“Sin duda aquellas mentes iluminadas, poseedoras de un gran espíritu aventurero, imaginación astuta e intuitiva, una profunda visión global de la historia, y por cierto, mucha buena suerte, han sido las principales responsables en el avance del conocimiento y la revelación de la verdad.” (Friedrich Nietzsche, 1892)
Desde Heinrich Schliemann, aquel intrépido alemán hijo de un pastor, que descubrió las ruinas de Troya leyendo a Homero; o Jacques Champollion, el enigmático francés que dilucidó el lenguaje de los antiguos jeroglíficos rompiendo con la tradición horapolónica la cual durante catorce siglos había embrollado las cabezas de los eruditos (Herapolo creía que dicha escritura se basaba en imágenes); e incluso Howard Carter, quién tras 6 años de excavaciones infortunadas, dio su primer golpe de piqueta en la tumba de Tutankamón, la más rica tumba faraónica de Egipto.
Hombres y mujeres como éstos, con una visión, algunas de ellas disparatadas, la mayoría llenas de pasión, han contribuido inmensamente con el saber y el entendimiento de los hechos del pasado. Nos han mostrado el camino que recorrieron nuestros ancestros, brindando una nueva luz de sabiduría donde antes reinaba la obscuridad de la ignorancia. No han existido muchos como ellos, pero tal vez por esa misma razón sea que nos fascine tanto leer acerca de sus obras, por demás extraordinarias, símbolos de lo más puro en la esencia humana.
Thor Heyerdahl nació en Larvik, Noruega en el año 1914. Ya desde muy pequeño demostró una notable predilección por las carreras humanistas y zoológicas. Luego de finalizar sus estudios superiores, se dirigió como zoólogo en colaboración con la universidad de Oslo, a las Islas Marquesas en el sur del pacífico para investigar y recolectar especímenes de insectos y peces de las costas polinesias.
Cuenta en sus memorias que estando una noche en la playa, a orillas del pacífico, escuchó con asombro las historias de un viejo nativo de rostro surcado por mil arrugas, curtido por el sol y el viento, acerca de un tal “rey Tiki”, (rey sol), quién había venido a las islas polinesias desde un lejano país tapizado de montañas, allá, detrás del mar.
A partir de esta primera anécdota, extraída de una vieja leyenda nativa, Thor se introdujo repentinamente en un estudio académico acerca de una posible correlación entre dicho relato mitológico y la misteriosa verdad. ¡Tal vez Tiki había sido el primer hombre en pisar la Polinesia, y no había venido desde las islas del océano índico, ni de australia, ni mucho menos de Europa, como hasta entonces todas las teorías argumentaban, sino que había llegado desde América, luego de navegar más de 4000 millas a través de las imponentes y enigmáticas aguas del pacífico!
Con este pensamiento alojado en su mente, Heyerdahl comenzó su erudita carrera por las innumerables historias antiguas de los indios del nuevo continente y de pronto se topó con el nombre de “Kon Tiki”, que significaba “hijo del sol” y que provenía de antiguos relatos incas los cuales hablaban acerca de una civilización perdida de seres blancos, altos y barbudos, de cabello y ojos claros, que había habitado las tierras del Perú desde mucho antes que ellos mismos, y que con la primera ola de tropas incaicas colonizadoras, su pueblo fue diezmado y Kon Tiki, que era su dios gobernante, junto a un reducido grupo de fieles seguidores, había logrado huir llegando hasta las costas del Pacífico Sur. Embarcándose en una balsa de troncos de palma, se dirigió sorprendentemente hacia el horizonte, “siguiendo el camino que marcaba su padre, el sol”, y nunca más regresó.
Con este sorprendente dato, el entusiasta noruego comenzó a atar cabos entre sudamérica y la islas de los mares del sur, reforzando más y más su teoría acerca de la migración oceánica entre ambos puntos del globo:
· Las figuras de piedra de Tiki en las islas Marquesas, Pitcairn e incluso las enormes estatuas de la isla de Pascua, y ciertas pirámides escalonadas como aquellas en Tahiti y Samoa, son muy semejantes a los monolitos y pirámides dejados por las extinguidas civilizaciones de América del Sur.
· Las estatuas de “Rapa Nui” (isla de Pascua), representan a hombres barbudos, con narices de finas líneas, orejas alargadas hasta el hombro y una gran roca en la cabeza a modo de “peluca” color rojo. El pueblo de Kon Tiki se dejaba alargar artificialmente sus orejas, y tenía predominantemente cabelleras rojizas, con peinados que se asemejaban mucho a dichas pelucas.
· Todos los polinesios reconocen en sus leyendas a Tiki como su antecesor.
· Cada una de las tribus aisladas por el mar hablan dialectos de un lenguaje común que se asemeja muchísimo al del olvidado pueblo de Kon Tiki en el Perú.
· Al igual que los Incas, los polinesios utilizan un sistema de cuerdas con nudos para recordar a todos sus antepasados hasta el primero de ellos. La historia genealógica de los pueblos del pacífico coinciden con sorprendente exactitud, especulando el origen de dos civilizaciones distintas: una hacia el 500 d.c. y la otra posterior en el 1100 de nuestra era. Según los relatos incaicos, se supone que los “blancos barbados” desaparecieron de sudamérica también hacia el 500 después de cristo.
· La primer ola de cultura se encontraba aún en la edad de piedra, factor muy importante puesto que, salvo en América, habían muy pocas tribus primitivas que aún fueran ignorantes en el uso del hierro.
· Los Incas describían a este antiguo pueblo como el de “dioses blancos” sabios y pacíficos, que habían venido desde el norte hacía muchos siglos atrás, lo cual hace pensar en las historias de los colonos españoles cuando arribaron a las islas del caribe y fueron magníficamente recibidos por los salvajes creyendo éstos que se trataba de la vuelta de los dioses blancos y con barba que según sus leyendas, habían visitado a sus ancestros mucho tiempo atrás.
· Cuando los europeos llegaron a las islas del pacífico, vieron a muchos nativos de tez blanca y barbudos, de pelo rojizo o rubio, ojos grises azulados y narices en gancho casi semíticas. En contraste, los genuinos polinesios son de tez obscura, cabello negro y nariz achatada. Heyerdahl llegó a una posible conclusión la cual describía a estos últimos pobladores como los descendientes de la segunda oleada de colonizadores (1100 d.c.) que vinieron de América del Norte y prácticamente arrasaron con el pueblo de Tiki (antes de ir a la guerra, Thor encontró excavando en Canadá, utensilios antiguos de marcado estilo polinesio).
A los ojos de nuestro querido Heyerdahl, ya no había dudas de que su teoría era cierta, y acto seguido realizó con rigor científico un “paper” que presentó en cuanta organización y universidad se le ocurría podían interesarse en sus descubrimientos. Pero le reacción de la comunidad científica fue rotunda: ¡Nadie creía posible que una insignificante balsa de diseño preincaico había sido capaz de cruzar el pacífico sur desde Perú a las doradas islas polinesias! El solo pensarlo les resultaba una locura.
Y fue aquí cuando, este hijo de fieros vikingos amantes del mar, tomó una decisión que cambió su vida y lo ubicó inmediatamente en el foro de los grandes: él mismo se propuso cruzar el maldito océano en una balsa peruana y demostrarle a esos intelectualoides de Harvard que dicha embarcación bien podía emprender con éxito tamaña aventura. Inmediatamente puso manos a la obra.
Aprendió charlando con veteranos de mar que las olas y bravezas no se aumentan ni con la profundidad ni con la distancia de la costa. Al contrario, los chubascos son más traicioneros a lo largo de la costa que en mar abierto. Además los bajíos y resacas o las corrientes oceánicas cerca de la playa podían formar un oleaje embravecido que era raro encontrar en alta mar. Un barco que puede mantenerse bien a lo largo de la costa, puede hacerlo también mar adentro. Además los barcos grandes en alta mar tienden a cabecear, embarcando grandes masas de agua que al correr sobre la cubierta tuercen las barras de acero como si fueran de alambre, mientras que una embarcación pequeña en el mismo mar sufre mucho menos porque tiene más cabida entre las líneas sucesivas de las olas bailando libremente sobre ellas como lo hacen las gaviotas.
Luego de reunir a cinco compatriotas que sin dudarlo se unieron al proyecto, emprendió la dura tarea de reconstruir una balsa lo más exacta posible a aquellas usadas por los primitivos americanos. Para ello utilizó troncos de palma que sólo se encontraban en Ecuador, cañas de bambú hojas de palmera y cabos hechos con fibras vegetales. Ni clavos ni alambre fue utilizado en dicha construcción. Las grandes embarcaciones de madera de balsa de los indios tenían una vela cuadrada, una o más orzas de deriva y un gran remo timón en la popa, con lo cual podían ser maniobradas. Más cerca de popa fue asentada una pequeña cabina en donde dormirían y pasarían ratos de ocio y lectura. Además en la punta del mástil colocaron una pequeña plataforma a modo de carajo de donde, adicionalmente, obtenían otra perspectiva de la balsa.
Finalizados los preparativos se embarcaron y en pocos días se encontraban a varias millas de la costa americana, completamente aislados del resto del mundo. “Solo ellos y los elementos”.
Cada miembro del equipo se dedicaba a alguna actividad en especial a bordo: Thor era el líder natural y se encargaba del diario de viaje, Bengt era el cocinero, Knut y Torstein habían embarcado una radio de onda corta con la que mandaban reportes periódicos acerca de su posición, bienestar e incluso datos meteorológicos en general que medía y registraba Herman, como ser velocidad de los vientos, las corrientes, intensidad y cualidad de las tormentas, etc. Erik era el encargado de mantenimiento y calculaba con su sextante la posición de la embarcación en la carta.
Desde la acumulación inicial de las aguas en los profundos valles de la joven tierra, los océanos poseen corrientes marítimas definidas y constantes. Por las costas occidentales de América del Sur, una fuerte corriente fría que surge del polo, denominada la corriente de Humboldt, arrastra lo que en su superficie se encuentre desde allí hasta las cálidas islas de la Polinesia.
Al mismo tiempo los vientos alisios también corren de este a oeste por lo que cualquier embarcación chica o grande, inevitablemente va a ser empujada en forma forzada, es decir, natural, hacia donde el sol se pone. Las balsas peruanas tenían vela cuadrada y carecían de botavara por lo que su ceñida era prácticamente (por no decir completamente) nula. Pero eso no importaba, porque las condiciones constantes de los vientos y las corrientes eran las apropiadas para marcar el rumbo deseado (este-oeste).
A lo largo de todo el viaje, la tripulación tubo que soportar terribles tormentas y oleajes cual líquidas cordilleras, pero lo fantástico de la balsa era que el agua entraba, pero se escurría rápidamente por entre los espacios que dejan los troncos, y por esa misma cualidad, era relativamente imposible que se tumbara. De hecho no lo hizo nunca. Thor recuerda con gracia todas las negativas opiniones que recibieron antes de partir de parte de comandantes, técnicos y todo tipo de hombres de mar, acerca de la vulnerabilidad del diseño, pero los cabos resistían perfectamente manteniendo los troncos unidos, y la estructura desafiaba la tempestuosidad de las aguas magníficamente. Realmente podrían llegar a destino sin mayores problemas. Lo irónico del asunto es que el verdadero peligro que atravesaron, lo vivieron recién cuando arribaban a las islas.
Ya muy entrados en el océano hicieron un interesante descubrimiento acerca de las orzas de deriva: tenían distribuidas en distintas partes del fondo, unas seis de ellas, y se dieron cuenta con sorpresa, que si sumergían más, o menos, algunas de éstas complementariamente, podían corregir el rumbo con una precisión inimaginada, lo cual sumaba otra cualidad favorable a las ya anteriormente experimentadas. “Kon Tiki”, que fue como bautizaron a aquella preciosa casita flotante de bambú, no tenía nada que envidiarle a los más modernos transoceánicos.
La vida abordo, contrariamente a lo que uno imaginaría, era muy agitada y los tripulantes se mantenían siempre ocupados. Incluso inventaron algunos “deportes”, con los que se divertían en los momentos de ocio, como por ejemplo “cazar tiburones con la mano”. La presencia de estos tenebrosos animales era cotidiana en los jardines marinos de su provisorio hogar, por lo que rápidamente se acostumbraron a su compañía. Entonces comenzaron a jugar con ellos: primero les daban alguna sobra de pescado obligándolos a sacar la cabeza del agua, y cuando éstos daban media vuelta para retirarse, aprovechaban la forma particular de sus colas para engancharlas con las manos y sacarlos del agua completamente. El escualo contorcionaba su cuerpo hasta que el resbaladizo suelo de popa lo deslizaba de nuevo al mar, desapareciendo en las sombras, humillado por estos insolentes y traviesos seres humanos.
Con respecto a las comidas, gozaban de un abundante depósito de alimentos enlatados y especialmente conservados que les habían sido provistos por la armada norteamericana, además de grandes toneles de agua dulce. Pero ya desde el comienzo de la travesía, notaron contentos que las lluvias frecuentes les proporcionarían suficiente agua en caso de que consumieran la ya almacenada y, en cuanto a la comida, el mismísimo mar obsequiaba con gusto, innumerables cantidades de peces: delfines dorados, atún, peces voladores, bonitos, pilotos, tiburones, e incluso zoo-plancton, que colaban con un medio-mundo de fina tela de seda. Literalmente caían en la borda durante la noche y no había más que recogerlos como quién lo hace con las frutas y verduras maduras de su huerta.
La colorida y variada fauna marina era diariamente presentada a estos modestos espectadores terrestres, como un pomposo desfile zoológico organizado por los súbditos de Poseidón. En su viaje tuvieron el placer y la suerte de observar enormes tortugas de mar; delfines (no confundir a los delfines dorados, que son peces); en una ocasión los visitó un misterioso y descomunal tiburón ballena, animal pacífico de más de 15m. de largo, con el que se puede nadar sin miedo a ser atacado; mirando hacia el cielo, infinidad de aves marinas decoraban el monótono celeste. Hasta tenían un séptimo tripulante a bordo, se trataba de un minúsculo cangrejillo que vivía en un agujero del mástil, y que alimentaban diariamente con miguitas de comida. Tuvieron el honor de contemplar, y a veces comer, especies marinas que, mediante el estudio posterior de los esquemas esbozados por Erik, resultaban desconocidas por el hombre moderno. Incluso en una oportunidad cuentan haber divisado una criatura enorme que por un rato se deslizó detrás de popa a la que no hubo posibilidad de identificar.
En incontables ocasiones las teorías más desquiciadas, pero finalmente ciertas, han tenido que pasar por durísimas pruebas antes de ser aceptadas por la opinión general. Y por cierto que ésta fue una por demás difícil para la Kon Tiki y su pionera tripulación, pero finalmente llegaron a destino, atracando peligrosamente en los corales del atolón de Raroia. Fue extrañamente aquí donde con mayor detalle contemplaron el rostro de la muerte, teniendo que soportar con su cuerpo olas descomunales causadas por el arrecife, sobreviviendo milagrosamente.
Sin duda esta aventura ha sido un resultado claro del escepticismo humano. Pero de todas maneras, el simple hecho de haberla emprendido, y terminarla con éxito, no solamente le ha valido un punto a favor al conocimiento histórico y científico, y uno en contra al soberbio prejuicio intelectual, sino que además les significó la oportunidad a estas seis almas viajeras, de crecer como seres humanos y poder transmitir lo aprendido, a los demás.
“Mi teoría de la migración, como tal, no queda necesariamente probada con el éxito alcanzado por la expedición de la Kon Tiki. Lo que sí probamos es que las embarcaciones de balsa sudamericanas poseen cualidades desconocidas hasta hoy por los hombres de ciencia de nuestros tiempos, y que las islas del Pacífico están situadas muy al alcance de las embarcaciones prehistóricas del Perú. Los pueblos primitivos eran capaces de hacer viajes inmensos por el mar abierto. Las distancias no son el factor determinantes en el caso de las migraciones oceánicas, si el tiempo, el viento y las corrientes tienen el mismo curso general día y noche durante todo el año. Los vientos alisios y la corriente ecuatorial van hacia el occidente debido a la rotación de la tierra, y esto no ha cambiado desde que existe el mundo.” (Thor Heyerdahl).
22/2/09
17/11/08
Los Pastores del mar
“Cuando montamos la Sociedad allá por el 77, la idea fue crear una organización dedicada a la conservación, no a la protesta; una organización que defendiera los tratados y las regulaciones internacionales sobre la caza indiscriminada de mamíferos marinos, leyes que ya existían pero nadie las respetaba, y sobretodo, nadie las hacia respetar.” Paul Watson, enero de 1999.
La “Sea Shepherd Conservation Society” (algo así como la Sociedad de Conservación Pastor del Mar) fue fundada en 1977 en la ciudad de Vancouver, Canadá, por el capitán Paul Watson, un joven y “melenudo” idealista quien, junto a una escueta pandilla de soñadores, se prometió proteger la fauna mamífera marina mediante la clausura efectiva de todas las operaciones ilegales de caza y piratería relacionadas con la misma.
Con el apoyo financiero de Cleveland Amory (otra de las leyendas del conservacionismo) y su “Fund for Animals”, estos valientes muchachos se montaron su primer embarcación en Hull, Inglaterra, bautizándola con la ya legendaria marca registrada “Sea Shepherd”.
Apoyada jurídicamente por el Departamento de Medio Ambiente de las Naciones Unidas, la SSCS (siglas en inglés de la organización) se ha comprometido desde sus inicios a terminar con la caza ilegal de ballenas y demás mamíferos marinos, la pesca general indiscriminada, la destrucción irresponsable de los diferentes habitats sumergidos y todas aquellas impunes violaciones a las leyes establecidas en nombre de la labor científica.
Su primer misión se llevó a cabo en los témpanos orientales del norte de Canadá, donde el equipo se interpuso entre las focas blancas bebe y sus victimarios. Desde entonces han pasado casi tres décadas y el curriculum de Watson y sus alegres “secuaces” es tan rico que me tomaría una edición anual completa de esta revista para satisfacer tamaña obsesión historiográfica. No obstante, he aquí algunos de sus grandes momentos:
· Entre los años 1979 y 1980, la SSCS fue responsable del hundimiento de 6 balleneros piratas, incluida la mitad de la flota ballenera española y el terrible “Sierra”, cuya tripulación se puede adjudicar -sin miedo a la mentira- mas de 25.000 asesinatos, víctimas representantes de todas las especies de balénidos habidos y por haber. A raíz de estas acciones muchos de los inversionistas decidieron abandonar el negocio y durante un tiempo podríamos decir que la caza de ballenas fue virtualmente suspendida a lo largo y ancho del Atlántico.
· En 1981, las horribles matanzas de delfines en la isla Iki, Japón, fueron abolidas como consecuencia de las serias advertencias de acción directa de parte de esta pragmática agrupación.
· En aquel mismo año, alrededor de 300.000 focas blancas bebe fueron salvadas de una muerte segura en St. John Harvour, Canadá, gracias a un exitoso bloqueo ejecutado con pericia y astucia por parte de la SSCS. Como consecuencia de esta meritoria movilización –y no nos olvidemos de la prensa- la casa de focas estuvo prohibida en la zona durante los siguientes 10 años.
· Durante el 85 y el 86, la SSCS bloqueó las bahías de las islas holandesas Faeroe, donde enormes manadas de ballenas piloto eran cruel y sistemáticamente masacradas.
· A finales del 86, la mitad de la flota ballenera islandesa se encontraba muy por debajo de cualquier mamífero. Los “pastores del mar” no dejaron en pie ni siquiera la planta procesadora de carne, obligando a la industria local a cerrar al menos por un buen tiempo.
· Para 1991, ya existía el “Sea Shepherd II”, y la SSCS había logrado inhabilitar cuatro pesqueros de arrastre y confiscar más de 100 millas náuticas de red.
· En 1992 se cargó al pesquero Jiang Hai en Kaohsiung, Taiwan, y al ballenero Nybraena en los mares de Noruega.
· A finales de 1998, la SSCS logró frustrar exitosamente el primer intento de caza ilegal en territorio norteamericano, en el cual 5 ballenas Gray de California estaban a punto de nadar al otro mundo, mérito que tuvieron que volver a repetir al año siguiente.
· Recientemente se organizó la primer expedición por la Antártida para perseguir a los balleneros japoneses.
Sabiendo todo esto –e imaginándose el resto- uno podría pensar que a Watson y al resto de la organización se los considera verdaderos héroes tanto por el círculo conservacionista como por la opinión pública. Pues bien, nada más lejos de la realidad. La Sociedad ha sido maldecida en reiteradas ocasiones y sus miembros acusados de muchas cosas, incluyendo el de no ser otra cosa más que un “grupejo de terroristas”. No obstante, existe una verdad que nadie puede negar: Watson es el padre indiscutido del conservacionismo por vía de la acción directa y ha salvado más mamíferos marinos que nadie en este mundo. Decir acción directa es muy distinto a hablar de terrorismo.
