bougainville era un verdadero ilustrado: frecuentaba los salones de los mosqueteros de Luis XV; practicaba esgrima; leía a Virgilio, Horacio, Tácito, Montaigne, Montesquieu, y estudiaba con D'Alambert (director, junto a Diderot, de la Enciclopedia). No obstante todo esto, Bougainville, más que un genuino representante de su época, era ya una leyenda viva naufragando en un océano de declinación; en esos años principiaba el fin del esplendor de la Francia ilustrada.
Después del Rey Sol, el brillo del país galo se extinguía a marcha forzada. En 1760, Francia había perdido Québec a manos de Inglaterra, la potencia naval, militar y comercial del momento. La rendición gala la organizó, precisamente, Bougainville, quien siempre se destacó por sus habilidades diplomáticas. Con la rendición, él y sus compañeros fueron hechos prisioneros y devueltos como tales a Francia; toda una herida para el orgullo nacional, pero casi una alegría para Voltaire, quien había calificado esta guerra como innecesaria; y a la cual le había dedicado escasas doce líneas en la Enciclopedia.
En un intento de recuperar el prestigio francés, Bougainville le propuso a Luis XV conquistar unas islas muy australes y deshabitadas, llamadas Malouines, allá por los sures del continente americano. Según este parisino inquieto, mosquetero de Su Majestad y “culo de mal asiento”, Francia debía permitirse algún atrevimiento naval, para que la pujanza marinera de ingleses y holandeses no terminara de eclipsar a dicha nación. Y a ello consagró sus esfuerzos.
Así, en 1763, Bougainville estableció en las Malvinas una pequeña factoría privada, a nombre de Saint-Malo, su compañía naval. Tiempo después, en 1765, Bougainville regresó a las islas, a fin de reforzar la presencia gala y, con ello, convertir las Malvinas en la colonia más austral del mundo de la que se tuviese noticia. A pesar de la sigilosa diligencia con que los franceses se habían instalado en la parte oriental, su movimiento de ocupación no pasó desapercibido para Inglaterra y España. Los ingleses, vista la estrategia gala, trataron de apropiarse de la parte occidental. Por su parte, España, legítima propietaria de las islas, reclamó sus derechos ante ambas naciones.
Primero los ingleses, y más tarde los franceses, reconocieron la soberanía española. Bougainville, entonces ya en Francia, viajó en 1766 para cerrar la devolución de las Malvinas. Reconocer que estas islas eran españolas supuso otro duro golpe para Francia como potencia mundial, y abrió una segunda herida en el orgullo de Bougainville.