En total la SSCS ha llevado 10 barcos al fondo del océano y en todas estas operaciones, así como en la labor de la Sociedad en general, la seguridad fue siempre una prioridad. Ni una sola víctima humana se ha llorado en más de dos décadas de acciones similares. Además, la SSCS jamás negó responsabilidad en ninguna de sus intervenciones e invita siempre a sus víctimas a denunciar sus travesuras a las autoridades. Esto nunca ocurrió. La mafia y los traficantes de carne saben que su negocio prolifera mejor encubierto. Además, no sería de extrañar que este tipo de “empresarios” prefiriera utilizar métodos remunerativos un tanto más dramáticos. Amenazado de muerte por definición, Watson asegura no tener miedo y responde con el clásico “todos morimos tarde o temprano”.
En una entrevista reciente, cuando le preguntaron si había experimentado algún suceso radical que cambiara su vida para siempre, Watson respondió lo siguiente: “Bueno, ocurrieron muchas cosas, pero la experiencia que realmente marcó mi rumbo ocurrió en junio de 1975 cuando por primera vez intentamos bloquear una flota rusa de balleneros en las afueras de California y no tuvimos mejor idea que ubicarnos entre los arponeros y su presas, apostando que ningún ser humano consciente arriesgaría lastimar a otro bajo estas circunstancias. Por supuesto, fuimos muy ingenuos. Bob Hunter (cofundador de Greenpeace) y yo corríamos delante de una nave de 50 metros de eslora, intentando lo mejor posible hacer de escudo a ocho hermosos chacalotes que nadaban por su vida cambiando constantemente de dirección. Aguantamos así 20 minutos. Recuerdo la frustración de los arponeros, los gritos del capitán a centímetros de sus oídos y ese gesto de pasar su índice por la garganta mientras nos miraba y sonreía. Fue entonces cuando supimos que estábamos en problemas. Minutos más tarde, oímos un horrible estruendo y vimos cómo un arpón nos rozaba las cabezas e impactaba de lleno en el lomo de aquella pobre ballena, arrancándole de súbito un grito desgarrador. Inmediatamente después, su compañera de mayor tamaño, conocida como la “escolta” de la manada, desapareció de nuestra vista sumergiéndose abruptamente. Al principio creímos -producto de nuestra ignorancia- que la muy astuta nos embestiría desde abajo, por lo que Bob y yo esperamos lo peor. ¡Qué equivocados estábamos! Segundos después, la valiente escolta pegó un tremendo salto justo detrás de nosotros enfilando justo en dirección a los arponeros. Pero los malditos estaban preparados. Un segundo arpón impactó de lleno en su cabeza manchando de sangre todo alrededor. La ballena se sumergió y un sendero de rojas burbujas bordeó nuestra lancha hasta que sobre la otra banda vimos emerger nuevamente a la gran escolta herida. Fue entonces cuando, ya pronta a las últimas profundidades, nos miramos a los ojos. Y eran unos ojos que entendían, una mirada de comprensión que agradecía por lo que habíamos intentado hacer. Podría habernos aplastado con su cuerpo sin muchas dificultades, pero en cambio se alejó lentamente -siempre manteniendo la vista en nosotros- y allí mismo, murió. Desde entonces he sentido la imperiosa necesidad de proteger la mayor cantidad de ballenas posibles.”
Como ya les había comentado antes, en el año 1979 el legendario “Sierra” -el ballenero pirata más infame y exitoso de toda la historia- se convirtió en el objetivo número uno del capitán Watson y su equipo. El Sierra había cambiado varias veces de bandera, camuflado en incontables ocasiones su verdadero nombre y siempre consiguió mantener oculta la identidad de sus dueños durante la cacería ilegal de miles y miles de ballenas. Su tripulación se cargaba todas las criaturas -descendientes de aquel roedor primigenio- que se cruzaran en su camino: hembras embarazadas y madres recientes, ballenas azules, jorobadas, orcas... la lista no acepta excepciones. Y todo esto en una época donde organizaciones ecologistas como Greenpeace (entre otras) ganaban millones de dólares en campañas de protesta. Hundirlo se convirtió en una obsesión para los muchachos del “Sea Shepherd”. En las palabras de Watson: “La tripulación del Sierra fueron los cabrones más destacados del circuito ballenero. Operando al mismo tiempo con oficiales noruegos apostados en Cabo Verde, arponeaban todo lo que se les cruzara por al lado y vendían la carne a los japoneses sin que nadie los molestara. Fue por esto que decidimos atraparlos, y me he sentido muy pero que muy bien después de haberlo conseguido.”
Para ello contó una vez más con el apoyo económico de Cleveland Amory y tras meses de investigación estilo inteligencia militar, espías e informantes infiltrados, ubicaron al ballenero en las afueras de Portugal donde fue interceptado y embestido por Watson y su tripulación. Herido y tragando agua, el Sierra logró escapar y esconderse en puerto, pero no por mucho tiempo. Un equipo de buzos tácticos dirigido por la SSCS colocó una mina en el casco del ballenero y bueno, ¡¡BUM!!, adiós y no vuelvas. En una entrevista a su primer oficial sobre lo sucedido, el hombre dijo lo siguiente: “Al ver cuán intensamente los ecologistas sentían afecto por estas bestias, comencé a cuestionarme lo que había estado haciendo con ellas. Hundirnos fue la única manera de pararnos... no creo que vuelva a matar un ballena en mi vida.”
Si bien históricamente los hundimientos han sido siempre la tarjeta de presentación, la ficha pintoresca de esta carismática Sociedad, las campañas de la SSCS no se limitan tan solo al Projecto Ahab, es decir, a torpedear e inhabilitar balleneros. También existen y se encuentran activos los siguientes emprendimientos:
· TICO (Operación para la Conservación Isla del Tesoro) encargada de proteger diferentes santuarios y parques marinos en lugares como las Galápagos, la periferia de Costa Rica y otras muchas islas del Caribe.
· El Programa de Interceptación de Mega Líneas de Pesca, división experta en confiscar líneas de arrastre y redes de deriva ilegales, sin dudas la peor amenaza humana para la fauna marina.
· Operación Tierra Fértil, dedicada a recuperar la vida en los fondos marinos que han sido saqueados y destruidos con los sistemas de pesca por dragado (los muy pícaros colocan unas estructuras de metal y concreto que destruyen cualquier maquinaria que pretenda pasarles por encima).
· Seal Shepherds (Pastores de Focas), con objetivos y tácticas muy similares al Proyecto Ahab.
· Equipo de Defensa Legal, o reclutamiento de abogados pro bono (voluntarios) que se dediquen a, digamos, hacerle la vida de algunos gobiernos y corporaciones poco responsables más difícil de lo que ya les resulta.
· Sea Shepherd Internacional, agrupaciones locales (Brasil, Europa, Singapur, Sud África) dedicadas a problemas locales, todas ellas relacionadas con el mar y sus habitantes.
La efectividad y eficiencia de la “Sea Shepherd Conservation Society” es innegable; simboliza la voz puesta en acción de todos aquellos que no se conforman con la realidad establecida. La pregunta que sigue es obvia: ¿cuándo empezaremos a exigir el cumplimiento de las leyes que protegen la biodiversidad en el mundo? O directamente, ¿por qué tenemos que exigir que funcione lo que supuestamente ya debería estar funcionando? La respuesta, mis amigos, es muy simple: allí no hay negocio; allí no hay dinero. Nadie que esté realmente luchando por esta causa, lo hace con la idea de hacerse rico. Y aquí es donde aparecen insólitos personajes como Watson y los miembros voluntarios de la SSCS.
En las palabras de la famosa antropóloga Margaret Mead: “Nunca subestimen la habilidad de un individuo para cambiar el mundo. Francamente, es lo único que realmente lo cambia.” En el caso de Watson y la Sociedad, la crítica y los celos surgen del hecho de que todas las leyes y negociaciones llevadas a cabo por la vía “legal y anónima”, resultan superfluas al lado de la convicción puesta en acción por un grupo de almas decididas. Un grupo de “idealistas” que reconocen lo utópico de su misión, y aún así la llevan a cabo.
Ya lo dijo el mismo Watson: “Toda victoria es temporal. Toda derrota, permanente.” En este mundo en que vivimos, la verdadera labor ecologista es constante, extenuante, gratuita y provisoria. Sin embargo, todo aquel que participa sabe bien que una cosa es la desesperanza, y otra muy distinta la resignación.
Hacer: he ahí la clave. Hacer y dejarse de palabras.
La “Sea Shepherd Conservation Society” (algo así como la Sociedad de Conservación Pastor del Mar) fue fundada en 1977 en la ciudad de Vancouver, Canadá, por el capitán Paul Watson, un joven y “melenudo” idealista quien, junto a una escueta pandilla de soñadores, se prometió proteger la fauna mamífera marina mediante la clausura efectiva de todas las operaciones ilegales de caza y piratería relacionadas con la misma.
Con el apoyo financiero de Cleveland Amory (otra de las leyendas del conservacionismo) y su “Fund for Animals”, estos valientes muchachos se montaron su primer embarcación en Hull, Inglaterra, bautizándola con la ya legendaria marca registrada “Sea Shepherd”.
Apoyada jurídicamente por el Departamento de Medio Ambiente de las Naciones Unidas, la SSCS (siglas en inglés de la organización) se ha comprometido desde sus inicios a terminar con la caza ilegal de ballenas y demás mamíferos marinos, la pesca general indiscriminada, la destrucción irresponsable de los diferentes habitats sumergidos y todas aquellas impunes violaciones a las leyes establecidas en nombre de la labor científica.
Su primer misión se llevó a cabo en los témpanos orientales del norte de Canadá, donde el equipo se interpuso entre las focas blancas bebe y sus victimarios. Desde entonces han pasado casi tres décadas y el curriculum de Watson y sus alegres “secuaces” es tan rico que me tomaría una edición anual completa de esta revista para satisfacer tamaña obsesión historiográfica. No obstante, he aquí algunos de sus grandes momentos:
· Entre los años 1979 y 1980, la SSCS fue responsable del hundimiento de 6 balleneros piratas, incluida la mitad de la flota ballenera española y el terrible “Sierra”, cuya tripulación se puede adjudicar -sin miedo a la mentira- mas de 25.000 asesinatos, víctimas representantes de todas las especies de balénidos habidos y por haber. A raíz de estas acciones muchos de los inversionistas decidieron abandonar el negocio y durante un tiempo podríamos decir que la caza de ballenas fue virtualmente suspendida a lo largo y ancho del Atlántico.
· En 1981, las horribles matanzas de delfines en la isla Iki, Japón, fueron abolidas como consecuencia de las serias advertencias de acción directa de parte de esta pragmática agrupación.
· En aquel mismo año, alrededor de 300.000 focas blancas bebe fueron salvadas de una muerte segura en St. John Harvour, Canadá, gracias a un exitoso bloqueo ejecutado con pericia y astucia por parte de la SSCS. Como consecuencia de esta meritoria movilización –y no nos olvidemos de la prensa- la casa de focas estuvo prohibida en la zona durante los siguientes 10 años.
· Durante el 85 y el 86, la SSCS bloqueó las bahías de las islas holandesas Faeroe, donde enormes manadas de ballenas piloto eran cruel y sistemáticamente masacradas.
· A finales del 86, la mitad de la flota ballenera islandesa se encontraba muy por debajo de cualquier mamífero. Los “pastores del mar” no dejaron en pie ni siquiera la planta procesadora de carne, obligando a la industria local a cerrar al menos por un buen tiempo.
· Para 1991, ya existía el “Sea Shepherd II”, y la SSCS había logrado inhabilitar cuatro pesqueros de arrastre y confiscar más de 100 millas náuticas de red.
· En 1992 se cargó al pesquero Jiang Hai en Kaohsiung, Taiwan, y al ballenero Nybraena en los mares de Noruega.
· A finales de 1998, la SSCS logró frustrar exitosamente el primer intento de caza ilegal en territorio norteamericano, en el cual 5 ballenas Gray de California estaban a punto de nadar al otro mundo, mérito que tuvieron que volver a repetir al año siguiente.
· Recientemente se organizó la primer expedición por la Antártida para perseguir a los balleneros japoneses.
Sabiendo todo esto –e imaginándose el resto- uno podría pensar que a Watson y al resto de la organización se los considera verdaderos héroes tanto por el círculo conservacionista como por la opinión pública. Pues bien, nada más lejos de la realidad. La Sociedad ha sido maldecida en reiteradas ocasiones y sus miembros acusados de muchas cosas, incluyendo el de no ser otra cosa más que un “grupejo de terroristas”. No obstante, existe una verdad que nadie puede negar: Watson es el padre indiscutido del conservacionismo por vía de la acción directa y ha salvado más mamíferos marinos que nadie en este mundo. Decir acción directa es muy distinto a hablar de terrorismo.
En total la SSCS ha llevado 10 barcos al fondo del océano y en todas estas operaciones, así como en la labor de la Sociedad en general, la seguridad fue siempre una prioridad. Ni una sola víctima humana se ha llorado en más de dos décadas de acciones similares. Además, la SSCS jamás negó responsabilidad en ninguna de sus intervenciones e invita siempre a sus víctimas a denunciar sus travesuras a las autoridades. Esto nunca ocurrió. La mafia y los traficantes de carne saben que su negocio prolifera mejor encubierto. Además, no sería de extrañar que este tipo de “empresarios” prefiriera utilizar métodos remunerativos un tanto más dramáticos. Amenazado de muerte por definición, Watson asegura no tener miedo y responde con el clásico “todos morimos tarde o temprano”.
En una entrevista reciente, cuando le preguntaron si había experimentado algún suceso radical que cambiara su vida para siempre, Watson respondió lo siguiente: “Bueno, ocurrieron muchas cosas, pero la experiencia que realmente marcó mi rumbo ocurrió en junio de 1975 cuando por primera vez intentamos bloquear una flota rusa de balleneros en las afueras de California y no tuvimos mejor idea que ubicarnos entre los arponeros y su presas, apostando que ningún ser humano consciente arriesgaría lastimar a otro bajo estas circunstancias. Por supuesto, fuimos muy ingenuos. Bob Hunter (cofundador de Greenpeace) y yo corríamos delante de una nave de 50 metros de eslora, intentando lo mejor posible hacer de escudo a ocho hermosos chacalotes que nadaban por su vida cambiando constantemente de dirección. Aguantamos así 20 minutos. Recuerdo la frustración de los arponeros, los gritos del capitán a centímetros de sus oídos y ese gesto de pasar su índice por la garganta mientras nos miraba y sonreía. Fue entonces cuando supimos que estábamos en problemas. Minutos más tarde, oímos un horrible estruendo y vimos cómo un arpón nos rozaba las cabezas e impactaba de lleno en el lomo de aquella pobre ballena, arrancándole de súbito un grito desgarrador. Inmediatamente después, su compañera de mayor tamaño, conocida como la “escolta” de la manada, desapareció de nuestra vista sumergiéndose abruptamente. Al principio creímos -producto de nuestra ignorancia- que la muy astuta nos embestiría desde abajo, por lo que Bob y yo esperamos lo peor. ¡Qué equivocados estábamos! Segundos después, la valiente escolta pegó un tremendo salto justo detrás de nosotros enfilando justo en dirección a los arponeros. Pero los malditos estaban preparados. Un segundo arpón impactó de lleno en su cabeza manchando de sangre todo alrededor. La ballena se sumergió y un sendero de rojas burbujas bordeó nuestra lancha hasta que sobre la otra banda vimos emerger nuevamente a la gran escolta herida. Fue entonces cuando, ya pronta a las últimas profundidades, nos miramos a los ojos. Y eran unos ojos que entendían, una mirada de comprensión que agradecía por lo que habíamos intentado hacer. Podría habernos aplastado con su cuerpo sin muchas dificultades, pero en cambio se alejó lentamente -siempre manteniendo la vista en nosotros- y allí mismo, murió. Desde entonces he sentido la imperiosa necesidad de proteger la mayor cantidad de ballenas posibles.”
Como ya les había comentado antes, en el año 1979 el legendario “Sierra” -el ballenero pirata más infame y exitoso de toda la historia- se convirtió en el objetivo número uno del capitán Watson y su equipo. El Sierra había cambiado varias veces de bandera, camuflado en incontables ocasiones su verdadero nombre y siempre consiguió mantener oculta la identidad de sus dueños durante la cacería ilegal de miles y miles de ballenas. Su tripulación se cargaba todas las criaturas -descendientes de aquel roedor primigenio- que se cruzaran en su camino: hembras embarazadas y madres recientes, ballenas azules, jorobadas, orcas... la lista no acepta excepciones. Y todo esto en una época donde organizaciones ecologistas como Greenpeace (entre otras) ganaban millones de dólares en campañas de protesta. Hundirlo se convirtió en una obsesión para los muchachos del “Sea Shepherd”. En las palabras de Watson: “La tripulación del Sierra fueron los cabrones más destacados del circuito ballenero. Operando al mismo tiempo con oficiales noruegos apostados en Cabo Verde, arponeaban todo lo que se les cruzara por al lado y vendían la carne a los japoneses sin que nadie los molestara. Fue por esto que decidimos atraparlos, y me he sentido muy pero que muy bien después de haberlo conseguido.”
Para ello contó una vez más con el apoyo económico de Cleveland Amory y tras meses de investigación estilo inteligencia militar, espías e informantes infiltrados, ubicaron al ballenero en las afueras de Portugal donde fue interceptado y embestido por Watson y su tripulación. Herido y tragando agua, el Sierra logró escapar y esconderse en puerto, pero no por mucho tiempo. Un equipo de buzos tácticos dirigido por la SSCS colocó una mina en el casco del ballenero y bueno, ¡¡BUM!!, adiós y no vuelvas. En una entrevista a su primer oficial sobre lo sucedido, el hombre dijo lo siguiente: “Al ver cuán intensamente los ecologistas sentían afecto por estas bestias, comencé a cuestionarme lo que había estado haciendo con ellas. Hundirnos fue la única manera de pararnos... no creo que vuelva a matar un ballena en mi vida.”
Si bien históricamente los hundimientos han sido siempre la tarjeta de presentación, la ficha pintoresca de esta carismática Sociedad, las campañas de la SSCS no se limitan tan solo al Projecto Ahab, es decir, a torpedear e inhabilitar balleneros. También existen y se encuentran activos los siguientes emprendimientos:
· TICO (Operación para la Conservación Isla del Tesoro) encargada de proteger diferentes santuarios y parques marinos en lugares como las Galápagos, la periferia de Costa Rica y otras muchas islas del Caribe.
· El Programa de Interceptación de Mega Líneas de Pesca, división experta en confiscar líneas de arrastre y redes de deriva ilegales, sin dudas la peor amenaza humana para la fauna marina.
· Operación Tierra Fértil, dedicada a recuperar la vida en los fondos marinos que han sido saqueados y destruidos con los sistemas de pesca por dragado (los muy pícaros colocan unas estructuras de metal y concreto que destruyen cualquier maquinaria que pretenda pasarles por encima).
· Seal Shepherds (Pastores de Focas), con objetivos y tácticas muy similares al Proyecto Ahab.
· Equipo de Defensa Legal, o reclutamiento de abogados pro bono (voluntarios) que se dediquen a, digamos, hacerle la vida de algunos gobiernos y corporaciones poco responsables más difícil de lo que ya les resulta.
· Sea Shepherd Internacional, agrupaciones locales (Brasil, Europa, Singapur, Sud África) dedicadas a problemas locales, todas ellas relacionadas con el mar y sus habitantes.
La efectividad y eficiencia de la “Sea Shepherd Conservation Society” es innegable; simboliza la voz puesta en acción de todos aquellos que no se conforman con la realidad establecida. La pregunta que sigue es obvia: ¿cuándo empezaremos a exigir el cumplimiento de las leyes que protegen la biodiversidad en el mundo? O directamente, ¿por qué tenemos que exigir que funcione lo que supuestamente ya debería estar funcionando? La respuesta, mis amigos, es muy simple: allí no hay negocio; allí no hay dinero. Nadie que esté realmente luchando por esta causa, lo hace con la idea de hacerse rico. Y aquí es donde aparecen insólitos personajes como Watson y los miembros voluntarios de la SSCS.
En las palabras de la famosa antropóloga Margaret Mead: “Nunca subestimen la habilidad de un individuo para cambiar el mundo. Francamente, es lo único que realmente lo cambia.” En el caso de Watson y la Sociedad, la crítica y los celos surgen del hecho de que todas las leyes y negociaciones llevadas a cabo por la vía “legal y anónima”, resultan superfluas al lado de la convicción puesta en acción por un grupo de almas decididas. Un grupo de “idealistas” que reconocen lo utópico de su misión, y aún así la llevan a cabo.
Ya lo dijo el mismo Watson: “Toda victoria es temporal. Toda derrota, permanente.” En este mundo en que vivimos, la verdadera labor ecologista es constante, extenuante, gratuita y provisoria. Sin embargo, todo aquel que participa sabe bien que una cosa es la desesperanza, y otra muy distinta la resignación.
Hacer: he ahí la clave. Hacer y dejarse de palabras.
20/9/08
Los profetas del revés
Aquí estaba el curso de la vida otra vez; una nueva riada de la vida dando fe de su paso. “Por aquí paso la vida – me dije -; detrás, más detrás, vendrá la Historia espigando los lugares por donde la vida discurrió. Este es el sino de los humanos; morir, desaparecer, mientras la médula de sus hechos les supervive.” (Miguel Delives, “La Sombra del Ciprés es Alargada”)
Amigos, lectores, críticos y aquellos que jamás leerán este artículo,
Lo que tienen hoy ante ustedes no es más que un...bosquejo ensayístico que aquí les brindo en lugar del tan ansiado (es un decir, claro) relato referido directamente con la navegación. Por eso, y sólo por eso, pido disculpas.
La verdad es que me encontraba en plena etapa de investigación sobre la vida de Vasco da Gama (aquel gran portugués que desembarcó en la india allá por 1498, subrayando la entonces ansiadísima ruta al oriente) cuando, atragantado ya con las fuentes y los datos, me desvié como escapando a la tormenta y me topé con una pandilla de preguntas que - después de tanto tiempo escribiendo sobre el tema – me eran imposible seguir eludiendo. En primer lugar: ¿Qué demonios es la Historia? Aún más: ¿Quién nos la relata? Y lo que es más importante: ¿Qué se esconde detrás de su relato? Trataré en lo posible de responder por lo menos la mitad de cada una.
“La idea de que el historiador es un profeta del revés resume toda la filosofía de la historia.” (O. Y Gasset, La Rebelión de las Masas)
Existen hechos, concretos y delimitados, a los cuales solemos atenernos a la hora de organizar nuestro pasado: fechas, por ejemplo, innumerable cantidad de fechas; fechas de encuentros, de peleas, nacimientos y muertes. Tenemos los avances técnicos y las ideologías, las revoluciones sociales y las políticas, las migraciones en masa y los descubrimientos...Descubrimiento, he aquí uno de esos términos ya no tan “concretos y delimitados.”
Descubrir: revelar aquello que permanecía cubierto, oculto, desconocido, según mi diccionario. En seguida aparecen las dudas y contradicciones al respecto, o al menos nos damos cuenta que al hablar de descubrimientos, la historia ha sido contada desde una cierta perspectiva. Y no me refiero al descubrimiento de la pólvora (aunque probablemente en el aspecto local del suceso, hayan surgido también varias perspectivas al respecto). Imaginen, mis queridos descendientes, el descubrimiento de América desde la perspectiva de los descubiertos, el de África, el de Asia y - no nos olvidemos, pobrecilla – el descubrimiento de Oceanía desde la perspectiva de los descubiertos. ¿Suena estúpido verdad? ¿Cómo se puede descubrir algo que ya había sido descubierto? ¿Cómo puede la historia ser objetiva y abarcadora si hemos utilizado - y seguimos utilizando – estúpidos términos como este del “descubrimiento”, no ya a un suelo desconocido, sino a una conciencia desconocida?...500 años han pasado y seguimos viendo las cosas desde una sola perspectiva.
Interdescubrimiento, si se quiere, sería el término correcto, aún cuando el procesador de texto me lo subraye en rojo como término inexistente. Encuentro, o mejor aún reencuentro, reunión; después de todo, nos separamos allá lejos y hace tiempo, y luego nos volvimos a unir, ¿no es así? Y no es tan solo un pequeño detalle. La diferencia es tan importante que su sola modificación estaría hablando de una mentalidad radicalmente diferente. Porque no nos olvidemos que la Historia, más allá de todo hecho, es el estudio de las mentalidades, y el aquí y ahora es también parte de esa Historia.
“Cuando dos personas recuerdan su primer encuentro, especialmente si son amigos, normalmente hay una gran alegría y calidez de ambas partes. Hoy, en cambio...tenemos todas las manifestaciones de una tragedia humana: en lugar de cálidos recuerdos del encuentro entre Asia y Europa, sólo tenemos rabia e indignación. Durante 500 años, Europa dominó y explotó a Asia, ofendió y distorsionó su cultura...Vasco da Gama y sus sucesores procuraron intervenir en, interferir con y dominar cada aspecto de la vida de los pueblos con los que entraron en contacto fuera de Europa, por ninguna razón válida.”
Esta valiente declaración fue pronunciada por Mohamed Idris, presidente de la Red del Tercer Mundo (TWN, por sus siglas en inglés), en su discurso inaugural ante la “Referencia sobre los 500 Años de Vasco da Gama”, celebrada del 26 al 28 de mayo de 1998 en la India. Y sigue:
“(Según occidente)...nuestras tierras no tenían ninguna importancia hasta que fueron encontradas por Europa. Además, los historiadores europeos destacaron la importancia de la ruta marítima directa hacia India de Vasco da Gama como un hito histórico que dio comienzo al comercio mundial. Esta es una versión tan europeísta y llena de mitos de la historia que uno se pregunta cómo pudo haber sido enseñada no sólo a millones de niños europeos, sino también asiáticos. Es importante destacar que Vasco da Gama no fue el primer europeo en llegar a India y que muchos lo habían hecho antes que él por vía terrestre. Mucho antes de que él llegara, India ya era un lugar de encuentro de varias civilizaciones, culturas y comercio.”
Versión europeísta y mitos de la historia. Así son las cosas en éste nuestro mundo mitad occidental y mitad occidentalizado. Según Mohamed Idris, el concepto de libre comercio no solo ya existía en Asia antes de Adam Smith – “padre” del sistema – sino que se aplicaba exitosamente. Incluso Vasco da Gama, por sugerencia del príncipe Zamorin, con quién se encontró en su llegada a la India, lo practicó durante su estancia en Calicut (que no es Calcuta, como he leído por ahí en la red, sino lo que actualmente se conoce como Kozhikode, al suroeste del país). Según la historia oficial, los árabes (“moros” en la jerga coloquial) instigaron al príncipe con el fin de complicarle la vida al portugués, complicación que dio como resultado una ganancia de tan solo el 3000%...
Como verán los mismos datos, concretos y delimitados, resultan a veces un tanto contradictorios. Al parecer las árabes no querían competencia, pero tampoco la querían da Gama y el resto de los europeos que como él vinieron a estas tierras desde el mar. Sus ideas de libre comercio eran otras, ideas que por más “Adam Smith” o anhelos de justicia que hubiera (que por supuesto los hubo), consistían en procurar derechos de monopolio para ellos mismos y “eliminar” a los competidores.
Con el tiempo esta mentalidad y la superior fuerza bruta (algunos la llaman militarizada) por parte de los portugueses, hicieron de la india una más de sus colonias. La vieja historia ya conocida, prometo no aburrirlos con detalles.
“Los últimos 500 años fueron testigo de la instalación gradual de la versión europea del libre comercio. En los últimos tiempos, vimos cómo ese sistema de comercio se institucionalizó a nivel mundial. Naturalmente, hoy en día no tenemos a Vasco da Gama en Calicut, pero sí a más de 5.000 empresas multinacionales que gradualmente toman posesión de la economía india, creando nuevos monopolios, forzando a los pequeños competidores a cerrar y empobreciendo a las sociedades.”
De más está decir que este fenómeno devastador no es exclusivo de aquel milenario país asiático; tanto en América como en África y el resto de Asia, ocurre lo mismo. ¡Vamos, incluso sucede en la misma Europa! Pero también es importante recordar que no fueron éstas las primeras ni mucho menos las únicas incursiones violentas perpetradas desde una cultura hacia otras. El fenómeno de la comunicación entre los diferentes pueblos, involucra indefectiblemente (o no, pero hablamos de historia ¿no? y han habido suficientes casos) las guerras, las migraciones y las invasiones, como sucede con los individuos cuando se pelean, se alejan y se avasallan unos con otros.
Por obvias razones - a veces tan obvias que escapan a nuestra conciencia - en toda relación cultural existe un intercambio, una recíproca incorporación, en fin, una mezcla de ideas y costumbres por despareja que sea dicha relación en su nivel esencial (quién manda y quién obedece, digamos). Roma conquistó, pero a su vez fue conquistada por sus víctimas; desde su religión, sistema de gobierno, filosofía, arte y cultura en general, el Imperio Romano es el resultado de esa mezcla de ideas y convicciones con los distintos pueblos a los que fue dominando. Los griegos, los egipcios, la china imperial, incluso los incas y los aztecas; todos ellos sin duda unos cabrones, pero aún así sus dominaciones fueron, por decirlo de alguna manera, igual de lucrativas y sobretodo mucho más productivas. Como dijo el valiente Idris:
“Las invasiones anteriores enriquecieron a India y ésta, a su vez, enriqueció a los invasores...(en cambio) como consecuencia del desbaratamiento de las sociedades de Asia, África y América, la propia historia humana -incluida la de Europa- se empobreció también. Digo esto porque estoy convencido de que los actos de opresión siempre empobrecen no sólo a los oprimidos, sino también a los opresores.”
No pretendo ser tan ingenuo y decirles que esto es propio de una raza especialmente cruel y despiadada a la que casualmente pertenezco. Insisto en que es la mentalidad en función de ciertas supuestas necesidades las que influyen en la Historia y no una condena hereditaria de índole visceral que nos impele a cometer atrocidades...Además no existe eso de razas en la especie humana.
Sin embargo, es muy cierto que la mentalidad imperialista del occidente de los últimos siglos - junto con los avances de una tecnología en constante desarrollo - han conformado el mundo de hoy, un mundo capaz de mirar su propio trasero, un mundo donde todo está relacionado con todo, donde las acciones de cada uno repercuten tarde o temprano en la existencia de los demás. Estamos conectados y esa es la verdad. Pero también es un mundo que está enfermo, enfermo de colonialismo y desigualdad. Un mundo que, en fin, padece de doble personalidad: una parte de él se cree primer mundo y la otra tercer mundo...
También en épocas pasadas, supuestamente mejores, los poderes de la codicia y la imbecilidad han influido sobre la Historia Universal en mayor medida de lo que la mayoría de los historiadores reconoce. (H. Hesse, Lectura para Minutos)
No caben dudas al respecto. La Historia es el resultado de una mezcla entre genialidad y estupidez que acarrea consigo la especie humana. Criaturas divinizadas, bufonescas alimañas...y no nos olvidemos del término medio, tal vez el aspecto más relevante de toda nuestra personalidad; hoy en día ya no tenemos en cuenta la preeminencia de la mediocridad. Pero volviendo a las preguntas del principio, aquellas que motivaron esta mediocre elucubración, lo cierto es que no hay una única respuesta, es todo una cuestión de perspectivas.
La Historia es la suma de todas las historias, y el verdadero descubrimiento radica en saberlas respetar.
Amigos, lectores, críticos y aquellos que jamás leerán este artículo,
Lo que tienen hoy ante ustedes no es más que un...bosquejo ensayístico que aquí les brindo en lugar del tan ansiado (es un decir, claro) relato referido directamente con la navegación. Por eso, y sólo por eso, pido disculpas.
La verdad es que me encontraba en plena etapa de investigación sobre la vida de Vasco da Gama (aquel gran portugués que desembarcó en la india allá por 1498, subrayando la entonces ansiadísima ruta al oriente) cuando, atragantado ya con las fuentes y los datos, me desvié como escapando a la tormenta y me topé con una pandilla de preguntas que - después de tanto tiempo escribiendo sobre el tema – me eran imposible seguir eludiendo. En primer lugar: ¿Qué demonios es la Historia? Aún más: ¿Quién nos la relata? Y lo que es más importante: ¿Qué se esconde detrás de su relato? Trataré en lo posible de responder por lo menos la mitad de cada una.
“La idea de que el historiador es un profeta del revés resume toda la filosofía de la historia.” (O. Y Gasset, La Rebelión de las Masas)
Existen hechos, concretos y delimitados, a los cuales solemos atenernos a la hora de organizar nuestro pasado: fechas, por ejemplo, innumerable cantidad de fechas; fechas de encuentros, de peleas, nacimientos y muertes. Tenemos los avances técnicos y las ideologías, las revoluciones sociales y las políticas, las migraciones en masa y los descubrimientos...Descubrimiento, he aquí uno de esos términos ya no tan “concretos y delimitados.”
Descubrir: revelar aquello que permanecía cubierto, oculto, desconocido, según mi diccionario. En seguida aparecen las dudas y contradicciones al respecto, o al menos nos damos cuenta que al hablar de descubrimientos, la historia ha sido contada desde una cierta perspectiva. Y no me refiero al descubrimiento de la pólvora (aunque probablemente en el aspecto local del suceso, hayan surgido también varias perspectivas al respecto). Imaginen, mis queridos descendientes, el descubrimiento de América desde la perspectiva de los descubiertos, el de África, el de Asia y - no nos olvidemos, pobrecilla – el descubrimiento de Oceanía desde la perspectiva de los descubiertos. ¿Suena estúpido verdad? ¿Cómo se puede descubrir algo que ya había sido descubierto? ¿Cómo puede la historia ser objetiva y abarcadora si hemos utilizado - y seguimos utilizando – estúpidos términos como este del “descubrimiento”, no ya a un suelo desconocido, sino a una conciencia desconocida?...500 años han pasado y seguimos viendo las cosas desde una sola perspectiva.
Interdescubrimiento, si se quiere, sería el término correcto, aún cuando el procesador de texto me lo subraye en rojo como término inexistente. Encuentro, o mejor aún reencuentro, reunión; después de todo, nos separamos allá lejos y hace tiempo, y luego nos volvimos a unir, ¿no es así? Y no es tan solo un pequeño detalle. La diferencia es tan importante que su sola modificación estaría hablando de una mentalidad radicalmente diferente. Porque no nos olvidemos que la Historia, más allá de todo hecho, es el estudio de las mentalidades, y el aquí y ahora es también parte de esa Historia.
“Cuando dos personas recuerdan su primer encuentro, especialmente si son amigos, normalmente hay una gran alegría y calidez de ambas partes. Hoy, en cambio...tenemos todas las manifestaciones de una tragedia humana: en lugar de cálidos recuerdos del encuentro entre Asia y Europa, sólo tenemos rabia e indignación. Durante 500 años, Europa dominó y explotó a Asia, ofendió y distorsionó su cultura...Vasco da Gama y sus sucesores procuraron intervenir en, interferir con y dominar cada aspecto de la vida de los pueblos con los que entraron en contacto fuera de Europa, por ninguna razón válida.”
Esta valiente declaración fue pronunciada por Mohamed Idris, presidente de la Red del Tercer Mundo (TWN, por sus siglas en inglés), en su discurso inaugural ante la “Referencia sobre los 500 Años de Vasco da Gama”, celebrada del 26 al 28 de mayo de 1998 en la India. Y sigue:
“(Según occidente)...nuestras tierras no tenían ninguna importancia hasta que fueron encontradas por Europa. Además, los historiadores europeos destacaron la importancia de la ruta marítima directa hacia India de Vasco da Gama como un hito histórico que dio comienzo al comercio mundial. Esta es una versión tan europeísta y llena de mitos de la historia que uno se pregunta cómo pudo haber sido enseñada no sólo a millones de niños europeos, sino también asiáticos. Es importante destacar que Vasco da Gama no fue el primer europeo en llegar a India y que muchos lo habían hecho antes que él por vía terrestre. Mucho antes de que él llegara, India ya era un lugar de encuentro de varias civilizaciones, culturas y comercio.”
Versión europeísta y mitos de la historia. Así son las cosas en éste nuestro mundo mitad occidental y mitad occidentalizado. Según Mohamed Idris, el concepto de libre comercio no solo ya existía en Asia antes de Adam Smith – “padre” del sistema – sino que se aplicaba exitosamente. Incluso Vasco da Gama, por sugerencia del príncipe Zamorin, con quién se encontró en su llegada a la India, lo practicó durante su estancia en Calicut (que no es Calcuta, como he leído por ahí en la red, sino lo que actualmente se conoce como Kozhikode, al suroeste del país). Según la historia oficial, los árabes (“moros” en la jerga coloquial) instigaron al príncipe con el fin de complicarle la vida al portugués, complicación que dio como resultado una ganancia de tan solo el 3000%...
Como verán los mismos datos, concretos y delimitados, resultan a veces un tanto contradictorios. Al parecer las árabes no querían competencia, pero tampoco la querían da Gama y el resto de los europeos que como él vinieron a estas tierras desde el mar. Sus ideas de libre comercio eran otras, ideas que por más “Adam Smith” o anhelos de justicia que hubiera (que por supuesto los hubo), consistían en procurar derechos de monopolio para ellos mismos y “eliminar” a los competidores.
Con el tiempo esta mentalidad y la superior fuerza bruta (algunos la llaman militarizada) por parte de los portugueses, hicieron de la india una más de sus colonias. La vieja historia ya conocida, prometo no aburrirlos con detalles.
“Los últimos 500 años fueron testigo de la instalación gradual de la versión europea del libre comercio. En los últimos tiempos, vimos cómo ese sistema de comercio se institucionalizó a nivel mundial. Naturalmente, hoy en día no tenemos a Vasco da Gama en Calicut, pero sí a más de 5.000 empresas multinacionales que gradualmente toman posesión de la economía india, creando nuevos monopolios, forzando a los pequeños competidores a cerrar y empobreciendo a las sociedades.”
De más está decir que este fenómeno devastador no es exclusivo de aquel milenario país asiático; tanto en América como en África y el resto de Asia, ocurre lo mismo. ¡Vamos, incluso sucede en la misma Europa! Pero también es importante recordar que no fueron éstas las primeras ni mucho menos las únicas incursiones violentas perpetradas desde una cultura hacia otras. El fenómeno de la comunicación entre los diferentes pueblos, involucra indefectiblemente (o no, pero hablamos de historia ¿no? y han habido suficientes casos) las guerras, las migraciones y las invasiones, como sucede con los individuos cuando se pelean, se alejan y se avasallan unos con otros.
Por obvias razones - a veces tan obvias que escapan a nuestra conciencia - en toda relación cultural existe un intercambio, una recíproca incorporación, en fin, una mezcla de ideas y costumbres por despareja que sea dicha relación en su nivel esencial (quién manda y quién obedece, digamos). Roma conquistó, pero a su vez fue conquistada por sus víctimas; desde su religión, sistema de gobierno, filosofía, arte y cultura en general, el Imperio Romano es el resultado de esa mezcla de ideas y convicciones con los distintos pueblos a los que fue dominando. Los griegos, los egipcios, la china imperial, incluso los incas y los aztecas; todos ellos sin duda unos cabrones, pero aún así sus dominaciones fueron, por decirlo de alguna manera, igual de lucrativas y sobretodo mucho más productivas. Como dijo el valiente Idris:
“Las invasiones anteriores enriquecieron a India y ésta, a su vez, enriqueció a los invasores...(en cambio) como consecuencia del desbaratamiento de las sociedades de Asia, África y América, la propia historia humana -incluida la de Europa- se empobreció también. Digo esto porque estoy convencido de que los actos de opresión siempre empobrecen no sólo a los oprimidos, sino también a los opresores.”
No pretendo ser tan ingenuo y decirles que esto es propio de una raza especialmente cruel y despiadada a la que casualmente pertenezco. Insisto en que es la mentalidad en función de ciertas supuestas necesidades las que influyen en la Historia y no una condena hereditaria de índole visceral que nos impele a cometer atrocidades...Además no existe eso de razas en la especie humana.
Sin embargo, es muy cierto que la mentalidad imperialista del occidente de los últimos siglos - junto con los avances de una tecnología en constante desarrollo - han conformado el mundo de hoy, un mundo capaz de mirar su propio trasero, un mundo donde todo está relacionado con todo, donde las acciones de cada uno repercuten tarde o temprano en la existencia de los demás. Estamos conectados y esa es la verdad. Pero también es un mundo que está enfermo, enfermo de colonialismo y desigualdad. Un mundo que, en fin, padece de doble personalidad: una parte de él se cree primer mundo y la otra tercer mundo...