Navegando los siete charcos
Con todo, el francés estaba decidido a devolverle algo de protagonismo a su país dentro de la escena mundial: cerrada la entrega de las Malvinas, daría la vuelta al mundo. El objetivo de Bougainville era sumar a Francia, por fin, a la exclusiva nómina de portugueses, españoles, ingleses y holandeses que ya habían circunnavegado el globo terrestre.
En 1766, embarcó en Brest con destino al Pacífico. A bordo de la fragata La Boudeuse (La Picona), llegó a América del Sur y cruzó el estrecho de Magallanes antes de alcanzar Tahití en abril de 1768. En su “Viaje alrededor del mundo...”, publicado en 1771, hace un retrato idílico de Tahití que favorecerá luego la idea del "buen salvaje " y que ejercerá influencia sobre más de un artista. De regreso a Saint-Malo en 1769, Bougainville pasó a ser el primer oficial en haber dado la vuelta al mundo. Apenas tenía 40 años. En ese marco histórico arranca este libro de viajes.
La precisión anterior resulta necesaria: se trata de un libro de viajes del siglo XVIII, no de una novela o un ensayo del XXI. La prioridad del viaje de Bougainville es, sobre todo, científica, exploratoria y enciclopédica, y su escritura se mueve de acuerdo a esos tres ejes. Prefiere escribir sobre la desconocida fauna y flora de las Malvinas, documentar la historia sobre la expulsión de los jesuitas del Paraguay (que vivió en persona), describir los asentamientos españoles en el Río de la Plata o constatar sus encuentros con indígenas en el estrecho de Magallanes y Tahití.
"Las piraguas estaban repletas de mujeres que, a juzgar por lo agraciado de su aspecto, no resultan inferiores a la gran mayoría de las europeas. Incluso, en virtud de la belleza de su cuerpo, podrían rivalizar con todas ellas y llevarles la delantera... La mayoría de estas ninfas estaban desnudas. Desde luego, incluso ya desde sus piraguas, nos hacían arrumacos que, a pesar de su simpleza, despertaban cierta perplejidad, ya sea porque la naturaleza embelleció el sexo con una tímida ingenuidad o bien porque, incluso en las regiones donde aún reina la espontaneidad de la edad de oro, las mujeres simulan no querer lo que más desean...Pero yo les preguntaría, en medio de tal espectáculo, ¿cómo mantener trabajando a cuatrocientos jóvenes marinos franceses que desde hace seis meses no han podido ver una sola mujer?"
Asimismo, como el gran marino que era, este navegante deja constancia de su oficio; al armazón histórico y científico anterior hay que sumarle los pasajes donde Bougainville anota rumbos y vientos, observa la dirección de las corrientes, arrumba la costa, calcula la longitud respecto de París o maldice la inexactitud de las cartas con que navega por entre las islas Célebes y Java. Para quienes estén familiarizados con los cuadernos de navegación, nada nuevo; para quienes sean inexpertos en estas lides, una dificultad añadida, pero superable. Quienes estén familiarizados con la jerga marina disfrutarán de enredarse entre obencaduras, jimelgas o drizas; sabrán de dónde soplan los vientos frescachones, redondos o los de cascarrón; o sabrán qué hacer cuando haya que arriar un chambequín. De todos modos, para estos pasajes más técnicos, el libro cuenta con el auxilio de un amplio glosario náutico y, asimismo, incluye las cartas que dibujó Bougainville sobre los lugares navegados.
Sin lugar a dudas, “Viaje alrededor del mundo a bordo de la fragata real la Boudeuse y la urca Étoile, en 1766, 1767, 1768 y 1769” es una notable labor literaria producto de una mente que luchó eternamente en contra de la decadencia, en una época ciegamente indiferente a las causas pérdidas. Ciertamente, Bougainville nos proporciona la posibilidad de arrimarnos a un libro misceláneo, entretenido, erudito, notablemente escrito, fiel reflejo del espíritu ilustrado.

Epílogo
Pero una nueva serie de desgracias iba a alterar su prestigio durante algunos años. Durante una batalla en Saintes, en las Antillas, fue acusado de cobardía por haberse retirado demasiado pronto de los combates. Vino luego la Revolución. Bougainville, que había seguido siendo fiel a Luis XVI, fue encarcelado durante el período del Terror. Pero cuando Napoleón tomó el poder, éste lo nombró senador y le dio el título de conde.
Louis Antoine de Bougainville falleció en París en 1811. Aún hoy en día, la más grande de las islas Salomón descubierta en 1768 por Bougainville lleva su nombre. Su hijo mayor, Jacinto (1782-1846), guardiamarina en Le Geographe (El Geógrafo) a los 18 años durante la expedición Baudin, mandó luego numerosas expediciones en el mundo.

Fuente principal: “Aquellos locos ilustrados”, por Rubén A. Arribas

La isla, el puma y el sol

Bolivia la linda. Bolivia la grande. Bolivia la pobre. ¡Deberían verla! Es hermosa. Gris y marrón como el asfalto manchado. Las voces del consuelo siempre dicen que las malas críticas no merecen consideración, que los injustos exageran para reducir el margen de su propia mediocridad, y todo eso suele ser muy cierto. Pero aquí les digo que en lo visto y juzgado no hay maldad ninguna. Lo negativo es piropo y el desorden, libertad. Bolivia está loca, loca su gente y locos sus paisajes. Loca de amor y terror por una tierra antigua e injustamente pobre. Pobre más allá de toda excusa, más allá de todo reproche. Pobre y maravillosa.