También en épocas pasadas, supuestamente mejores, los poderes de la codicia y la imbecilidad han influido sobre la Historia Universal en mayor medida de lo que la mayoría de los historiadores reconoce. (H. Hesse, Lectura para Minutos)
No caben dudas al respecto. La Historia es el resultado de una mezcla entre genialidad y estupidez que acarrea consigo la especie humana. Criaturas divinizadas, bufonescas alimañas...y no nos olvidemos del término medio, tal vez el aspecto más relevante de toda nuestra personalidad; hoy en día ya no tenemos en cuenta la preeminencia de la mediocridad. Pero volviendo a las preguntas del principio, aquellas que motivaron esta mediocre elucubración, lo cierto es que no hay una única respuesta, es todo una cuestión de perspectivas.
La Historia es la suma de todas las historias, y el verdadero descubrimiento radica en saberlas respetar.
La eterna amenaza de los siete mares
A través de los tiempos
En la Grecia clásica , los límites entre piratería y comercio no estaban bien definidos. El mismo Heródoto daba igual significado a pirata que a comerciante o navegante. Los piratas helenísticos surcaban el Egeo buscando su botín en los saqueos de las poblaciones costeras. El mar Negro en tiempos de Mitríades I, fundador del reino de Ponto, fue un foco de piratería que perjudicó por mucho tiempo apretujado tránsito de la flota comercial romana. Al finalizar la guerra púnica, el imperio se encargó de eliminar aquella molesta yaga del Mediterráneo oriental, tarea concluida por Pompeyo en el año 66 a.c., para la cual empleó nada menos que 500 naves y 120.000 hombres de mar.
La palabra “vikingo” significa pirata, y esta civilización, con sus solemnes bases fundadas en la barbarie, sí que han merecido dicho calificativo. En un mundo salvaje y brutal, ellos eran los mejores, es decir, los más salvajes y brutales. Desde finales del siglo VIII, comenzaron a efectuar incursiones y saqueos por las costas del territorio celta, para luego extenderse por el litoral friso-sajón, Portugal, Asturias e incluso las Baleares, Provenza y Toscana. Las crónicas vikingas en el Atlántico se detienen para los comienzos del nuevo milenio, y las razones se reducen a una sola, bastante interesante por cierto: su conversión al cristianismo.
Nombres como Dragut, Uluch-Alí y los hermanos Barbarroja, pertenecen a los temerarios piratas del mediterráneo de la España precolombina, guerreros moros vencidos por los Reyes Católicos del siglo XV, que alimentaron con crueldad berberisca una época de expulsión y exterminio islámico.
Desde la antigüedad oriental surge el nombre de Yajiro, el temible pirata japonés convertido (costumbre extraña, por lo que hemos visto, entre esta clase de gente) por Francisco Javier. Koxinga, “el dragón de los mares de la China”, que sólo se acostaba con vírgenes (la lógica nos dice que tenía el pene muy pequeño), y el astuto Raga, que acostumbraba pasar a cuchillo a la totalidad de la tripulación de sus naves enemigas.
La costa del estrecho de Ormuz, en el Índico, se la llamó “costa de los piratas” durante mucho tiempo, y en Ras al-Jayma se asentaba el mercado de esclavos más floreciente del siglo XVIII, industria que históricamente estuvo muy ligada a la práctica de los “ladrones que andan robando por el mar”.
Los famosos piratas de Caribe
Estrictamente, el Diccionario de la lengua española de la Real Academia define al pirata como “el ladrón que anda robando por el mar”. “Es curioso ver que la palabra “inglés” no aparece”, diría algún bretón nostálgico e irónicamente orgulloso, y no es de sorprender, puesto que verdaderamente los piratas Ingleses han sido la pesadilla indiscutida de los imperialistas ibéricos de la era de la colonización. Más que ningún otro país de navegantes, Inglaterra a frustrado incontables travesías al viejo mundo, cargadas todas ellas con las más exquisitas riquezas que una tierra virgen y furiosa de maravillas, como eran las Américas, pudieran dar. Corrían los siglos XVI, XVII y XVIII, cada uno de ellos con su exponente más significativo en la historia de la piratería occidental.
Sir Francis Drake
El Dragón de las Antillas
Vencedor de la “Armada Invencible” y azote de las posesiones españolas en América, Sir Francis Drake fue también el primer navegante inglés (segundo de Europa después de Juan Sebastián Elcano) que circunnavegó la tierra.
Los españoles le temían tanto que lo llamaban “El Dragón”, algunos incluso aseguraban que era capaz de escupir fuego por la boca, y así carbonizar las velas de sus barcos enemigos. Sin embargo, al parecer se caracterizó por su humanidad para con los prisioneros, evitando en la medida de lo posible recurrir a la flagelación y las matanzas a sangre fría.
Mercenarios de los reyes
Drake fue corsario, pertenecía a esa “clase” de piratas con privilegios otorgados y facilidades imposibles de concebir por el común de los bandidos del mar. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, las naciones marítimas desarrollaron un sistema denominado “corso”. En tiempos de guerra (lo cual era casi siempre), las embarcaciones capitaneadas por un corsario recibían una autorización especial que les permitía atacar a los barcos enemigos para luego apoderarse de ellos, todo esto en nombre de la real providencia.
Históricamente, y tratándose de las Antillas en particular, las principales víctimas siempre han sido las naves Españolas, que llenaban sus bodegas con el oro y la plata de la selva centroamericana, destinados a satisfacer la creciente demanda de los reyes.
En pocas palabras, el corsario tenía un aval oficial para el ejercicio del vandalismo, el saqueo, la violación y el asesinato. Eran mercenarios de los reyes, y lo sabían aprovechar. En cambio los piratas a secas, los verdaderos piratas, constituían una raza muy distinta, aunque no por ello menos temeraria. Y además estaban los bucaneros, pero vayamos por partes.
El pequeño Francis
Cuando aún era un niño y vivía en Kent con su familia en el casco de un viejo galeón abandonado, el pequeño Francis se hizo amigo de un anciano marino el cual lo introdujo en la navegación. Tanta estima sentía por el muchacho que como recompensa, al morir le legó su barco.
Drake comenzó su carrera como navegante bajo el mando de John Hawkins, un conocido comerciante y contrabandista que emprendió travesía hacia el oeste en reiteradas ocasiones. Su carrera como corsario empieza más tarde y desemboca en una aventura que lo hizo mundialmente famoso.
De punta a punta
En el período que abarca el final de1577 a principios de 1580, Drake hizo lo que muy pocos aún hoy han tenido la oportunidad de hacer. El lo hizo el segundo (al menos que se sepa), sin aparatos de posicionamiento ni tecnología más allá de unas pocas y difusas cartas náuticas, un sectante y las estrellas. Circunvaló el planeta, partió de Inglaterra hacia el oeste y regresó por el este. Fue el primero en tocar tierra norteamericana bañada por el Pacífico (al parecer en algún punto de la bahía de San Francisco).
Se dice que la reina Isabel le otorgó secretamente el permiso de perseguir barcos españoles y apoderarse de sus riquezas. Su primera oportunidad la tubo en Lima, donde atracó un barco de la Armada llevándose todo el oro que en él había. Los españoles lo persiguieron hasta muy al norte, a la altura de lo que ahora se conoce como British Columbia, pero viendo que no encontraría un pasaje a Bretaña por encima de Asia, que fuera seguro, eludió a su enemigos y se escondió en la costa de California. Existen crónicas de un exitoso contacto entre la tripulacióncon y los nativos de la zona, los indios Miwok.
En 1596, Drake fue atacado por una furiosa enfermedad tropical conocida en la época como “fluido sangriento”(probablemente la fiebre amarilla), durante una poco exitosa expedición contra los españoles en el Caribe. El 28 de Enero a la madrugada, a bordo de su buque insignia “Defiance”, muere silenciosamente.
Henry Morgan
El aventurero inescrupuloso
Henry Morgan, al igual que Drake un siglo antes, fue un corsario bajo las órdenes de la realeza sajona del siglo XVII. Pero no era tan solo un corsario, además fue bucanero.
Los “bucaneros” originales eran los nativos de las Indias del Oeste, quienes habían diseñado un método para preservar la carne mediante su previa cocción al fuego y posterior ahumada. El horno y la carne misma se las denominaba “boucan”. Muchos de dichos nativos se convirtieron primero en esclavos y luego en esclavos fugitivos. La esporádica agrupación de los mismos con los refugiados, criminales, antiguos sirvientes y demás relegados sociales, quienes vagaban a lo largo de las costas insulares, traspolaron dicha denominación a todo el conjunto, variando su significado al punto de referirse con esa palabra a los “aventureros inescrupulosos” de toda la zona.
Los atracos y demás fechorías de los bucaneros, a diferencia de los corsarios tradicionales, no tenían lugar en alta mar, sino en tierra firme. Teniendo en cuenta que era allí donde se acumulaba la mayor cantidad de riquezas (oro y demás metales preciosos, así como especias y otros productos de lujo), en la mayoría de los casos los barcos cumplían la simple función de transportar la tripulación desde su escondite secreto hasta un punto costero seguro desde el cual se continuaría a pie hasta dar con el fuerte o poblado víctima del saqueo.
La respuesta de porqué las autoridades inglesas parecían alentar las actividades bucaneras, yace en la convicción, por parte de la clase pudiente sajona, de que la futura prosperidad de las islas descansaba en su habilidad por expandir el comercio exterior. Pero los españoles habían reclamado el Nuevo Mundo sólo para sí, tornando al imperio dependiente del oro y la plata que de éste se extraía, y por lógica limitando el comercio a la flota ibérica. Inglaterra no poseía en ese entonces ninguna colonia en donde sus esclavos estuvieran arrancando metales preciosos de la tierra, incluso tenían que sufrir la constante captura de sus naves en el Caribe, por parte de la mismísima Armada Española, y la posterior esclavización de sus tripulantes. De esta manera, solo les quedaba una única opción: legalizar la piratería por mar, y por tierra.
De ladrón a ciudadano
Casado con la hija de su tío, Mary Elizabeth, a quién se mantuvo fiel hasta su muerte en 1688 (no tubo hijos). A partir de 1663 y hasta 1665, Morgan figuró como comandante de la flotilla de bucaneros más exitosa de la historia. Su liderazgo se debía no solo a su fama de militar experimentado, sino que además ostentaba una astucia de viejo lobo, era auténticamente osado, y poseía un carisma formidable, “as en la manga” de todo líder natural. Atacaron Santiago de Cuba, Villahermosa en Méjico (en cuya ocasión tubo que “tomar prestadas” dos fragatas españolas luego de que éstos tomaran las suyas mientras saqueaban el poblado), Granada en Nicaragua, gracias a la ayuda de los nativos que según cuentan las crónicas de la época, sugerían constantemente y sin misericordia que se eliminaran a todos los prisioneros (españoles), especialmente a los “hombres de Dios”, es decir, a los sacerdotes. El botín de esta expedición, que duró poco más de dos años, era incalculable.
Pero sus actividades no se limitaban al robo y el saqueo. Como ciudadano de Jamaica se le solicitó organizar una milicia que protegiera la isla de prometedores enemigos, a lo cual puso manos a la obra inmediatamente, culminando el período de reclutamiento con 700 hombres que patrullaban la costa en
embarcaciones de todos los tamaños y colores (desde fragatas a simples botes de remo).
El gran robo
Cansado del sedentarismo jamaiquino, en 1670 emprendió una nueva expedición con 36 embarcaciones y 1800 hombres a sus órdenes, en la cual, tras una larga deliberación con sus compañeros capitanes de la flota que se encontraba anclada a salvo en las cercanías de Panamá, decidió atacar esta imponente ciudad interina que en aquel entonces era la destinataria de todo el oro proveniente del Perú. La tarea que se había impuesto Morgan era en extremo difícil y arriesgada, en ese entonces no existía el canal que lleva ahora el mismo nombre, por lo que la misión incluía una duro recorrido a pie desde Chagres a través de espesa maleza y altas montañas. Incluso el mismísimo Sir Francis Drake había fracasado en una empresa similar varias décadas atrás.
La batalla fue larga y sofocante, pero finalmente Panamá sucumbió a la dura obstinación de este histórico estratega. Las ruinas de lo que alguna vez fue el “Sol de las Antillas”, se cubrió silenciosamente de una capa vegetal cual verde purificación de una vieja catástrofe.
A la edad de 45, Sir Henry era gobernador de Jamaica, Vicealmirante, Comandante del Regimiento de Port Royal, Juez de la Corte del Almirantazgo y “Justiciero de la Paz” (me pregunto cómo se traduciría esto en la práctica). Murió el 25 de Agosto de 1688.
Cuando, aún en vida, se publicó una biografía de sus aventuras, Morgan, ofendido por el perfil que los escritores habían dibujado de su persona, fue a juicio con la editorial, cobró un considerable suma de dinero por daños y perjuicios, y publicó la historia modificada a su gusto y conveniencia. Lo gracioso del asunto fue el porqué de su enfado, que no tenía verdaderas raíces en las atrocidades que según estos cronistas había cometido durante su carrera delictiva, sino en la aseveración de que el pirata había llegado a las Antillas como un humilde sirviente, y no como un noble y distinguido caballero, según él mismo se dignaba en asegurar. Otra muestra más de la disparatada y pintoresca personalidad de uno de los más insólitos personajes de la historia.
Barbanegra
La furia ardiente del Caribe
Se lo describió como “la personificación de lo descabellado, de la infinita osadía, una pesadilla nocturna tan falta de calidez humana que ningún crimen se encuentra por encima de él,…el vivo cuadro de un ogro que domina las aguas de Caribe”.
Oriundo de Bristol, Inglaterra, y miembro de una típica familia inglesa acomodada, comenzó su carrera en el mar como tripulación de un galeón corsario en busca, esta vez, de “carne” francesa. Al parecer en un período posterior de relativa paz entre las potencias marítimas, Edward Teach, como realmente se llamaba (incluso hay versiones de que su verdadero nombre fue Drummond), se embarcó bajo bandera pirata y rápidamente se distinguió entre las demás sabandijas por su fuerza, coraje y personalidad diabólicamente maligna. Los piratas eran los verdaderos ladrones del océano. Ellos se distinguían de los corsarios y bucaneros por su independencia, es decir, por no tener que rendirle cuentas a ningún rey, aunque por eso mismo carecían de protección y eran furiosamente perseguidos por todo el mundo.
Fue durante este período que se hizo famoso con el nombre de Barbanegra. Su reputación de maligno, entre otras razones menos pragmáticas, tenía que ver con la búsqueda de la intimidación directa de sus enemigos y víctimas. La primera impresión para Barbanegra era crucial, si el teatro de su fiereza y terrorífica personalidad tenía éxito, los atracos y la toma de prisioneros se lograba con mucha más facilidad y menos sangre que lo normal. La imagen lo era todo para él, y para conseguir el truco, sumaba a su enorme tamaño, que ya de por sí era intimidante, artimañas como vestir completamente de negro, llevar encima innumerable cantidad de armas blancas y pistolones por todos lados, y enrular la puntas de su barba colocando en ellas pequeñas mechas encendidas para dar la impresión de que este coloso guerrero ardía literalmente de furia.
Pero además debía de mantener a raya a los suyos, a su propia tripulación, y alejarlos de “ridículas” ideas como la rebelión o el motín. Para ello ejecutaba pequeños números recordatorios de su poder como cuando en una ocasión, estando en reunión con su gente, apagó el farol que estaba en la mesa y disparó su pistola al azar por debajo de la misma, lisiando a uno de los marineros. En otra oportunidad se encerró con un grupo de sus hombres en la bodega y prendió fuego unos potes que contenían combustible. Al rato los de cubierta podían ver el humo sulfuroso salir de las fisuras de cubierta y un segundo después se burlaban de sus compañeros que habían escapado de la sofocación todos juntos y se encontraban tosiendo como endemoniados. Barbanegra emergió un tiempo después, riendo y burlándose él también, dejando a todo el mundo impresionado.
Algunos datos curiosos
Son conocidas las historias de viejas amistades y alianzas entre algunos de los más temidos piratas de las Antillas, y una de las más populares trata de la que se forjó entre Barbanegra y Stede Bonnet, irónicamente llamado “el pirata caballeroso”. Juntos recorrieron la costa desde las Bahamas hasta Nueva Inglaterra, cobrando un botín de 12 embarcaciones.
El refugio predilecto de este escurridizo muchacho era una pequeña islita llamada Ocracoke, donde se encontraba el “Castillo de Barbanegra”, probablemente una choza un poco más grande y mejor armada que las que habían construido para vivir en tierra.
Las banderas que flameaban en la punta del mástil de los barcos piratas no siempre mostraban la típica calavera con las dos tibias cruzadas detrás. La de Barbarroja, por ejemplo, consistía en una calavera con cuernos.
El Rasputín de los trópicos
El encuentro entre Barbanegra y su cazador, el capitán Robert Maynard, fue histórico y brutal. Este atrevido oficial de la marina inglesa había sido enviado a comandar el “Ranger” como parte de una expedición con el objetivo de atrapar al pirata y así acabar con el terror que enlvolvía las costas de Carolina de Norte. Lo avistó finalmente en las cercanías de la pequeña islilla Ocracoke.
La batalla comenzó dispareja, cañones contra artillería liviana, los atacantes eran atacados sin piedad. Pero al parecer todo era parte de un truco ideado por Maynard. Al rato ordenó a muchos de sus hombres que se ocultaran debajo de cubierta para parecer menor número y así alentar al “Adventure” (la goleta insignia de Barbanegra) a abordarlos sin cuidado. Así fue, y cuando menos se lo esperaban los soldados escondidos emergieron rodeando al enemigo anonadado.
El caos era total, cuentan las crónicas de la época que el mar alrrededor del Ranger estaba literalmente teñido de sangre. Pero lo más espectacular fue la muerte de aquel gigante barbudo y temible de Barbanegra. En un encuentro cara a cara con Maynard, primero recibe un tiro de pistola mientras reboleaba su sable, lo cual no le impide quitarle la espada a su adversario con un golpe tremendo de la suya, y luego es sorprendido por un soldado que, trepándose a él por la espalda, consigue cortarle la garganta de una cuchillada. Aún así continúa peleando unos minutos más hasta que, mientras intentaba desenfundar una de sus armas de fuego, se desploma definitivamente en el suelo. Cual Rasputín de los trópicos, le encontraron 25 heridas en todo el cuerpo, 5 de las cuales eran agujeros de balas.
La leyenda cuenta que luego de colgar su cabeza en la punta del mástil del Ranger, el cuerpo lanzado al mar nadó varias veces desafiante alrededor del barco antes de hundirse para siempre. Durante años la cabeza fue exhibida en un poste en la confluencia de los ríos Hampton y James, y posteriormente se utilizó su cráneo para confeccionar un tazón en el cual bebían los marineros de una taberna vecina. Incluso existe un tal Charles Whedbee que dice haber echo esto en compañía de un amigo de Carolina del Norte, muy cerca de Ocracoke en el año 1930.
Obviamente en estos relatos de vidas fascinantes, mundos exóticos y aventuras tan alejadas de nuestra cotidiana concepción de la vida, no se puede evitar pensar en exageraciones, mucha imaginación y poco rigor histórico. Aunque lo que aquí se cuenta está basado en datos extraídos de una bibliografía seria y confiable, las mismas fuentes, por un factor puramente temporal, siempre estarán sujetas a dudas y escepticismos justificados. Nietzche, gran pensador del siglo XIX, decía que la historia no nos presenta una realidad absoluta, sino que se forma a raíz de una serie de versiones posibles, de “interpretaciones en perspectiva” de lo que realmente ocurrió. De cualquier manera, siempre hay que tener un resto de cuidado y saber que no todo fue como los libros nos lo cuentan.
Sea como sea, lo que sí importa y vale la pena registrar, es la fascinación, la sorpresa y en algunos casos, la admiración que sentimos ante los tremendos acontecimientos que el pasado nos regala con sus divertidas anécdotas y fabulosos episodios. En fin, los piratas han sido, y para los que no lo suponían, aún siguen siendo, uno de esos insectos molestos con los que la humanidad ha tenido que lidiar desde tiempos inmemorables. Pero aún así no podemos evitar que nos llamen la atención y le demos crédito por habernos dado tantas horas de juego y fantasía durante nuestra infancia, y porque constituyan, más seriamente hablando, un capítulo incuestionable en la historia del ser humano, criatura extraña y contradictoria, ladrón y héroe a la vez.
En la Grecia clásica , los límites entre piratería y comercio no estaban bien definidos. El mismo Heródoto daba igual significado a pirata que a comerciante o navegante. Los piratas helenísticos surcaban el Egeo buscando su botín en los saqueos de las poblaciones costeras. El mar Negro en tiempos de Mitríades I, fundador del reino de Ponto, fue un foco de piratería que perjudicó por mucho tiempo apretujado tránsito de la flota comercial romana. Al finalizar la guerra púnica, el imperio se encargó de eliminar aquella molesta yaga del Mediterráneo oriental, tarea concluida por Pompeyo en el año 66 a.c., para la cual empleó nada menos que 500 naves y 120.000 hombres de mar.
La palabra “vikingo” significa pirata, y esta civilización, con sus solemnes bases fundadas en la barbarie, sí que han merecido dicho calificativo. En un mundo salvaje y brutal, ellos eran los mejores, es decir, los más salvajes y brutales. Desde finales del siglo VIII, comenzaron a efectuar incursiones y saqueos por las costas del territorio celta, para luego extenderse por el litoral friso-sajón, Portugal, Asturias e incluso las Baleares, Provenza y Toscana. Las crónicas vikingas en el Atlántico se detienen para los comienzos del nuevo milenio, y las razones se reducen a una sola, bastante interesante por cierto: su conversión al cristianismo.
Nombres como Dragut, Uluch-Alí y los hermanos Barbarroja, pertenecen a los temerarios piratas del mediterráneo de la España precolombina, guerreros moros vencidos por los Reyes Católicos del siglo XV, que alimentaron con crueldad berberisca una época de expulsión y exterminio islámico.
Desde la antigüedad oriental surge el nombre de Yajiro, el temible pirata japonés convertido (costumbre extraña, por lo que hemos visto, entre esta clase de gente) por Francisco Javier. Koxinga, “el dragón de los mares de la China”, que sólo se acostaba con vírgenes (la lógica nos dice que tenía el pene muy pequeño), y el astuto Raga, que acostumbraba pasar a cuchillo a la totalidad de la tripulación de sus naves enemigas.
La costa del estrecho de Ormuz, en el Índico, se la llamó “costa de los piratas” durante mucho tiempo, y en Ras al-Jayma se asentaba el mercado de esclavos más floreciente del siglo XVIII, industria que históricamente estuvo muy ligada a la práctica de los “ladrones que andan robando por el mar”.
Los famosos piratas de Caribe
Estrictamente, el Diccionario de la lengua española de la Real Academia define al pirata como “el ladrón que anda robando por el mar”. “Es curioso ver que la palabra “inglés” no aparece”, diría algún bretón nostálgico e irónicamente orgulloso, y no es de sorprender, puesto que verdaderamente los piratas Ingleses han sido la pesadilla indiscutida de los imperialistas ibéricos de la era de la colonización. Más que ningún otro país de navegantes, Inglaterra a frustrado incontables travesías al viejo mundo, cargadas todas ellas con las más exquisitas riquezas que una tierra virgen y furiosa de maravillas, como eran las Américas, pudieran dar. Corrían los siglos XVI, XVII y XVIII, cada uno de ellos con su exponente más significativo en la historia de la piratería occidental.
Sir Francis Drake
El Dragón de las Antillas
Vencedor de la “Armada Invencible” y azote de las posesiones españolas en América, Sir Francis Drake fue también el primer navegante inglés (segundo de Europa después de Juan Sebastián Elcano) que circunnavegó la tierra.
Los españoles le temían tanto que lo llamaban “El Dragón”, algunos incluso aseguraban que era capaz de escupir fuego por la boca, y así carbonizar las velas de sus barcos enemigos. Sin embargo, al parecer se caracterizó por su humanidad para con los prisioneros, evitando en la medida de lo posible recurrir a la flagelación y las matanzas a sangre fría.
Mercenarios de los reyes
Drake fue corsario, pertenecía a esa “clase” de piratas con privilegios otorgados y facilidades imposibles de concebir por el común de los bandidos del mar. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, las naciones marítimas desarrollaron un sistema denominado “corso”. En tiempos de guerra (lo cual era casi siempre), las embarcaciones capitaneadas por un corsario recibían una autorización especial que les permitía atacar a los barcos enemigos para luego apoderarse de ellos, todo esto en nombre de la real providencia.
Históricamente, y tratándose de las Antillas en particular, las principales víctimas siempre han sido las naves Españolas, que llenaban sus bodegas con el oro y la plata de la selva centroamericana, destinados a satisfacer la creciente demanda de los reyes.
En pocas palabras, el corsario tenía un aval oficial para el ejercicio del vandalismo, el saqueo, la violación y el asesinato. Eran mercenarios de los reyes, y lo sabían aprovechar. En cambio los piratas a secas, los verdaderos piratas, constituían una raza muy distinta, aunque no por ello menos temeraria. Y además estaban los bucaneros, pero vayamos por partes.
El pequeño Francis
Cuando aún era un niño y vivía en Kent con su familia en el casco de un viejo galeón abandonado, el pequeño Francis se hizo amigo de un anciano marino el cual lo introdujo en la navegación. Tanta estima sentía por el muchacho que como recompensa, al morir le legó su barco.
Drake comenzó su carrera como navegante bajo el mando de John Hawkins, un conocido comerciante y contrabandista que emprendió travesía hacia el oeste en reiteradas ocasiones. Su carrera como corsario empieza más tarde y desemboca en una aventura que lo hizo mundialmente famoso.
De punta a punta
En el período que abarca el final de1577 a principios de 1580, Drake hizo lo que muy pocos aún hoy han tenido la oportunidad de hacer. El lo hizo el segundo (al menos que se sepa), sin aparatos de posicionamiento ni tecnología más allá de unas pocas y difusas cartas náuticas, un sectante y las estrellas. Circunvaló el planeta, partió de Inglaterra hacia el oeste y regresó por el este. Fue el primero en tocar tierra norteamericana bañada por el Pacífico (al parecer en algún punto de la bahía de San Francisco).
Se dice que la reina Isabel le otorgó secretamente el permiso de perseguir barcos españoles y apoderarse de sus riquezas. Su primera oportunidad la tubo en Lima, donde atracó un barco de la Armada llevándose todo el oro que en él había. Los españoles lo persiguieron hasta muy al norte, a la altura de lo que ahora se conoce como British Columbia, pero viendo que no encontraría un pasaje a Bretaña por encima de Asia, que fuera seguro, eludió a su enemigos y se escondió en la costa de California. Existen crónicas de un exitoso contacto entre la tripulacióncon y los nativos de la zona, los indios Miwok.
En 1596, Drake fue atacado por una furiosa enfermedad tropical conocida en la época como “fluido sangriento”(probablemente la fiebre amarilla), durante una poco exitosa expedición contra los españoles en el Caribe. El 28 de Enero a la madrugada, a bordo de su buque insignia “Defiance”, muere silenciosamente.
Henry Morgan
El aventurero inescrupuloso
Henry Morgan, al igual que Drake un siglo antes, fue un corsario bajo las órdenes de la realeza sajona del siglo XVII. Pero no era tan solo un corsario, además fue bucanero.
Los “bucaneros” originales eran los nativos de las Indias del Oeste, quienes habían diseñado un método para preservar la carne mediante su previa cocción al fuego y posterior ahumada. El horno y la carne misma se las denominaba “boucan”. Muchos de dichos nativos se convirtieron primero en esclavos y luego en esclavos fugitivos. La esporádica agrupación de los mismos con los refugiados, criminales, antiguos sirvientes y demás relegados sociales, quienes vagaban a lo largo de las costas insulares, traspolaron dicha denominación a todo el conjunto, variando su significado al punto de referirse con esa palabra a los “aventureros inescrupulosos” de toda la zona.
Los atracos y demás fechorías de los bucaneros, a diferencia de los corsarios tradicionales, no tenían lugar en alta mar, sino en tierra firme. Teniendo en cuenta que era allí donde se acumulaba la mayor cantidad de riquezas (oro y demás metales preciosos, así como especias y otros productos de lujo), en la mayoría de los casos los barcos cumplían la simple función de transportar la tripulación desde su escondite secreto hasta un punto costero seguro desde el cual se continuaría a pie hasta dar con el fuerte o poblado víctima del saqueo.
La respuesta de porqué las autoridades inglesas parecían alentar las actividades bucaneras, yace en la convicción, por parte de la clase pudiente sajona, de que la futura prosperidad de las islas descansaba en su habilidad por expandir el comercio exterior. Pero los españoles habían reclamado el Nuevo Mundo sólo para sí, tornando al imperio dependiente del oro y la plata que de éste se extraía, y por lógica limitando el comercio a la flota ibérica. Inglaterra no poseía en ese entonces ninguna colonia en donde sus esclavos estuvieran arrancando metales preciosos de la tierra, incluso tenían que sufrir la constante captura de sus naves en el Caribe, por parte de la mismísima Armada Española, y la posterior esclavización de sus tripulantes. De esta manera, solo les quedaba una única opción: legalizar la piratería por mar, y por tierra.
De ladrón a ciudadano
Casado con la hija de su tío, Mary Elizabeth, a quién se mantuvo fiel hasta su muerte en 1688 (no tubo hijos). A partir de 1663 y hasta 1665, Morgan figuró como comandante de la flotilla de bucaneros más exitosa de la historia. Su liderazgo se debía no solo a su fama de militar experimentado, sino que además ostentaba una astucia de viejo lobo, era auténticamente osado, y poseía un carisma formidable, “as en la manga” de todo líder natural. Atacaron Santiago de Cuba, Villahermosa en Méjico (en cuya ocasión tubo que “tomar prestadas” dos fragatas españolas luego de que éstos tomaran las suyas mientras saqueaban el poblado), Granada en Nicaragua, gracias a la ayuda de los nativos que según cuentan las crónicas de la época, sugerían constantemente y sin misericordia que se eliminaran a todos los prisioneros (españoles), especialmente a los “hombres de Dios”, es decir, a los sacerdotes. El botín de esta expedición, que duró poco más de dos años, era incalculable.
Pero sus actividades no se limitaban al robo y el saqueo. Como ciudadano de Jamaica se le solicitó organizar una milicia que protegiera la isla de prometedores enemigos, a lo cual puso manos a la obra inmediatamente, culminando el período de reclutamiento con 700 hombres que patrullaban la costa en
embarcaciones de todos los tamaños y colores (desde fragatas a simples botes de remo).
El gran robo
Cansado del sedentarismo jamaiquino, en 1670 emprendió una nueva expedición con 36 embarcaciones y 1800 hombres a sus órdenes, en la cual, tras una larga deliberación con sus compañeros capitanes de la flota que se encontraba anclada a salvo en las cercanías de Panamá, decidió atacar esta imponente ciudad interina que en aquel entonces era la destinataria de todo el oro proveniente del Perú. La tarea que se había impuesto Morgan era en extremo difícil y arriesgada, en ese entonces no existía el canal que lleva ahora el mismo nombre, por lo que la misión incluía una duro recorrido a pie desde Chagres a través de espesa maleza y altas montañas. Incluso el mismísimo Sir Francis Drake había fracasado en una empresa similar varias décadas atrás.
La batalla fue larga y sofocante, pero finalmente Panamá sucumbió a la dura obstinación de este histórico estratega. Las ruinas de lo que alguna vez fue el “Sol de las Antillas”, se cubrió silenciosamente de una capa vegetal cual verde purificación de una vieja catástrofe.
A la edad de 45, Sir Henry era gobernador de Jamaica, Vicealmirante, Comandante del Regimiento de Port Royal, Juez de la Corte del Almirantazgo y “Justiciero de la Paz” (me pregunto cómo se traduciría esto en la práctica). Murió el 25 de Agosto de 1688.
Cuando, aún en vida, se publicó una biografía de sus aventuras, Morgan, ofendido por el perfil que los escritores habían dibujado de su persona, fue a juicio con la editorial, cobró un considerable suma de dinero por daños y perjuicios, y publicó la historia modificada a su gusto y conveniencia. Lo gracioso del asunto fue el porqué de su enfado, que no tenía verdaderas raíces en las atrocidades que según estos cronistas había cometido durante su carrera delictiva, sino en la aseveración de que el pirata había llegado a las Antillas como un humilde sirviente, y no como un noble y distinguido caballero, según él mismo se dignaba en asegurar. Otra muestra más de la disparatada y pintoresca personalidad de uno de los más insólitos personajes de la historia.
Barbanegra
La furia ardiente del Caribe
Se lo describió como “la personificación de lo descabellado, de la infinita osadía, una pesadilla nocturna tan falta de calidez humana que ningún crimen se encuentra por encima de él,…el vivo cuadro de un ogro que domina las aguas de Caribe”.
Oriundo de Bristol, Inglaterra, y miembro de una típica familia inglesa acomodada, comenzó su carrera en el mar como tripulación de un galeón corsario en busca, esta vez, de “carne” francesa. Al parecer en un período posterior de relativa paz entre las potencias marítimas, Edward Teach, como realmente se llamaba (incluso hay versiones de que su verdadero nombre fue Drummond), se embarcó bajo bandera pirata y rápidamente se distinguió entre las demás sabandijas por su fuerza, coraje y personalidad diabólicamente maligna. Los piratas eran los verdaderos ladrones del océano. Ellos se distinguían de los corsarios y bucaneros por su independencia, es decir, por no tener que rendirle cuentas a ningún rey, aunque por eso mismo carecían de protección y eran furiosamente perseguidos por todo el mundo.
Fue durante este período que se hizo famoso con el nombre de Barbanegra. Su reputación de maligno, entre otras razones menos pragmáticas, tenía que ver con la búsqueda de la intimidación directa de sus enemigos y víctimas. La primera impresión para Barbanegra era crucial, si el teatro de su fiereza y terrorífica personalidad tenía éxito, los atracos y la toma de prisioneros se lograba con mucha más facilidad y menos sangre que lo normal. La imagen lo era todo para él, y para conseguir el truco, sumaba a su enorme tamaño, que ya de por sí era intimidante, artimañas como vestir completamente de negro, llevar encima innumerable cantidad de armas blancas y pistolones por todos lados, y enrular la puntas de su barba colocando en ellas pequeñas mechas encendidas para dar la impresión de que este coloso guerrero ardía literalmente de furia.
Pero además debía de mantener a raya a los suyos, a su propia tripulación, y alejarlos de “ridículas” ideas como la rebelión o el motín. Para ello ejecutaba pequeños números recordatorios de su poder como cuando en una ocasión, estando en reunión con su gente, apagó el farol que estaba en la mesa y disparó su pistola al azar por debajo de la misma, lisiando a uno de los marineros. En otra oportunidad se encerró con un grupo de sus hombres en la bodega y prendió fuego unos potes que contenían combustible. Al rato los de cubierta podían ver el humo sulfuroso salir de las fisuras de cubierta y un segundo después se burlaban de sus compañeros que habían escapado de la sofocación todos juntos y se encontraban tosiendo como endemoniados. Barbanegra emergió un tiempo después, riendo y burlándose él también, dejando a todo el mundo impresionado.
Algunos datos curiosos
Son conocidas las historias de viejas amistades y alianzas entre algunos de los más temidos piratas de las Antillas, y una de las más populares trata de la que se forjó entre Barbanegra y Stede Bonnet, irónicamente llamado “el pirata caballeroso”. Juntos recorrieron la costa desde las Bahamas hasta Nueva Inglaterra, cobrando un botín de 12 embarcaciones.
El refugio predilecto de este escurridizo muchacho era una pequeña islita llamada Ocracoke, donde se encontraba el “Castillo de Barbanegra”, probablemente una choza un poco más grande y mejor armada que las que habían construido para vivir en tierra.
Las banderas que flameaban en la punta del mástil de los barcos piratas no siempre mostraban la típica calavera con las dos tibias cruzadas detrás. La de Barbarroja, por ejemplo, consistía en una calavera con cuernos.
El Rasputín de los trópicos
El encuentro entre Barbanegra y su cazador, el capitán Robert Maynard, fue histórico y brutal. Este atrevido oficial de la marina inglesa había sido enviado a comandar el “Ranger” como parte de una expedición con el objetivo de atrapar al pirata y así acabar con el terror que enlvolvía las costas de Carolina de Norte. Lo avistó finalmente en las cercanías de la pequeña islilla Ocracoke.
La batalla comenzó dispareja, cañones contra artillería liviana, los atacantes eran atacados sin piedad. Pero al parecer todo era parte de un truco ideado por Maynard. Al rato ordenó a muchos de sus hombres que se ocultaran debajo de cubierta para parecer menor número y así alentar al “Adventure” (la goleta insignia de Barbanegra) a abordarlos sin cuidado. Así fue, y cuando menos se lo esperaban los soldados escondidos emergieron rodeando al enemigo anonadado.
El caos era total, cuentan las crónicas de la época que el mar alrrededor del Ranger estaba literalmente teñido de sangre. Pero lo más espectacular fue la muerte de aquel gigante barbudo y temible de Barbanegra. En un encuentro cara a cara con Maynard, primero recibe un tiro de pistola mientras reboleaba su sable, lo cual no le impide quitarle la espada a su adversario con un golpe tremendo de la suya, y luego es sorprendido por un soldado que, trepándose a él por la espalda, consigue cortarle la garganta de una cuchillada. Aún así continúa peleando unos minutos más hasta que, mientras intentaba desenfundar una de sus armas de fuego, se desploma definitivamente en el suelo. Cual Rasputín de los trópicos, le encontraron 25 heridas en todo el cuerpo, 5 de las cuales eran agujeros de balas.
La leyenda cuenta que luego de colgar su cabeza en la punta del mástil del Ranger, el cuerpo lanzado al mar nadó varias veces desafiante alrededor del barco antes de hundirse para siempre. Durante años la cabeza fue exhibida en un poste en la confluencia de los ríos Hampton y James, y posteriormente se utilizó su cráneo para confeccionar un tazón en el cual bebían los marineros de una taberna vecina. Incluso existe un tal Charles Whedbee que dice haber echo esto en compañía de un amigo de Carolina del Norte, muy cerca de Ocracoke en el año 1930.
Obviamente en estos relatos de vidas fascinantes, mundos exóticos y aventuras tan alejadas de nuestra cotidiana concepción de la vida, no se puede evitar pensar en exageraciones, mucha imaginación y poco rigor histórico. Aunque lo que aquí se cuenta está basado en datos extraídos de una bibliografía seria y confiable, las mismas fuentes, por un factor puramente temporal, siempre estarán sujetas a dudas y escepticismos justificados. Nietzche, gran pensador del siglo XIX, decía que la historia no nos presenta una realidad absoluta, sino que se forma a raíz de una serie de versiones posibles, de “interpretaciones en perspectiva” de lo que realmente ocurrió. De cualquier manera, siempre hay que tener un resto de cuidado y saber que no todo fue como los libros nos lo cuentan.
Sea como sea, lo que sí importa y vale la pena registrar, es la fascinación, la sorpresa y en algunos casos, la admiración que sentimos ante los tremendos acontecimientos que el pasado nos regala con sus divertidas anécdotas y fabulosos episodios. En fin, los piratas han sido, y para los que no lo suponían, aún siguen siendo, uno de esos insectos molestos con los que la humanidad ha tenido que lidiar desde tiempos inmemorables. Pero aún así no podemos evitar que nos llamen la atención y le demos crédito por habernos dado tantas horas de juego y fantasía durante nuestra infancia, y porque constituyan, más seriamente hablando, un capítulo incuestionable en la historia del ser humano, criatura extraña y contradictoria, ladrón y héroe a la vez.
De qué están hechos nuestros dioses
“Porque si los hombres creen que esta tierra es el único cielo, tanto más procurarán hacer un cielo de ella.” (Sir Arthur Keith)
Hace ya algunos días que este joven muchacho de Acassuso, amigo de las olas y amante de las velas, tropezaba su existencia a 2000 mtrs. de altura - mojado hasta el subconsciente y ametrallando los dientes por el frío – justo en las caderas de un volcán que insinuaba sus restantes mil metros tras un misterioso velo de nubes frescas.
El Lanín es como una mujer hermosa e inteligente: atractiva pero impredecible, de caprichoso humor y sobretodo gran conocedora de su propio encanto. Única entre todas, sabe bien como desquiciar. Aquel día amaneció de muy mal humor y no paraba de lamentar sus penas dando soberbios resoplidos de furia en medio de una obscura tormenta.
Lógicamente, no llegamos a la cima; ni siquiera tocamos el refugio. A mitad de camino cacheteamos nuestros cuerpos citadinos 180 grados e iniciamos el retorno cuesta abajo hacia territorio conocido. “Demasiado viento”, decían. “Demasiadas quejas”, si a mí me lo preguntan. Pero así es la montaña, así son las verdaderas fuerzas de la naturaleza. ¿De dónde creen, si no, que surgieron todos esos dioses mitológicos?...y no me refiero solo a los griegos.