Visitando a los vecinos
Febrero (2006) fue para mí un mes de retornos. ¡De vuelta a los caminos! De nuevo a sentir la emoción del viajero improvisado en su aventura nómada que se renueva y alimenta. Venir de, estar en y viajar a lo constante desconocido, sin saber qué es lo que pasará después, y ser muy feliz por ello. Un mes de retornos. Al viento en la cara y la mirada perdida, extasiada en esas curvas nuevas que invitaban a una fiesta de color y tierra seca, montañas y praderas, lagunas, callejuelas.
Un mes de retornos. Al suelo de Bolivia, suelo gris, marrón y turquesa, ese suelo que le quitó un centímetro a mis suelas elevándome a las mesetas de un mundo nuevo: el altiplano. Hogar de las alturas y los hielos, zona de fatigas y de cocacoleros, el altiplano de los indios y de los mochileros.
Un mes de retornos y reencuentros. Reencuentro con los viajeros de todo el mundo que se dan cita a ciegas en las calles, hostales, bares, buses y burdeles de la gran ciudad, del campo y de la ruta, formando verdaderos cócteles cosmopolitas de gente sin destino, curiosos y distintos, coleccionando recuerdos de sincera libertad.
El recorrido lo marca la obvia necesidad: lugares clave para no perderse. El Salar de Uyuni, por ejemplo, el más grande del mundo; paraíso visual de divina simetría. O la vieja Potosí, con sus tristes minas de plata y sync, su altura y su loca gente, cristianos sobre la piel y satánicos en el estómago de sus montañas. También Cochabamba, la niña bonita, moderna, eternamente cálida. Y La Paz, desquiciada y maravillosa, un alegre parque de diversiones inspirado en la más horrible de las pesadillas. Ya en el norte, arañando el Perú, se encuentra Copacabana, pintoresco portal hacia el lago más hermoso del planeta.

El puma de piedra
Azul, elevado y profundo, el lago Titicaca –que significa Piedra de puma- está de moda hace cientos de años. Primero lo visitaron los Tiwanakos, después los Incas. Aún hoy, los Uros habitan sobre él. Literalmente. Y, por supuesto, los turistas, esos “nuevos” habitantes de la tierra; población en constante reciclaje, pero población al fin.
Este lago se encuentra en el altiplano andino –o meseta del Collao- en la frontera entre Bolivia y Perú. La superficie abarca unos 9000 kilómetros cuadrados y descansa a unos 3800 metros sobre el nivel del mar. Su profundidad máxima se estima alrededor de los 300 metros. Claro, todas estas medidas aumentan según la ferocidad de las lluvias.
El Titicaca actual es una muy pequeña porción de lo que una vez fue un inmenso mar. Durante su historia el lago ha sufrido muchas alteraciones. En los últimos 11.000 años, ha estado hasta 50 mtrs. por debajo del nivel actual, saladas sus aguas, y recién hace 3600 años el agua se volvió dulce (aunque no lo suficiente como para ser bebible) y se restableció la conexión entre lago mayor y el menor. Entre los últimos 2000 y 1000 años el lago adquiere su estado actual y se forma su afluente, el Desaguadero. Es su único río, el cual evacúa el 5% del agua hacia el lago Poopó, situado al sur. Por su ubicación geográfica de altitud y en la zona intertropical, está influenciado por los factores de intensa luminosidad, temperaturas bajas y aire seco. Esto hace que la mayor parte de la pérdida de agua se deba a la evaporación. Se calcula que las aguas se renuevan cada 63 años.
“Durante el tiempo primordial ocurre el parto telúrico, el advenimiento del Ande, que se confunde con la épica lucha entre los elementos geológicos, momento cataclísmico, de guerra cósmica, de furia de la naturaleza. Se enfrentan la roca contra el agua, la tierra contra el mar y, en medio de convulsiones que sacuden el mundo y de erupciones volcánicas, emerge la cordillera de los Andes al arrugarse el suelo. Quedan como reliquias y testigos del cruento combate los lagos Titicaca y Poopo, despojos de la derrota del mar.” En un país sin costas oceánicas, estos dos inmensos lagos, salados pero mediterráneos, son el último consuelo de mar, oasis mojados en el medio de la nada, cuna de culturas y madre de mitos enterrados en la oscura eternidad de sus aguas.
Los Tiwanaku y los Incas consideraban al lago Titicaca como su lugar de origen, con sus dioses ó líderes surgiendo de las profundidades. Y si uno visita la zona, entiende el porqué de tanta veneración. Aún hoy, cientos de años después de la últimas conquistas (ni hablar de las primeras), el ambiente es distinto y sus vibraciones nos hablan de un lugar excepcional.
“En la meseta altiplánica, los españoles encontraron no sólo una inmensa riqueza minera, sino también un tesoro de mitos y un profundo espíritu religioso... Para los hombres de España, fue una percepción exótica, misteriosa y extraña que los llenó de zozobra... No pudieron soportar la originalidad y lo sugerente de sus formaciones religiosas y, como cualquier conquistador de cualquier época, los españoles impusieron sus ideas...”
El escenario andino, hogar de los mil dioses, concebidos y venerados en sus altares naturales, altares esculpidos en roca y río, la carne y la sangre de la tierra. Roberto Doria Medina Eguía, escritor amante de su Bolivia natal, no lo podría haber explicado mejor: “La contemplación del paisaje andino produce en el espíritu una honda experiencia religiosa. La naturaleza no muestra solamente la realidad de su belleza, sino que conmueve sugiriendo lo sagrado. Las siluetas, los perfiles y las enormes moles de granito de las montañas... la inmensidad en extrema soledad de la altiplanicie en la que se reflejan la intensa luminosidad solar o, a la noche, el resplandor de la luna... supera la simple apariencia estética para envolver al observador en un sentir místico-religioso-panteísta.”
Sereno y majestuoso, nítido y bucólico. Así es el lago Titicaca. Tal vez sea el aire magro en oxígeno, y esa eterna fatiga “leve” que te acompaña en todo momento. Si lo combinamos con un paisaje de colores y formas bizarras, exóticas, difíciles de conectar con lo real... Imaginen el contorno de sus islas como buques petroleros tumbados de costado, tapizados con una suave felpa verdimarrón, las nubes a metros de tu cabeza (o incluso por debajo de ella), el lago mismo que parece mar, y para colmo, ruinas de pueblos milenarios, botes hechos de totora y ni un solo ruido de motor.
Y como broche de oro, la mítica y mística Isla del Sol, el corazón boliviano de este enorme lago. Caminar por su espalda fue distinto. Dormir en ella, mágico. Contemplarla desde la cima en ese enrome balcón, milagroso.