Hay muchos dioses dando vueltas por ahí. Los vemos todos los días, creemos poder controlarlos pero son ellos los que tienen las riendas del asunto. Y muy a menudo se aseguran de que no lo vayamos a olvidar. Como la vez que me encontraba en la costa mansa de nuestro cercano oriente - hace ya más de un lustro - a orillas de un atlántico invernal, y una pelirroja exuberante surgida de las mismísimas entrañas de aquel enorme esqueleto de madera, se nos fue de las manos y creció alto por encima de nuestras cabezas. Fogosa y dominante, derrochaba pasión en una danza nocturna e infernal. No habiendo forma de controlarla, fuimos esclavos de su tormento, partícipes de su existencia. El fuego, como la montaña, es un dios muy poderoso. Tan poderoso que solo otro dios es capaz de detenerlo. Un dios de múltiples formas, pero con un solo fundamento.
¿Como obtuvieron su reino sobre el centenar de corrientes menores los grandes mares y océanos? Por el mérito de estar más abajo que ellos; así es como obtuvieron su reino. (Laotse, filósofo taoísta chino)
Y así llegamos a nuestra amiga oceánica, aquella basta acumulación de agua y sal, enorme y misteriosa, profunda y sentimental. Ella también me enseñó su ira. Estábamos solos y ya era tarde de colores vivos. Nuestros cuerpos se envolvían entre arrecifes de coral. Debía penetrar mar adentro y ya asomaba la noche. No sé cual fue la excusa, pero de pronto la miré aterrado pues estaba enloquecida y tiraba golpes gritando locuras acerca de la vida. Estuvo así largas horas de luna. Nada la tranquilizaba. Le hablé con ternura susurrando cosas bellas al vacío; canté mil soles y mirarla fue el olvido. Todo era en vano. Solo ella, y por sus propias y ocultas razones, tomó la decisión de descansar.
Los dioses existen, no cabe duda al respecto. Son ellos la suma de todas las partes. ¡Cuántas veces nos hemos estancado momentos indefinidos mientras estas fuerzas de la madre tierra juegan con nuestros sentidos, quitándonos el individuo y haciéndonos uno con el universo! Las arrugas de la tierra, marcando una edad sin horizontes; las llamas de un fuego eterno, devolviendo nuestros cuerpos al suelo de donde vino; el líquido elemento, lubricante universal. Y al final del día, todas las miradas se inclinan hacia arriba en busca de nuestro primer hogar. Somos del mismo material del que están hechas las estrellas. Alguna vez, hace ya mucho tiempo, formamos parte de las mismas.
“La felicidad, tanto para la abeja como para el delfín, consiste en existir. Para el hombre es saber de la existencia y maravillarse con ella.” (Jacques Cousteau)
En mis años de presencia en este maravilloso mundo, los únicos dioses verdaderos que he conocido existen a partir de la relación que se establece entre los fenómenos de la naturaleza y nuestra propia percepción. Mientras ellos ofrecen su fuerza y complejidad, nosotros nos encargamos de buscarles un sentido. Así como sucede con la amistad y el amor, no son las partes lo que cuenta, sino la conexión entre las mismas.
Como alguna vez dijo Alan Watts – pensador y bohemio – en su Libro del Tabú: “Hasta ahora, los poetas y filósofos de la ciencia han usado la vasta extensión y duración del universo como pretexto para reflexionar sobre la insignificancia del hombre, olvidando que el ser humano, con ese “telar encantado”, el cerebro, es justamente quien transforma esta inmensa pulsación eléctrica en luz y color, forma y sonido, grande y pequeño, duro y blando, largo y corto. Al conocer el mundo lo humanizamos, y si, al descubierto, nos maravillamos ante sus dimensiones y complejidades, deberíamos felicitarnos igualmente por tener un cerebro para percibirlo.”
Así, el mundo entero es un gran Dios, y nosotros somos su conciencia.
Hace ya algunos días que este joven muchacho de Acassuso, amigo de las olas y amante de las velas, tropezaba su existencia a 2000 mtrs. de altura - mojado hasta el subconsciente y ametrallando los dientes por el frío – justo en las caderas de un volcán que insinuaba sus restantes mil metros tras un misterioso velo de nubes frescas.
El Lanín es como una mujer hermosa e inteligente: atractiva pero impredecible, de caprichoso humor y sobretodo gran conocedora de su propio encanto. Única entre todas, sabe bien como desquiciar. Aquel día amaneció de muy mal humor y no paraba de lamentar sus penas dando soberbios resoplidos de furia en medio de una obscura tormenta.
Lógicamente, no llegamos a la cima; ni siquiera tocamos el refugio. A mitad de camino cacheteamos nuestros cuerpos citadinos 180 grados e iniciamos el retorno cuesta abajo hacia territorio conocido. “Demasiado viento”, decían. “Demasiadas quejas”, si a mí me lo preguntan. Pero así es la montaña, así son las verdaderas fuerzas de la naturaleza. ¿De dónde creen, si no, que surgieron todos esos dioses mitológicos?...y no me refiero solo a los griegos.
Hay muchos dioses dando vueltas por ahí. Los vemos todos los días, creemos poder controlarlos pero son ellos los que tienen las riendas del asunto. Y muy a menudo se aseguran de que no lo vayamos a olvidar. Como la vez que me encontraba en la costa mansa de nuestro cercano oriente - hace ya más de un lustro - a orillas de un atlántico invernal, y una pelirroja exuberante surgida de las mismísimas entrañas de aquel enorme esqueleto de madera, se nos fue de las manos y creció alto por encima de nuestras cabezas. Fogosa y dominante, derrochaba pasión en una danza nocturna e infernal. No habiendo forma de controlarla, fuimos esclavos de su tormento, partícipes de su existencia. El fuego, como la montaña, es un dios muy poderoso. Tan poderoso que solo otro dios es capaz de detenerlo. Un dios de múltiples formas, pero con un solo fundamento.
¿Como obtuvieron su reino sobre el centenar de corrientes menores los grandes mares y océanos? Por el mérito de estar más abajo que ellos; así es como obtuvieron su reino. (Laotse, filósofo taoísta chino)
Y así llegamos a nuestra amiga oceánica, aquella basta acumulación de agua y sal, enorme y misteriosa, profunda y sentimental. Ella también me enseñó su ira. Estábamos solos y ya era tarde de colores vivos. Nuestros cuerpos se envolvían entre arrecifes de coral. Debía penetrar mar adentro y ya asomaba la noche. No sé cual fue la excusa, pero de pronto la miré aterrado pues estaba enloquecida y tiraba golpes gritando locuras acerca de la vida. Estuvo así largas horas de luna. Nada la tranquilizaba. Le hablé con ternura susurrando cosas bellas al vacío; canté mil soles y mirarla fue el olvido. Todo era en vano. Solo ella, y por sus propias y ocultas razones, tomó la decisión de descansar.
Los dioses existen, no cabe duda al respecto. Son ellos la suma de todas las partes. ¡Cuántas veces nos hemos estancado momentos indefinidos mientras estas fuerzas de la madre tierra juegan con nuestros sentidos, quitándonos el individuo y haciéndonos uno con el universo! Las arrugas de la tierra, marcando una edad sin horizontes; las llamas de un fuego eterno, devolviendo nuestros cuerpos al suelo de donde vino; el líquido elemento, lubricante universal. Y al final del día, todas las miradas se inclinan hacia arriba en busca de nuestro primer hogar. Somos del mismo material del que están hechas las estrellas. Alguna vez, hace ya mucho tiempo, formamos parte de las mismas.
“La felicidad, tanto para la abeja como para el delfín, consiste en existir. Para el hombre es saber de la existencia y maravillarse con ella.” (Jacques Cousteau)
En mis años de presencia en este maravilloso mundo, los únicos dioses verdaderos que he conocido existen a partir de la relación que se establece entre los fenómenos de la naturaleza y nuestra propia percepción. Mientras ellos ofrecen su fuerza y complejidad, nosotros nos encargamos de buscarles un sentido. Así como sucede con la amistad y el amor, no son las partes lo que cuenta, sino la conexión entre las mismas.
Como alguna vez dijo Alan Watts – pensador y bohemio – en su Libro del Tabú: “Hasta ahora, los poetas y filósofos de la ciencia han usado la vasta extensión y duración del universo como pretexto para reflexionar sobre la insignificancia del hombre, olvidando que el ser humano, con ese “telar encantado”, el cerebro, es justamente quien transforma esta inmensa pulsación eléctrica en luz y color, forma y sonido, grande y pequeño, duro y blando, largo y corto. Al conocer el mundo lo humanizamos, y si, al descubierto, nos maravillamos ante sus dimensiones y complejidades, deberíamos felicitarnos igualmente por tener un cerebro para percibirlo.”
Así, el mundo entero es un gran Dios, y nosotros somos su conciencia.
La terrible sombra blanca
"¡Ahí sopla! ¡Ahí sopla! ¡Un lomo como una montaña de nieve! ¡Es Moby Dick!"
Herman Melville, al igual que el universal Joseph Conrad y su coterráneo Edgar Alan Poe, pertenece a un linaje de poetas profundos y aventureros. Su exploración de los temas psicológicos y metafísicos influyó en las preocupaciones literarias del siglo XX, y sus viajes alimentaron fantasías mucho más que simplemente emocionantes. Sus obras permanecieron relativamente “inadvertidas” hasta la década de 1920; al parecer, discrepaban bastante con la cosmovisión norteamericana de su época.
Melville nació en la ciudad de Nueva York el 1 de agosto de 1819, en el seno de una familia ilustre venida a menos. Tenía ascendencia inglesa y holandesa. Sus padres eran piadosos y lo educaron de acuerdo con severas reglas presbiterianas. En 1830 el negocio de importaciones de su padre experimentó una peligrosa depresión y la familia se trasladó a Albany, donde Herman frecuentó la Albany Academy. Al morir su padre, la familia heredó una buena cantidad de deudas, por lo que Herman tuvo que abandonar sus estudios para ayudar con la economía del hogar. Durante los siguientes cinco años trabajó en un banco, en el almacén de su hermano, en una granja, en una escuela como docente y en la aduana de Nueva York.
Sus viajes
“Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes(...) entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano”.*
Los relatos de su padre, eterno viajero, y de su tío, viejo lobo de mar, le inculcaron en su infancia la atracción por la aventura. En la primavera de 1837, embarcó como grumete en el Highlander, velero mercante de la línea Nueva York - Liverpool. La novela Redburn (1849) está basada en este primer viaje. De regreso a Estados Unidos, trabajó como profesor y en 1841 viajó a los Mares del Sur a bordo del ballenero Acushnet. Tras 18 meses de travesía abandonó el barco junto con Tobías Green, en las islas Marquesas (9 de julio de 1842) y vivió un mes entre los caníbales. La novela Omoo evoca su idilio con una hermosa indígena de aquellas islas. Después de la huída de Green, escapó en el ballenero australiano Lucy Ann y desembarcó en Papeete (Tahití), donde pasó algún tiempo en prisión. Una vez liberado, trabajó como agricultor en las plantaciones de la zona y viajó a Honolulú (Hawaii), en busca de nuevos horizontes. Desde allí, en 1843, se enroló en la fragata de la Marina estadounidense United States. Desembarcó en Boston el 14 de octubre de 1844.
“Probablemente habréis visto muchas embarcaciones extrañas(...) pero os aseguro que nunca habréis visto una extraña vieja embarcación como esta misma extraña y vieja Pequod. Era un barco de antigua escuela, más bien pequeño si acaso, todo él con un anticuado aire de patas de garra. Curtido y atezado por el clima, entre los ciclones y las calmas de los cuatro océanos, la tez del viejo casco se había oscurecido como la de un granadero francés que ha combatido tanto en Egipto como en Siberia. Su venerable proa tenía aspecto de barbado(...) Sus antiguas cubiertas estaban desgastadas y arrugadas como la losa, venerada por los peregrinos, de la catedral de Canterbury..."
A partir de 1844 dejó de navegar y comenzó a escribir novelas basadas en sus experiencias como marino. Typee (1846), Omoo (1847) y Mardi (1849) están ambientadas en las islas de los Mares del Sur. Estos dos primeros relatos lograron un notable éxito por la novedad del asunto y el estilo, así como por la claridad al referirse a asuntos sexuales y al criticar las misiones de las islas. Se casó en 1847 con Elizabeth Shaw y se instaló en Nueva York, donde formó parte de un grupo literario cuyo centro eran los hermanos Evert Augustus y George Long Duyckinck, eminentes editores. Estudió filosofía y leyó apasionadamente a Rabelais, Sir Thomas Browne, Shakespeare y Carlyle. Fue entonces cuando apareció en su mente los esbozos de la “terrible sombra blanca”.
Moby Dick
“Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.”
En 1850 se estableció en una granja cerca de Pittsfield (Massachusetts), donde entabló una estrecha amistad con Nathaniel Hawthorne, autor que ejercería una gran influencia en Melville y a quien éste dedicó su obra maestra, Moby Dick o la ballena blanca (1851). El tema central es el conflicto entre el capitán Ahab y la gran ballena blanca que le arrancó la pierna a la altura de la rodilla. Ahab, ávido de venganza, se lanza con toda su tripulación a una desesperada búsqueda de su ahora mortal enemigo. La obra sobrepasa en mucho la aventura y se convierte en una alegoría sobre el mal incomprensible representado por la ballena, vil monstruo de las profundidades que ataca y destruye lo que se pone en su camino. El mismo capitán Ahab representa la maldad absurda y obstinada, personaje rencoroso que sostiene una venganza personal arrastrando a muchos hacia una muerte inútil. Sólo Ismael se salva del desastre, recogido del mar por el capitán del Raquel. El carácter del solidario Ismael se opone al de Ahab porque comparte con sus compañeros las vicisitudes de la precaria condición del hombre. La obra explora tal número de niveles de comprensión que es merecedora de los repetidos elogios a su profundidad y perdurabilidad. La ambigüedad con la que se juzgan el bien y el mal la convierte en descendiente directa de las grandes odiseas de la literatura antigua.
“Y justo en ese momento, se oyó el alarido triunfante de treinta pulmones, cuando surgió Moby Dick a la vista, saltando(...) Subiendo de lo más profundo del océano, lanzaba su volumen total en el aire, para volver a caer en un salto que los balleneros llaman el reto.”
El éxito comercial no acompañó a sus primeros años de existencia. Como bien aclara Manuel García (escritor Tinerfeño) en un ensayo sobre esta gran obra:“En ella, Melville niega el optimismo sobre el que se fundaron los Estados Unidos y advierte de los peligros del poder sin responsabilidad, el orgullo cegador, la sustitución de los fines verdaderos por otros falsos, el sacrificio del bien colectivo en aras de la libertad abstracta del individuo, la división simplista en luchas de buenos y malos...” como verán, se trataba de un discurso poco agradable para el oficialismo de la época; en fin, de cualquier época (sólo los valientes critican el presente).
Harold Bloom¹ comenta al respecto de esta maravillosa novela:
“Leer bien Moby Dick es una empresa vasta, según corresponde a uno de los pocos aspirantes auténticos a convertirse en épica nacional estadounidense(...) Figura nítidamente shakesperiana -con tantas afinidades con el rey Lear como con Macbeth- en un sentido técnico, Ahab es un verdadero héroe-malvado. Tras sesenta años de relecturas, no me he desviado de la experiencia que tuve al leerla a los nueve: para mí Ahab es, antes que nada, un héroe(...) Es cierto, Ahab es responsable de la muerte de su tripulación -incluido él- con la sola excepción del narrador -Ismael- un superviviente a la manera de Job. Y, no obstante, cuando les pidió a sus marineros que se unieran a él para dar caza a Moby Dick, el Leviatán, una ballena blanca evidentemente imposible de matar, ni uno solo de ellos se niega, ni siquiera Starbuck, el reticente primer oficial. Cualquiera que sea la culpabilidad de Ahab, la decisión de los marineros fue libre(...) parece mejor pensar en el capitán del Pequod como un protagonista trágico, muy cercano al Satán de Milton. Dentro de su monomanía visionaria, Ahab tiene un toque quijotesco, si bien su dureza nada tiene en común con el espíritu lúdico de don Quijote. William Faulkner dijo una vez que Moby Dick era el libro que le hubiera gustado escribir; lo más parecido que escribió fue ¡Absalón, Absalón!, cuyo obsesionado protagonista, Thomas Sutpen, puede considerarse el Ahab de Faulkner. Rizando el rizo de su retorcida retórica, éste observó que el final de Ahab era "una especie de Gólgota² del corazón que en la sonoridad de su ruinoso hundimiento, se vuelve inmutable". La palabra "ruinoso" no es peyorativa, ya que Faulkner añadió: "Bien, ésta es una muerte digna de un hombre". Moby Dick es el paradigma novelístico de lo sublime para los estadounidenses: un logro fuera de lo común, no importa que sea en la cumbre o en el abismo. Pese a la considerable deuda que tiene con Shakespeare, es una obra inusualmente original.”
“(...) y de repente, la ballenera de Acab, única que quedaba indemne, comenzó a subir como empujada por una fuerza irresistible: Moby Dick la elevaba con su mole. El choque fue tan fuerte que Acab fue lanzado al mar. Luego, el cachalote dio un brusco giro y partió raudamente, arrastrando todos aquellos cables enmarañados.”
Así habla Pérez Reverte³ acerca de Moby Dick:
“Porque mis héroes siempre tuvieron los pies en la tierra o en la movediza cubierta de un barco-, el mar fue siempre desafío y camino, y desde su infancia, asomados a los puertos y a las orillas, los hombres aprendieron a soñar con las cosas remotas que albergan, sin saberlo, en su propio corazón(...) en todas esas novelas vinculadas con el mar -más aún que en ningunas otras- se cumple inexorable el gran ritual de la literatura, de la aventura y de la vida: el viaje peligroso mediante el cual, quien se atreve a emprenderlo, progresa en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que vive(...) Y a su regreso ya no es el mismo: para bien o para mal, será incapaz de ver el mundo igual que antes de partir. Ahora sabe lo que los demás ignoran. Es el joven Hawkins desembarcando a su regreso de la isla del tesoro, Tuan Jim dando sus últimos pasos en Patusán, Ismael agarrado al ataúd calafateado de Queequeg, Jasón y Medea reprochándose el pasado, Gulliver al final de su último viaje, con la amarga certeza de que los caballos son los únicos seres racionales...
Compadezco a los hombres cómodos, resignados y razonables que nunca leyeron libros que estremecieran su corazón. Compadezco a quienes nunca se dejaron seducir y arrastrar por una moneda de oro, una mujer hermosa, un amigo fiel, una aventura descubierta en un libro. Compadezco a los que nunca dormirán la paz eterna con todos los piratas, junto a la tumba donde se pudren ellos y sus sueños.”
“-Está escrito -respondió Acab-. Mañana será el tercer día y el tercero es el último en la vida de una ballena herida. ¿Tenéis temor, valientes?
-Indomables, como siempre, señor -dijo Stubb.
Al oscurecer, la ballena seguía a la vista, siempre a sotavento, como si fuera ella la que esperaba...”
1) Harold Bloom: Neoyorquino, hijo de inmigrantes judíos procedentes de la Europa oriental, Harold Bloom (1930) asistió desde su cátedra de Yale al derrumbe de la versión norteamericana del formalismo literario. Escritor y crítico, publicó más de veinte libros, entre ellos el polémico El canon occidental y el reciente Shakespeare, la invención de lo humano, además de la edición en bolsillo de Cómo leer y por qué, entre muchos otros.
2) Las Caverna de los Tesoros, la más antigua narración oriental del viaje de los Magos (los Reyes Magos), centra su narración en un punto básico —el «Centro de la Tierra»— cual es el Gólgota, en el que se reúnen las fuerzas de la creación.
3) Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, noviembre de 1951) se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión, cubriendo informativamente los conflictos internacionales en ese periodo. Famoso por sus novelas del Capitán Alatriste.
* Las citas en cursiva pertenecen a “Moby Dick”.
Herman Melville, al igual que el universal Joseph Conrad y su coterráneo Edgar Alan Poe, pertenece a un linaje de poetas profundos y aventureros. Su exploración de los temas psicológicos y metafísicos influyó en las preocupaciones literarias del siglo XX, y sus viajes alimentaron fantasías mucho más que simplemente emocionantes. Sus obras permanecieron relativamente “inadvertidas” hasta la década de 1920; al parecer, discrepaban bastante con la cosmovisión norteamericana de su época.
Melville nació en la ciudad de Nueva York el 1 de agosto de 1819, en el seno de una familia ilustre venida a menos. Tenía ascendencia inglesa y holandesa. Sus padres eran piadosos y lo educaron de acuerdo con severas reglas presbiterianas. En 1830 el negocio de importaciones de su padre experimentó una peligrosa depresión y la familia se trasladó a Albany, donde Herman frecuentó la Albany Academy. Al morir su padre, la familia heredó una buena cantidad de deudas, por lo que Herman tuvo que abandonar sus estudios para ayudar con la economía del hogar. Durante los siguientes cinco años trabajó en un banco, en el almacén de su hermano, en una granja, en una escuela como docente y en la aduana de Nueva York.
Sus viajes
“Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes(...) entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano”.*
Los relatos de su padre, eterno viajero, y de su tío, viejo lobo de mar, le inculcaron en su infancia la atracción por la aventura. En la primavera de 1837, embarcó como grumete en el Highlander, velero mercante de la línea Nueva York - Liverpool. La novela Redburn (1849) está basada en este primer viaje. De regreso a Estados Unidos, trabajó como profesor y en 1841 viajó a los Mares del Sur a bordo del ballenero Acushnet. Tras 18 meses de travesía abandonó el barco junto con Tobías Green, en las islas Marquesas (9 de julio de 1842) y vivió un mes entre los caníbales. La novela Omoo evoca su idilio con una hermosa indígena de aquellas islas. Después de la huída de Green, escapó en el ballenero australiano Lucy Ann y desembarcó en Papeete (Tahití), donde pasó algún tiempo en prisión. Una vez liberado, trabajó como agricultor en las plantaciones de la zona y viajó a Honolulú (Hawaii), en busca de nuevos horizontes. Desde allí, en 1843, se enroló en la fragata de la Marina estadounidense United States. Desembarcó en Boston el 14 de octubre de 1844.
“Probablemente habréis visto muchas embarcaciones extrañas(...) pero os aseguro que nunca habréis visto una extraña vieja embarcación como esta misma extraña y vieja Pequod. Era un barco de antigua escuela, más bien pequeño si acaso, todo él con un anticuado aire de patas de garra. Curtido y atezado por el clima, entre los ciclones y las calmas de los cuatro océanos, la tez del viejo casco se había oscurecido como la de un granadero francés que ha combatido tanto en Egipto como en Siberia. Su venerable proa tenía aspecto de barbado(...) Sus antiguas cubiertas estaban desgastadas y arrugadas como la losa, venerada por los peregrinos, de la catedral de Canterbury..."
A partir de 1844 dejó de navegar y comenzó a escribir novelas basadas en sus experiencias como marino. Typee (1846), Omoo (1847) y Mardi (1849) están ambientadas en las islas de los Mares del Sur. Estos dos primeros relatos lograron un notable éxito por la novedad del asunto y el estilo, así como por la claridad al referirse a asuntos sexuales y al criticar las misiones de las islas. Se casó en 1847 con Elizabeth Shaw y se instaló en Nueva York, donde formó parte de un grupo literario cuyo centro eran los hermanos Evert Augustus y George Long Duyckinck, eminentes editores. Estudió filosofía y leyó apasionadamente a Rabelais, Sir Thomas Browne, Shakespeare y Carlyle. Fue entonces cuando apareció en su mente los esbozos de la “terrible sombra blanca”.
Moby Dick
“Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.”
En 1850 se estableció en una granja cerca de Pittsfield (Massachusetts), donde entabló una estrecha amistad con Nathaniel Hawthorne, autor que ejercería una gran influencia en Melville y a quien éste dedicó su obra maestra, Moby Dick o la ballena blanca (1851). El tema central es el conflicto entre el capitán Ahab y la gran ballena blanca que le arrancó la pierna a la altura de la rodilla. Ahab, ávido de venganza, se lanza con toda su tripulación a una desesperada búsqueda de su ahora mortal enemigo. La obra sobrepasa en mucho la aventura y se convierte en una alegoría sobre el mal incomprensible representado por la ballena, vil monstruo de las profundidades que ataca y destruye lo que se pone en su camino. El mismo capitán Ahab representa la maldad absurda y obstinada, personaje rencoroso que sostiene una venganza personal arrastrando a muchos hacia una muerte inútil. Sólo Ismael se salva del desastre, recogido del mar por el capitán del Raquel. El carácter del solidario Ismael se opone al de Ahab porque comparte con sus compañeros las vicisitudes de la precaria condición del hombre. La obra explora tal número de niveles de comprensión que es merecedora de los repetidos elogios a su profundidad y perdurabilidad. La ambigüedad con la que se juzgan el bien y el mal la convierte en descendiente directa de las grandes odiseas de la literatura antigua.
“Y justo en ese momento, se oyó el alarido triunfante de treinta pulmones, cuando surgió Moby Dick a la vista, saltando(...) Subiendo de lo más profundo del océano, lanzaba su volumen total en el aire, para volver a caer en un salto que los balleneros llaman el reto.”
El éxito comercial no acompañó a sus primeros años de existencia. Como bien aclara Manuel García (escritor Tinerfeño) en un ensayo sobre esta gran obra:“En ella, Melville niega el optimismo sobre el que se fundaron los Estados Unidos y advierte de los peligros del poder sin responsabilidad, el orgullo cegador, la sustitución de los fines verdaderos por otros falsos, el sacrificio del bien colectivo en aras de la libertad abstracta del individuo, la división simplista en luchas de buenos y malos...” como verán, se trataba de un discurso poco agradable para el oficialismo de la época; en fin, de cualquier época (sólo los valientes critican el presente).
Harold Bloom¹ comenta al respecto de esta maravillosa novela:
“Leer bien Moby Dick es una empresa vasta, según corresponde a uno de los pocos aspirantes auténticos a convertirse en épica nacional estadounidense(...) Figura nítidamente shakesperiana -con tantas afinidades con el rey Lear como con Macbeth- en un sentido técnico, Ahab es un verdadero héroe-malvado. Tras sesenta años de relecturas, no me he desviado de la experiencia que tuve al leerla a los nueve: para mí Ahab es, antes que nada, un héroe(...) Es cierto, Ahab es responsable de la muerte de su tripulación -incluido él- con la sola excepción del narrador -Ismael- un superviviente a la manera de Job. Y, no obstante, cuando les pidió a sus marineros que se unieran a él para dar caza a Moby Dick, el Leviatán, una ballena blanca evidentemente imposible de matar, ni uno solo de ellos se niega, ni siquiera Starbuck, el reticente primer oficial. Cualquiera que sea la culpabilidad de Ahab, la decisión de los marineros fue libre(...) parece mejor pensar en el capitán del Pequod como un protagonista trágico, muy cercano al Satán de Milton. Dentro de su monomanía visionaria, Ahab tiene un toque quijotesco, si bien su dureza nada tiene en común con el espíritu lúdico de don Quijote. William Faulkner dijo una vez que Moby Dick era el libro que le hubiera gustado escribir; lo más parecido que escribió fue ¡Absalón, Absalón!, cuyo obsesionado protagonista, Thomas Sutpen, puede considerarse el Ahab de Faulkner. Rizando el rizo de su retorcida retórica, éste observó que el final de Ahab era "una especie de Gólgota² del corazón que en la sonoridad de su ruinoso hundimiento, se vuelve inmutable". La palabra "ruinoso" no es peyorativa, ya que Faulkner añadió: "Bien, ésta es una muerte digna de un hombre". Moby Dick es el paradigma novelístico de lo sublime para los estadounidenses: un logro fuera de lo común, no importa que sea en la cumbre o en el abismo. Pese a la considerable deuda que tiene con Shakespeare, es una obra inusualmente original.”
“(...) y de repente, la ballenera de Acab, única que quedaba indemne, comenzó a subir como empujada por una fuerza irresistible: Moby Dick la elevaba con su mole. El choque fue tan fuerte que Acab fue lanzado al mar. Luego, el cachalote dio un brusco giro y partió raudamente, arrastrando todos aquellos cables enmarañados.”
Así habla Pérez Reverte³ acerca de Moby Dick:
“Porque mis héroes siempre tuvieron los pies en la tierra o en la movediza cubierta de un barco-, el mar fue siempre desafío y camino, y desde su infancia, asomados a los puertos y a las orillas, los hombres aprendieron a soñar con las cosas remotas que albergan, sin saberlo, en su propio corazón(...) en todas esas novelas vinculadas con el mar -más aún que en ningunas otras- se cumple inexorable el gran ritual de la literatura, de la aventura y de la vida: el viaje peligroso mediante el cual, quien se atreve a emprenderlo, progresa en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que vive(...) Y a su regreso ya no es el mismo: para bien o para mal, será incapaz de ver el mundo igual que antes de partir. Ahora sabe lo que los demás ignoran. Es el joven Hawkins desembarcando a su regreso de la isla del tesoro, Tuan Jim dando sus últimos pasos en Patusán, Ismael agarrado al ataúd calafateado de Queequeg, Jasón y Medea reprochándose el pasado, Gulliver al final de su último viaje, con la amarga certeza de que los caballos son los únicos seres racionales...
Compadezco a los hombres cómodos, resignados y razonables que nunca leyeron libros que estremecieran su corazón. Compadezco a quienes nunca se dejaron seducir y arrastrar por una moneda de oro, una mujer hermosa, un amigo fiel, una aventura descubierta en un libro. Compadezco a los que nunca dormirán la paz eterna con todos los piratas, junto a la tumba donde se pudren ellos y sus sueños.”
“-Está escrito -respondió Acab-. Mañana será el tercer día y el tercero es el último en la vida de una ballena herida. ¿Tenéis temor, valientes?
-Indomables, como siempre, señor -dijo Stubb.
Al oscurecer, la ballena seguía a la vista, siempre a sotavento, como si fuera ella la que esperaba...”
1) Harold Bloom: Neoyorquino, hijo de inmigrantes judíos procedentes de la Europa oriental, Harold Bloom (1930) asistió desde su cátedra de Yale al derrumbe de la versión norteamericana del formalismo literario. Escritor y crítico, publicó más de veinte libros, entre ellos el polémico El canon occidental y el reciente Shakespeare, la invención de lo humano, además de la edición en bolsillo de Cómo leer y por qué, entre muchos otros.
2) Las Caverna de los Tesoros, la más antigua narración oriental del viaje de los Magos (los Reyes Magos), centra su narración en un punto básico —el «Centro de la Tierra»— cual es el Gólgota, en el que se reúnen las fuerzas de la creación.
3) Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, noviembre de 1951) se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión, cubriendo informativamente los conflictos internacionales en ese periodo. Famoso por sus novelas del Capitán Alatriste.
* Las citas en cursiva pertenecen a “Moby Dick”.
17/9/08
John Paul Jones
El furibundo caballero de los siete mares
Reconocido en los Estados Unidos como el “Padre de la Marina Americana”. Nació en la pobreza y a través de sus logros personales llegó a convertirse en un distinguido oficial que luchó tanto para su pueblo adoptivo (Estados Unidos) como para la Madre Rusia. En Inglaterra se lo recuerda como a un pirata despiadado.
“Deseo no tener conexión con ninguna embarcación que navegue lento, pues mi intención es ir en la ruta de la destrucción.”
De hecho Benjamín Disraeli, uno de sus primeros biógrafos, escribió que las enfermeras en Escocia hacían callar a sus pequeños y ruidosos pacientes con solo susurrar su nombre (el de John Paul, claro). En Holanda existe una canción “Aquí viene John Paul Jones, ese buen muchacho” que los niños del colegio aún hoy entonan.
A continuación les dejo una breve reseña de este hombre, tan talentoso y encantador como orgulloso e irritable, quien fuera condecorado con una medalla y una espada, ambas de oro, por sus “valiosos” servicios a la Patria, y luego enterrado en una foza sin nombre en la que permaneció anónimo durante más de un siglo.
El hijo de un jardinero
John Paul (él mismo agregó el Jones más tarde) nació en Arbigland, una finca del sudoeste de Escocia, el 6 de Julio de 1747. Fue el cuarto hijo de John Paul and Jean MacDuff. Seis fueron en total sus hermanos, pero dos de ellos murieron a muy temprana edad. Su padre era el jardinero de la finca.
John Paul se educó oficialmente en el Kirkbean School (un colegio de la zona) pero la verdad es que se pasaba la mayor parte del tiempo en los muelles de un pequeño puerto de la zona llamado Carsethorn. Años más tarde, Mr. Craik -el hijo del señor de la finca Arbigland- recordaba que se iba corriendo a Carsethorn cada vez que el padre lo liberaba de sus tareas, para juntarse con los marinos y conversar o treparze a los barcos y quedarse allí durante horas... Pasado un tiempo, logró enseñar a sus amigos a maniobrar sus pequeños botecitos para simular una batalla naval, mientras él –apostado en la cima de una pequeña colina pegada a la costa- estudiaba la escena y gritaba órdenes de comando a su flota imaginaria.
Fue desde Carsethorn que zarpó un día, cumplidos ya los 13 años, atravesando el Río Solway rumbo a Whitehavenn, donde firmaría un contrato por siete años como aprendiz de marino. Su primera misión como “ship boy” a bordo de la goleta Frienship lo llevó primero a Barbados y luego a Fredericksburg en Virginia, donde tenía un hermano que había emigrado hacía un tiempo y le iba bastante bien.
La trata de esclavos y un juicio por asesinato
Cuando regresó a Whitehaven, John Paul se enteró que el dueño del Friendship, John Younger, atravesaba serios problemas financieros, y que por tal motivo se veía obligado a romper el contrato que tenía con su aprendiz. A la edad de 17 años, y como consecuancia de aquel despido forzado, John Paul se metió de lleno en el comercio de esclavos como tercer oficial en el negrero King George, también de Whitehaven.
Dos años más tarde, en 1766, fue transferido como primer oficial al Two Friends de Kingston, Jamaica. En este bergantín de tan sólo 50 pies de eslora, con una tripulación de seis para controlar a aquella carga “viva” que consistía en una dotación de 77 africanos, las cosas sin dudas fueron bastante difíciles. El hedor de los “pájaros negros”, como les decían a los pobres esclavos, se podía disfrutar desde millas a la redonda.
Pasado un tiempo, John Paul renuncia a su puesto y al tráfico de esclavos en general por considerarlo abominable y regresa a su país en el nuevo y flamante John de Kirkcudbright. Durante este viaje, tanto el capitán como el primer oficial al mando mueren de terribles fiebres, por lo que John Paul toma el mando inesperadamente y consigue llegar a puerto sin mayores problemas. Los dueños del John, más que complacidos por su valiente y calificada actuación, lo nombran patrón y sobrecargo (encargado de la compra-venta de los productos a transportar) para la próxima misión de este mismo barco a las Américas.
Pues bien, John Paul se había convertido en capitán por sus propios méritos a la tierna edad de 21 años. Muchacho menudo y fibroso, de naríz aguileña y rostro “cortado al hacha”, muy pronto comenzó a adoptar los modales de un disntiguido caballero y fue así que se hizo conocido en el ambiente como el “Dandy skipper” de los mares del norte. Vestía siempre ropas muy elegantes y, seductor implacable, jamás descansaba con las señoritas.
Tenía, sin embargo, una fogosa y por momentos violenta personalidad, que lo acompañó durante toda su carrera (y también su vida). Fue en Tobago y durante su servicio en el John que Mungo Maxwell, carpintero de la nave, lo acusó de haberlo flagelado en forma desmedida con el “gato de las nueve colas” (látigo de nueve puntas). Cuando lo examinaron fue desmentido por exagerado. Sin embargo, tiempo más tarde mientras regresaba a Inglaterra en el Barcelona Packet, murió misteriosamente y su padre, un acaudalado hombre de negocios, aseguró que mi hijo fue herido en la espalda de la manera más cruel… y fue por esa herida que murió más tarde.
El Capitán John Paul fue arrestado en su regreso a Kirkcudbright y acusado de asesinato en primer grado, pero las evidencias provenientes de Tobago y las declaraciones del patrón del Barcelona Packet (quien había visto a Maxwell en perfecto estado físico a la hora de abordar su nave) fueron suficidentes para liberarlo de todo cargo. Poco más tarde, el ya controvertido capitán fue aceptado en la logia Masónica, lo cual indicaba que nadie se tomó muy en serio los alegatos en su contra. No obstante, el episodio de Maxwell y el gato de nueve colas fue un karma que acarreó por el resto de su vida.
Pasado un tiempo, John Paul toma el mando del Betsy, un barco de la West Indian, y con él se mantuvo una larga temporada como comerciante en las Antillas. Fue allí donde acumuló su primer pequeña fortuna. Pero en 1773, tuvo que huir de la zona tras dar muerte al cabecilla de un motín (un bruto prodigioso que triplicaba mi fuerza) en un duelo de espadas por motivo de desacuerdos referidos a la paga mensual. La opinión de la gente local se puso en contra del oficial y fue entonces que se trasladó a Virginia donde, recordemos, vivía uno de sus hermanos, y fue éste quien le aconsejó que modificara su nombre por el “John Paul Jones”.
La Liberación Americana
Las cosas estaban muy calientes en el proceso de la revolución libertadora de los estados del norte americano. A través de su correspondencia podemos saber que el ahora autodenominado J.P. Jones se encontraba claramente del lado de los colonos. De hecho, cuando el Congreso formó su “Armada Continental”, el capitán Jones ofreció sus servicios de inmediato y fue nombrado Teniente Primero el 7 de diciembre de 1775. Su primer barco fue el Alfred; en aquel entonces, la flota consistía tan sólo en las fragatas Alfred y el Columbus, los bergantines Andrew Doria y Cabot y la chalupa Providence. No obstante, trece nuevas fragatas ya se estaban construyendo en los astilleros americanos.
Jones ganó mucha notoriedad y experiencia bélica primero como patrón del Alfred y luego como capitán del Providence. En 1777, navegó a bordo del Ranger rumbo a Francia donde en seguida hizo buenas migas con el representante americano en París, el señor Benjamín Franklin, y juntos obligaron a los franceses a hacer la venia a su flamante bandera, la primera vez que ocurría esto en un puerto extranjero.
El 10 de abril de 1778, Jones se embarcó en una misión por el Mar Irlandés capturando pequeñas embarcaciones y, a pesar de un cuasi motín entre su tripulación, se las arregló para dar un golpe importante nada menos que en Whitehaven, el puerto que lo vió nacer como marino perofesional. Dicho puerto tenía dos fuertes custodiando la entrada y la idea de Jones era mandar dos partidas en dos botes y que cada una se hiciera cargo de uno de los fuertes. Lo gracioso fue que, una vez ocnquistado el fuerte que le correspondía a su bote, se dirigió al segundo y, para su sorpresa, se enteró que los soldados de esta segunda partida habían decidido pasar de la toma y ¡dirigirse al pub más cercano! Hablando de profesionalismo…
La vajilla de plata y la dignidad de dos damas
Más tarde ese mismo día, Jones y su tripulación llegaron a la bahía de Kirkcudbright. Su idea era tomar capturar a un conde de la zona que habitaba en una mansión en la Isla St. Mary, para luego intercambiarlo por marinos americanos prisioneros de la Corona. Cuando llegaron a la mansión, se encontraron con que el conde no estaba, así que los muchachos, que no pretendían irse con las manos vacías, decidieron llevarse toda la vajilla de plata de la mansión. La condesa acababa de tomar su desayuno cuando vio a un grupo de forajidos rodear furtivamente la casa. Y se llevaron todo, incluso la tetera de plata con las hojas de te humedad de aquel reciente desayuno. Una amiga de la condesa, Mrs. Elliot, aprovechó la ocasión para preguntarle a los bandidos todo lo que se le ocurría acerca de las lejanas tierras de América, y más tarde declaró que los mismos se comportaron muy civilizadamente. Cuando Jones se enteró de la dignidad con la que estas dos damas se habían comportado, inspirado de admiración recuperó el botín completo y se lo envió, terminada la guerra, con una elegante carta de disculpas.
La batalla de Flamborough Head
Ajenos a estos detalles, los ingleses muy pronto se tomaron en serio a este “pirata americano” y la Armada organizó un escuadrón especialmente para perseguirlo.
La siguiente nave que le tocó gobernar fue la Duc de Duras, de origen francés, modificada por él mismo para la batalla y rebautizada Bonhomme Richard, en honor a su amigo Mr. Franklin, cuyo libro “Poor Richards Almanac” había sido traducido al francés como “Les Maximes du Bonhomme Richard”.
El 14 de agosto de 1779 partió en una nueva cruzada rumbo a Gran Bretaña como Comodoro de un escuadrón de siete embarcaciones. La misión consistía en desbaratar el comercio británico de el Mar del Norte y para ello navegó por encima de Irlanda y Escocia hasta arribar a Leith Harbour (en las Islas Georgias) un mes y dos días más tarde. Durante todo ese tiempo, Jones se dedicó a saquear distintas poblaciones, hundir o capturar varias embarcaciones mercantes con cargas muy valiosas, y generar la histeria en toda la zona bajo las atónitas narices del poderío naval más temido en el planeta tierra de aquel entonces.