La isla flotante
“...El viento entumece sus piernas y agrieta sus mejillas cobrizas y arrugadas; entonces, con un extraño gesto que mezcla la rabia, la resignación y la costumbre, decide esperar la tibieza del Sol en absoluto silencio. Se pone a buscar un rincón solitario que le sirva de parapeto contra el frío, pero es tan difícil hallarlo en su reducido mundo bamboleante. Se levanta, da un par de pasos. No hay espacio para grandes caminatas. El agua lo rodea todo, se filtra hasta en el último rincón. Se sienta cerca de la orilla con el deseo de observar el perpetuo romance entre las esbeltas balsas de totora y las aguas azul profundo de ese lago legendario que humedece el altiplano.
Los niños, mejillas sonrosadas, ojos vivaces, manitas ásperas, corretean por las islas; mientras las mujeres, trenzas azabache, pómulos prominentes, polleras y sombreros, ofertan y rematan sus tejidos multicolores.
De pronto, vuelven los pescadores: truchas, pejerreyes y carachamas son parte de su botín. El hombre los mira, los saluda con un gesto desganadamente cordial, les comenta que antes había más especies en el lago y les enseña la red que repara en silencio. "Pronto estará lista", dice con una pizca de alegría... y los nudos rejuvenecidos salen de sus manos como las cuentas de un rosario”. (Cortesía de artículos Enjoy Perú)
A seis kilómetros del puerto lacustre de Puno (lado peruano del Titicaca) se encuentra un sorprendente archipiélago de 40 islas de totora (especie de junco), construidas por los Uros, descendientes directos de una de las culturas más antiguas del continente. Los hombres de esta comunidad flotante afirman ser los dueños de las aguas del lago Titicaca.
Una de estas islas, una de las más grandes, alberga 1500 habitantes y requiere de mucho mantenimiento. Sólo flota durante 6 meses y según se van hundiendo los pedazos, los sustituyen por otros nuevos; algo así como una isla del delta pero artificial, con capas superpuestas de medio metro de espesor.
El origen de este pueblo se perdió en los laberintos de la historia, pero se presume que descienden de los Pukinas, una de las comunidades más antiguas de América. Los Uros se consideran dueños del lago y del agua. Dicen tener la sangre negra como el barro que los engendró, barro que es a su vez la sangre de sus dioses derramada en el gran combate de la creación. Como dicen en las pelis: “Pero esa, mis queridos amigos, esa es otra historia”...