Su intención en Leith Harbour era tomar el puerto y cobrar por su devolución una suma de £50.000 (muchísimo dinero en aquella época) pero justo a tiempo se levantó un terrible vendaval y el golpe tuvo que ser suspendido.
Existe una anécdota graciosa al respecto de este intento fallido que suma un punto más a la ya de por si extensa lista de anécdotas curiosas que atraviesan la vida del gran Jones: resulta que muy cerca del puerto al cual se pretendía someter, existía una mansión (¡otra vez una mansión) y en ella habitaba un señor que estaba muy preocupado por la llegada del pirata. Cuando quiso preparar su protección con el único cañón que poseía, notó que ya no le quedaba pólvora, por lo que mandó a sus sirvientes en su yacht a pedirle prestado un poco de la misma al H.M.S. Romney (nave de la Marina inglesa) que se encontraba atracado por allí cerca. Lo insólito fue que los sirvientes tomaron al Bonhomme Richard por el Romney y fue al mismísimo Jones al que le pidieron el milagroso polvo explosivo. El astuto capitán, sin dudarlo un segundo, se la cedió gustoso a cambio de valiosa información sobre las defensas costeras (información que los sirvientes dieron con la más absoluta ingenuidad).
Ocho días más tarde, en la noche del 23 de septiembre de 1779, John Paul Jones peleó su batalla más famosa cuando se enfrentó cuerpo a cuerpo con el “Convoy del Báltico”, encabezado por el H.M.S. Serapis y el Countess of Scarborough, justo a la vista del Flamborough Head (en la costa noreste de Inglaterra).
De más está decir que las condiciones del escuadrón americano eran claramente inferiores a las del convoy inglés. La lucha fue encarnizada y duró varias horas. En un momento de la misma, dos de los barcos protagonistas -el Serapis inglés y el Bonhomme Richard- colisionaron atascándose el uno con el otro de manera irremediable. El poderío de los cañones del primero hizo estragos en el segundo y ya todos parecían vencidos del lado americano cuando surgió de la boca de Jones, y como respuesta a la demanda de rendición por parte del capitán británico, tal vez la frase más célebre de toda su vida: ¡Todavía ni siquiera hemos empezado a luchar!
Veinte minutos más tarde, y como si hubiera sido guionado para una película de acción trillada, un marino escocés del bando de Jones arrojó una granada por la escotilla central del Serapis y la misma dio a parar en el corazón del barco, justo donde se encontraban almacenados una gran parva de explosivos. Días más tarde, el capitán Jones, su machacada pero triunfante tripulación y 500 prisioneros de la “crème” naval británica, pisaban por fin tierra firme en el puerto de Texel, Holanda.
A raíz de esta victoria, nuestro terco y rutilante capitán fue condecorado con una espada de oro y la Orden al Mérito por el Rey de Francia, Luis XVI. En 1871 regresó a los Estados Unidos en el Ariel y el Congreso Nacional lo felicitó por la manera en que ha mantenido el honor de la flota americana. Los últimos años de la Guerra de Independencia se los pasó asesorando al equipo naval estratégico y entrenando a los nuevos oficiales.
Pavel Ivanovich Jones
Al término de la guerra, se mudó a París donde vivió un tiempo hasta que el nuevo embajador de los Estados Unidos en Francia, el señor Thomas Jefferson, lo recomendó para prestar servicios en Rusia. En 1788 fue nombrado Almirante de la Marina Rusa en el Empress Catherine II, un cargo superior a cualquiera que hubiera recibido por parte de los americanos. Bajo el alias de Contralmirante Pavel Ivanovich Jones, sirvió con distinción al Príncipe Potemkin en la Campaña del Mar Negro contra los turcos.
Y aquí otra de sus grandes anécdotas: previo a lo que sería más tarde recordad como la Batalla de Liman, Ivanovich Jones hizo el reconocimiento personalmente de la flota enemiga, a oscuras y en un barquito durante la noche. Tras la contienda, 3000 soldados turcos muertos, 1600 prisioneros y 15 naves enemigas destruidas fue el conteo que se hizo al costo de una fragata rusa y 18 soldados fallecidos en combate. Más tarde escribiría: Estoy encantado con los combatientes rusos, pues éstos son mucho más gloriosos y mucho menos engreídos.
Annapolis
A la edad de 45 años, en su casita de París y debido a una fuerte neumonía, John Paul Jones murió tranquilo y boca abajo entre las sabanas de su propio lecho.
Su cuerpo fue sumergido en alcohol y enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio para protestantes extranjeros de aquella capital mediterránea. Allí permaneció durante más de un siglo. En 1905, y debido a una fuerte campaña de Teddy Roosevelt por recuperar símbolos históricos de una Marina creciente, su cuerpo fue encontrado, exhumado y transportado a bordo del USS Brooklyn (escoltado a su vez por otros tantos barcos de los grandes) al corazón de Annapolis, situada en la Bahía de Chesapeake, Virginia.
En el año 1913, sus restos fueron enterrados en un magnífico sarcófago de mármol en la cripta de la capilla de la Annapolis Naval Academy, un final lejos de ser imaginado por aquel humilde muchacho que nació y creció en las lejanas tierras escocesas.
Reconocido en los Estados Unidos como el “Padre de la Marina Americana”. Nació en la pobreza y a través de sus logros personales llegó a convertirse en un distinguido oficial que luchó tanto para su pueblo adoptivo (Estados Unidos) como para la Madre Rusia. En Inglaterra se lo recuerda como a un pirata despiadado.
“Deseo no tener conexión con ninguna embarcación que navegue lento, pues mi intención es ir en la ruta de la destrucción.”
De hecho Benjamín Disraeli, uno de sus primeros biógrafos, escribió que las enfermeras en Escocia hacían callar a sus pequeños y ruidosos pacientes con solo susurrar su nombre (el de John Paul, claro). En Holanda existe una canción “Aquí viene John Paul Jones, ese buen muchacho” que los niños del colegio aún hoy entonan.
A continuación les dejo una breve reseña de este hombre, tan talentoso y encantador como orgulloso e irritable, quien fuera condecorado con una medalla y una espada, ambas de oro, por sus “valiosos” servicios a la Patria, y luego enterrado en una foza sin nombre en la que permaneció anónimo durante más de un siglo.
El hijo de un jardinero
John Paul (él mismo agregó el Jones más tarde) nació en Arbigland, una finca del sudoeste de Escocia, el 6 de Julio de 1747. Fue el cuarto hijo de John Paul and Jean MacDuff. Seis fueron en total sus hermanos, pero dos de ellos murieron a muy temprana edad. Su padre era el jardinero de la finca.
John Paul se educó oficialmente en el Kirkbean School (un colegio de la zona) pero la verdad es que se pasaba la mayor parte del tiempo en los muelles de un pequeño puerto de la zona llamado Carsethorn. Años más tarde, Mr. Craik -el hijo del señor de la finca Arbigland- recordaba que se iba corriendo a Carsethorn cada vez que el padre lo liberaba de sus tareas, para juntarse con los marinos y conversar o treparze a los barcos y quedarse allí durante horas... Pasado un tiempo, logró enseñar a sus amigos a maniobrar sus pequeños botecitos para simular una batalla naval, mientras él –apostado en la cima de una pequeña colina pegada a la costa- estudiaba la escena y gritaba órdenes de comando a su flota imaginaria.
Fue desde Carsethorn que zarpó un día, cumplidos ya los 13 años, atravesando el Río Solway rumbo a Whitehavenn, donde firmaría un contrato por siete años como aprendiz de marino. Su primera misión como “ship boy” a bordo de la goleta Frienship lo llevó primero a Barbados y luego a Fredericksburg en Virginia, donde tenía un hermano que había emigrado hacía un tiempo y le iba bastante bien.
La trata de esclavos y un juicio por asesinato
Cuando regresó a Whitehaven, John Paul se enteró que el dueño del Friendship, John Younger, atravesaba serios problemas financieros, y que por tal motivo se veía obligado a romper el contrato que tenía con su aprendiz. A la edad de 17 años, y como consecuancia de aquel despido forzado, John Paul se metió de lleno en el comercio de esclavos como tercer oficial en el negrero King George, también de Whitehaven.
Dos años más tarde, en 1766, fue transferido como primer oficial al Two Friends de Kingston, Jamaica. En este bergantín de tan sólo 50 pies de eslora, con una tripulación de seis para controlar a aquella carga “viva” que consistía en una dotación de 77 africanos, las cosas sin dudas fueron bastante difíciles. El hedor de los “pájaros negros”, como les decían a los pobres esclavos, se podía disfrutar desde millas a la redonda.
Pasado un tiempo, John Paul renuncia a su puesto y al tráfico de esclavos en general por considerarlo abominable y regresa a su país en el nuevo y flamante John de Kirkcudbright. Durante este viaje, tanto el capitán como el primer oficial al mando mueren de terribles fiebres, por lo que John Paul toma el mando inesperadamente y consigue llegar a puerto sin mayores problemas. Los dueños del John, más que complacidos por su valiente y calificada actuación, lo nombran patrón y sobrecargo (encargado de la compra-venta de los productos a transportar) para la próxima misión de este mismo barco a las Américas.
Pues bien, John Paul se había convertido en capitán por sus propios méritos a la tierna edad de 21 años. Muchacho menudo y fibroso, de naríz aguileña y rostro “cortado al hacha”, muy pronto comenzó a adoptar los modales de un disntiguido caballero y fue así que se hizo conocido en el ambiente como el “Dandy skipper” de los mares del norte. Vestía siempre ropas muy elegantes y, seductor implacable, jamás descansaba con las señoritas.
Tenía, sin embargo, una fogosa y por momentos violenta personalidad, que lo acompañó durante toda su carrera (y también su vida). Fue en Tobago y durante su servicio en el John que Mungo Maxwell, carpintero de la nave, lo acusó de haberlo flagelado en forma desmedida con el “gato de las nueve colas” (látigo de nueve puntas). Cuando lo examinaron fue desmentido por exagerado. Sin embargo, tiempo más tarde mientras regresaba a Inglaterra en el Barcelona Packet, murió misteriosamente y su padre, un acaudalado hombre de negocios, aseguró que mi hijo fue herido en la espalda de la manera más cruel… y fue por esa herida que murió más tarde.
El Capitán John Paul fue arrestado en su regreso a Kirkcudbright y acusado de asesinato en primer grado, pero las evidencias provenientes de Tobago y las declaraciones del patrón del Barcelona Packet (quien había visto a Maxwell en perfecto estado físico a la hora de abordar su nave) fueron suficidentes para liberarlo de todo cargo. Poco más tarde, el ya controvertido capitán fue aceptado en la logia Masónica, lo cual indicaba que nadie se tomó muy en serio los alegatos en su contra. No obstante, el episodio de Maxwell y el gato de nueve colas fue un karma que acarreó por el resto de su vida.
Pasado un tiempo, John Paul toma el mando del Betsy, un barco de la West Indian, y con él se mantuvo una larga temporada como comerciante en las Antillas. Fue allí donde acumuló su primer pequeña fortuna. Pero en 1773, tuvo que huir de la zona tras dar muerte al cabecilla de un motín (un bruto prodigioso que triplicaba mi fuerza) en un duelo de espadas por motivo de desacuerdos referidos a la paga mensual. La opinión de la gente local se puso en contra del oficial y fue entonces que se trasladó a Virginia donde, recordemos, vivía uno de sus hermanos, y fue éste quien le aconsejó que modificara su nombre por el “John Paul Jones”.
La Liberación Americana
Las cosas estaban muy calientes en el proceso de la revolución libertadora de los estados del norte americano. A través de su correspondencia podemos saber que el ahora autodenominado J.P. Jones se encontraba claramente del lado de los colonos. De hecho, cuando el Congreso formó su “Armada Continental”, el capitán Jones ofreció sus servicios de inmediato y fue nombrado Teniente Primero el 7 de diciembre de 1775. Su primer barco fue el Alfred; en aquel entonces, la flota consistía tan sólo en las fragatas Alfred y el Columbus, los bergantines Andrew Doria y Cabot y la chalupa Providence. No obstante, trece nuevas fragatas ya se estaban construyendo en los astilleros americanos.
Jones ganó mucha notoriedad y experiencia bélica primero como patrón del Alfred y luego como capitán del Providence. En 1777, navegó a bordo del Ranger rumbo a Francia donde en seguida hizo buenas migas con el representante americano en París, el señor Benjamín Franklin, y juntos obligaron a los franceses a hacer la venia a su flamante bandera, la primera vez que ocurría esto en un puerto extranjero.
El 10 de abril de 1778, Jones se embarcó en una misión por el Mar Irlandés capturando pequeñas embarcaciones y, a pesar de un cuasi motín entre su tripulación, se las arregló para dar un golpe importante nada menos que en Whitehaven, el puerto que lo vió nacer como marino perofesional. Dicho puerto tenía dos fuertes custodiando la entrada y la idea de Jones era mandar dos partidas en dos botes y que cada una se hiciera cargo de uno de los fuertes. Lo gracioso fue que, una vez ocnquistado el fuerte que le correspondía a su bote, se dirigió al segundo y, para su sorpresa, se enteró que los soldados de esta segunda partida habían decidido pasar de la toma y ¡dirigirse al pub más cercano! Hablando de profesionalismo…
La vajilla de plata y la dignidad de dos damas
Más tarde ese mismo día, Jones y su tripulación llegaron a la bahía de Kirkcudbright. Su idea era tomar capturar a un conde de la zona que habitaba en una mansión en la Isla St. Mary, para luego intercambiarlo por marinos americanos prisioneros de la Corona. Cuando llegaron a la mansión, se encontraron con que el conde no estaba, así que los muchachos, que no pretendían irse con las manos vacías, decidieron llevarse toda la vajilla de plata de la mansión. La condesa acababa de tomar su desayuno cuando vio a un grupo de forajidos rodear furtivamente la casa. Y se llevaron todo, incluso la tetera de plata con las hojas de te humedad de aquel reciente desayuno. Una amiga de la condesa, Mrs. Elliot, aprovechó la ocasión para preguntarle a los bandidos todo lo que se le ocurría acerca de las lejanas tierras de América, y más tarde declaró que los mismos se comportaron muy civilizadamente. Cuando Jones se enteró de la dignidad con la que estas dos damas se habían comportado, inspirado de admiración recuperó el botín completo y se lo envió, terminada la guerra, con una elegante carta de disculpas.
La batalla de Flamborough Head
Ajenos a estos detalles, los ingleses muy pronto se tomaron en serio a este “pirata americano” y la Armada organizó un escuadrón especialmente para perseguirlo.
La siguiente nave que le tocó gobernar fue la Duc de Duras, de origen francés, modificada por él mismo para la batalla y rebautizada Bonhomme Richard, en honor a su amigo Mr. Franklin, cuyo libro “Poor Richards Almanac” había sido traducido al francés como “Les Maximes du Bonhomme Richard”.
El 14 de agosto de 1779 partió en una nueva cruzada rumbo a Gran Bretaña como Comodoro de un escuadrón de siete embarcaciones. La misión consistía en desbaratar el comercio británico de el Mar del Norte y para ello navegó por encima de Irlanda y Escocia hasta arribar a Leith Harbour (en las Islas Georgias) un mes y dos días más tarde. Durante todo ese tiempo, Jones se dedicó a saquear distintas poblaciones, hundir o capturar varias embarcaciones mercantes con cargas muy valiosas, y generar la histeria en toda la zona bajo las atónitas narices del poderío naval más temido en el planeta tierra de aquel entonces.
Su intención en Leith Harbour era tomar el puerto y cobrar por su devolución una suma de £50.000 (muchísimo dinero en aquella época) pero justo a tiempo se levantó un terrible vendaval y el golpe tuvo que ser suspendido.
Existe una anécdota graciosa al respecto de este intento fallido que suma un punto más a la ya de por si extensa lista de anécdotas curiosas que atraviesan la vida del gran Jones: resulta que muy cerca del puerto al cual se pretendía someter, existía una mansión (¡otra vez una mansión) y en ella habitaba un señor que estaba muy preocupado por la llegada del pirata. Cuando quiso preparar su protección con el único cañón que poseía, notó que ya no le quedaba pólvora, por lo que mandó a sus sirvientes en su yacht a pedirle prestado un poco de la misma al H.M.S. Romney (nave de la Marina inglesa) que se encontraba atracado por allí cerca. Lo insólito fue que los sirvientes tomaron al Bonhomme Richard por el Romney y fue al mismísimo Jones al que le pidieron el milagroso polvo explosivo. El astuto capitán, sin dudarlo un segundo, se la cedió gustoso a cambio de valiosa información sobre las defensas costeras (información que los sirvientes dieron con la más absoluta ingenuidad).
Ocho días más tarde, en la noche del 23 de septiembre de 1779, John Paul Jones peleó su batalla más famosa cuando se enfrentó cuerpo a cuerpo con el “Convoy del Báltico”, encabezado por el H.M.S. Serapis y el Countess of Scarborough, justo a la vista del Flamborough Head (en la costa noreste de Inglaterra).
De más está decir que las condiciones del escuadrón americano eran claramente inferiores a las del convoy inglés. La lucha fue encarnizada y duró varias horas. En un momento de la misma, dos de los barcos protagonistas -el Serapis inglés y el Bonhomme Richard- colisionaron atascándose el uno con el otro de manera irremediable. El poderío de los cañones del primero hizo estragos en el segundo y ya todos parecían vencidos del lado americano cuando surgió de la boca de Jones, y como respuesta a la demanda de rendición por parte del capitán británico, tal vez la frase más célebre de toda su vida: ¡Todavía ni siquiera hemos empezado a luchar!
Veinte minutos más tarde, y como si hubiera sido guionado para una película de acción trillada, un marino escocés del bando de Jones arrojó una granada por la escotilla central del Serapis y la misma dio a parar en el corazón del barco, justo donde se encontraban almacenados una gran parva de explosivos. Días más tarde, el capitán Jones, su machacada pero triunfante tripulación y 500 prisioneros de la “crème” naval británica, pisaban por fin tierra firme en el puerto de Texel, Holanda.
A raíz de esta victoria, nuestro terco y rutilante capitán fue condecorado con una espada de oro y la Orden al Mérito por el Rey de Francia, Luis XVI. En 1871 regresó a los Estados Unidos en el Ariel y el Congreso Nacional lo felicitó por la manera en que ha mantenido el honor de la flota americana. Los últimos años de la Guerra de Independencia se los pasó asesorando al equipo naval estratégico y entrenando a los nuevos oficiales.
Pavel Ivanovich Jones
Al término de la guerra, se mudó a París donde vivió un tiempo hasta que el nuevo embajador de los Estados Unidos en Francia, el señor Thomas Jefferson, lo recomendó para prestar servicios en Rusia. En 1788 fue nombrado Almirante de la Marina Rusa en el Empress Catherine II, un cargo superior a cualquiera que hubiera recibido por parte de los americanos. Bajo el alias de Contralmirante Pavel Ivanovich Jones, sirvió con distinción al Príncipe Potemkin en la Campaña del Mar Negro contra los turcos.
Y aquí otra de sus grandes anécdotas: previo a lo que sería más tarde recordad como la Batalla de Liman, Ivanovich Jones hizo el reconocimiento personalmente de la flota enemiga, a oscuras y en un barquito durante la noche. Tras la contienda, 3000 soldados turcos muertos, 1600 prisioneros y 15 naves enemigas destruidas fue el conteo que se hizo al costo de una fragata rusa y 18 soldados fallecidos en combate. Más tarde escribiría: Estoy encantado con los combatientes rusos, pues éstos son mucho más gloriosos y mucho menos engreídos.
Annapolis
A la edad de 45 años, en su casita de París y debido a una fuerte neumonía, John Paul Jones murió tranquilo y boca abajo entre las sabanas de su propio lecho.
Su cuerpo fue sumergido en alcohol y enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio para protestantes extranjeros de aquella capital mediterránea. Allí permaneció durante más de un siglo. En 1905, y debido a una fuerte campaña de Teddy Roosevelt por recuperar símbolos históricos de una Marina creciente, su cuerpo fue encontrado, exhumado y transportado a bordo del USS Brooklyn (escoltado a su vez por otros tantos barcos de los grandes) al corazón de Annapolis, situada en la Bahía de Chesapeake, Virginia.
En el año 1913, sus restos fueron enterrados en un magnífico sarcófago de mármol en la cripta de la capilla de la Annapolis Naval Academy, un final lejos de ser imaginado por aquel humilde muchacho que nació y creció en las lejanas tierras escocesas.
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