Todos los pasajes en cursiva corresponden a fragmentos de “Amerindia: Fantasía, mito y arte” por Roberto Doria Medina Eguía

Los Lapita

Padres de la Polinesia

“¿Como explicarse que esta Nación se haya desplegado tan extensamente en un océano tan vasto?”, se pregunta atónito el Capitán James Cook en su bitácora personal, inaugurando así una larga cadena de curiosos que aún hoy se lo siguen cuestionando. Se estaba refiriendo, por supuesto, a la Nación polinesia, aquella que habitó y aún habita el inmenso Pacífico insular.
¿Quiénes eran estos increíbles hombres de mar? ¿De dónde provienen los ancestros de una civilización datada en 3000 años? Y por último, ¿cómo es posible que estos intrépidos muchachos –y muchachas- de la era neolítica, con sus herramientas primitivas, sin brújula y sin cartas de navegación, hayan podido descubrir y colonizar el océano más grande de la tierra, desde Tuamotu -el archipiélago central- hasta sus confines más remotos en las costas de Hawai, las montañas de Nueva Zelanda y los volcanes milenarios de Rapa Nui?
Como suele ser costumbre en el campo de la arqueología, las respuestas a estas preguntas han ido apareciendo lentamente. Hace unos pocos meses se encontraron en la isla de Éfaté (en el archipiélago de Vanuatu) tumbas con huesos, vasijas y otros tesoros pertenecientes a los denominados “Lapita” (derivado de la palabra xaapeta, que significa “hacer un hoyo en el suelo”), una antigua tribu reconocida oficialmente –aunque aún existe polémica al respecto- como la ancestral del pueblo polinesio. Se trata del cementerio más antiguo excavado en las islas del Pacífico, datado en 3000 años. Mathew Spriggs, profesor de la Australian Nacional University y arqueólogo a cargo de los trabajos en Éfaté, asegura que se trata de un asentamiento de auténticos pioneros, primera o -a lo sumo- segunda generación de exploradores venidos de otras tierras al oeste de Vanuatu.
En unos pocos siglos de valiente exploración, los Lapita extendieron sus fronteras desde la jungla profunda de Papua Nueva Guinea hasta las costas coralinas de Tonga, al menos 2000 millas al este. A su paso dejaron impronta en lugares jamás antes recorridos por humanos, como Nueva Caledonia, Fiji, Samoa, la misma Vanuatu.
Fueron sus descendientes -los polinesios- los grandes navegantes que llegaron hasta los rincones más lejanos del Pacífico (incluso hasta América de sur, como recientes descubrimientos lo indican), pero fueron los Lapita los que sentaron precedente y marcaron el rumbo hacia nuevas tierras –o mejor dicho, nuevas aguas- llevando consigo la lengua y la cultura originaria, la raíz de todas las demás por aquellos lares. Si bien, y como ya dijimos, los Lapita vinieron de Papua Nueva Guinea, se cree que sus técnicas de alfarería son oriundas de las Filipinas y, lo que es aún más sorprendente, su lengua data de hace por lo menos 5000 años y proviene de Taiwan o el sur de China (lengua denominada proto-Oceánica y tronco central de los distintos derivados lingüísticos polinesios). Es decir que esta gente no sólo dio origen a una vasta extensión cultural de pueblos hermanos, sino que a su vez son ellos el resultado de una vasta conexión cultural de múltiples orígenes.
Según Spriggs, existen varias evidencias de que los Lapita del asentamiento en Éfaté fueron navegantes pioneros que vivieron en la época de plena expansión: por un lado están las mediciones de carbono 14 de los huesos. Por otro lado están las obsidianas encontradas en las tumbas (y utilizadas para fabricar hachas y otras herramientas de afiladas necesidades) las cuales -también mediante mediciones químicas- se sabe que provienen del Archipiélago de Bismark (ubicada al norte de Papua Nueva Guinea). Además están los depósitos de carbono, oxígeno, estroncio y otros elementos que todos nosotros acumulamos en nuestra dentadura durante los primeros años de vida. Las mediciones isotópicas de nuestros dientes varían ligeramente según la zona del planeta donde uno se haya criado, y los dientes de los Lapita encontrados en Éfaté indican claramente que ellos no aprendieron a caminar en esa isla ni en ninguna otra perteneciente a Vanuatu.
El estudio comparado del ADN de los Lapita, eventualmente responderá una de las preguntas más calientes de la arqueología polinesia: ¿Acaso los habitantes del Pacífico provienen de una o de varias fuentes originales? Según Spriggs, esta es la mejor oportunidad que tienen los expertos de delimitar quiénes eran realmente los Lapita, de dónde demonios vinieron y quiénes son sus descendientes actuales más cercanos.

Pasando niveles
Otro de los interrogantes más escabrosos acerca de esto misterioso pueblo de marinos es cómo hicieron posible sus expediciones a través del océano –expediciones hoy comparables con la visita a la luna- no una vez, sino cientos de veces y hacia el este, o sea, en contra de los eternos alisios que soplan desde América, pared virtual de concreto invisible para todas aquellas naves que no sepan orzar. Ni siquiera sus descendientes lo sabían, así que, por traspolación, asumimos que los Lapita tampoco, aunque no se conozcan hasta la fecha ninguno de los diseños originales utilizados por esta gente perdida en el tiempo, mucho más allá de las leyendas orales más antiguas contadas por sus hijos los polinesios.
Lo que sí es cierto es que si uno piensa en una progresión geográfica desde Papua hacia el este –tomando como centro a Tuamotu- las islas se van sucediendo primero a muy corta distancia (tan corta que se ven desde la costa), más adelante a unas pocas decenas de millas, luego cientos y recién miles cuando se trata de llegar a Hawai o a Rapa Nui. Es como un juego de video donde los primeros niveles -más fáciles y obvios de resolver- dan paso, progresivamente, a aquellos que son más complicados.
Así, el recorrido fue poco más que un paseo por el jardín desde Papua hasta las islas Solomon, el fin del mundo conocido. La siguiente cadena insular era –y sigue siendo, claro- la de Santa Cruz, a 230 millas al este, 150 de las cuales tienen un horizonte libre de tierra firme. Todavía en ese momento, la cosa seguía siendo un juego de niños, puesto que Santa Cruz y Vanuatu están cerca comparado con lo que se vendría más adelante: Fiji, a más de 500 millas de distancia. Samoa y Tonga distan de Fiji otro tanto, y casi se duplica la distancia a la hora de llegar al archipiélago de Tuamotu. Los Lapita no llegaron tan lejos, pero sus descendientes los Polinesios hicieron ese recorrido entre los siglos VI y XI de nuestra era.
Una vez allí afuera, los expertos navegantes –a estas alturas deberían serlo- se guiaban con una serie de herramientas de observación para detectar tierra en la lejanía: pájaros y tortugas marinas, cocos y ramas flotando, la condensación de nubes en un punto del horizonte (algo así como unos sombreros que las islas a veces retienen justo encima de sus cabezas), erupciones volcánicas capaces de ser detectadas a cientos de millas de distancia (la región ha sido una de las más activas en los últimos 10.000 años). Y para todos aquellos que tuvieron que dar la vuelta, exhaustos y faltos de provisiones, los alisios significaban una fuente de combustible segura y constante, y sus islas de origen, una red de contención virtualmente imposible de traspasar sin toparse con ninguna.

Hasta aquí llegamos
Como sea que lo hayan hecho, los Lapita desplegaron su cultura por un tercio del Pacífico y detuvieron ahí su marcha por razones que se han llevado a la tumba y de las que aún no se las ha podido sonsacar. Más allá de sus fronteras se dilata la vastedad del Pacífico Central. Según los expertos, estos pioneros jamás deben haber superado unos pocos miles de habitantes, y si tenemos en cuenta que tan solo alrededor de Fiji existen más de 300 islas habitables, todas ellas rebosantes de alimentos, agua dulce y seguridad, no es sorprendente pensar que los padres de la Polinesia hayan un buen día decidido abandonar las peripecias para dedicarse a, simplemente, retozar.

Fuente principal: Nacional Geographic Magazine (marzo del 2008)